La última imagen que Marlon Díaz tiene de su abuela no fue en una sala familiar. Fue en la pantalla de un teléfono. En febrero de 2025, mientras permanecía oculto en algún lugar de Venezuela, uno de los seis o siete sitios donde se refugió durante su clandestinidad, su abuela paterna agonizaba. Él no pudo ir. Llevaba meses siendo perseguido por el gobierno venezolano y una orden de captura lo ataba a las sombras. Se despidió de ella por videollamada.
"Mi abuela paterna falleció preocupada por esa situación tan dura que me tocó vivir", recordó Díaz, médico, dirigente político en el estado Carabobo y ex concejal del municipio Naguanagua.
La persecución que convirtió su vida en una existencia clandestina comenzó apenas una semana después de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024. Una nota de prensa publicada en un medio impreso afín al gobierno lo señaló a él y a otros dirigentes opositores como presuntos autores intelectuales y materiales de hechos delictivos y terroristas en Naguanagua. "De los cuales nosotros no teníamos ningún tipo de conocimiento", afirmó Díaz.
La acusación era, según él, completamente fabricada. Paradójicamente, los días en que supuestamente ocurrieron esos hechos, Díaz estaba de guardia en un centro de salud. "El 29 de julio y el 8 de agosto me encontraba de guardia. Recuerdo perfectamente que cuando llegué al primer sitio de clandestinidad estaba de uniforme, de bata."
Sus jefes en el centro de salud le recomendaron que se resguardara. Su familia estaba aterrada. Tomó la decisión de irse de su casa. No volvería en 18 meses.
Patrullas del Sebin en la puerta y una familia en vilo
Cuando Marlon Díaz abandonó su hogar en agosto de 2024, en esa casa quedaron su madre, su padre y su abuela materna, tres personas de la tercera edad. Las patrullas del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) comenzaron a presentarse entre dos y tres veces por día. No tocaban la puerta ni preguntaban directamente. Simplemente estaban allí, estacionadas frente a la casa, como una advertencia permanente. Díaz lo describe como un amedrentamiento deliberado.
"Imagínese toda la incertidumbre que causa que estén buscando en la puerta de tu casa a tu hijo", dijo. Para intentar que cesaran las visitas, grabó un video el 14 o 15 de agosto dirigiéndose públicamente a quienes lo buscaban: "Yo no estoy ahí, no sigan yendo a la casa."
Su familia nunca supo dónde estaba. Esa fue una decisión consciente y dolorosa. Varios de los detenidos en esos meses fueron interrogados sobre su paradero. "A los compañeros que detuvieron, preguntaban dónde estábamos nosotros", explicó. Exponer a sus padres, personas mayores, con hipertensión, a esa información era un riesgo que no podía asumir. La incomunicación con su familia se prolongó durante los 18 meses de su clandestinidad.
Esa primera etapa estuvo marcada también por la detención sucesiva de compañeros cercanos. Carlos Molina y Luis Yaguarate fueron detenidos en los primeros días. Más adelante detuvieron a Vicente Escarano, Marco Bozzo y Albany Colmenares. "La persecución nunca cesó, nunca hubo un período de dos meses sin que encarcelaran a nadie". Cada detención renovaba la urgencia de extremar las medidas de seguridad.
El acto de grado al que no pudo asistir
El 21 de diciembre de 2024, cuando Díaz llevaba ya más de cuatro meses en la clandestinidad, intentó gestionar su salida del país. A través de terceras personas consultó su situación en el sistema policial. El resultado fue demoledor: tenía una orden de captura vigente por el delito de incitación al odio.
Ese hallazgo lo obligó a restringir aún más cualquier movimiento y cualquier comunicación. Desechó sus chips telefónicos y su teléfono principal para eliminar cualquier posibilidad de triangulación. Usó VPN. Creó perfiles con nombres falsos en aplicaciones de delivery y de movilidad para recibir lo indispensable. Se cortó el cabello él mismo.
También en diciembre de 2024 era su acto de grado como abogado en la Universidad de Carabobo, carrera que había terminado en junio, No pudo asistir. Hubo amenazas de que lo buscarían en la ceremonia. La universidad, señaló con tristeza, nunca se pronunció. "Yo siendo aún presidente de la Federación de Centros Universitarios, la universidad no se pronuncia ni por mí ni por Yaguarate que es consejero universitario."
La persecución no se limitó a su persona. Su equipo legislativo en el Concejo Municipal de Naguanagua, trabajadores administrativos que "cumplían labores sin tener absolutamente nada que ver" con él, fue despojado de sus empleos sin indemnización ni liquidación. A él lo destituyeron de su cargo sin ningún procedimiento legal. "De forma arbitraria, de forma ilegal."
La clandestinidad de Marlon Díaz: coacción, resistencia y el regreso
Hay un episodio que Marlon Díaz decidió contar públicamente: durante su clandestinidad, recibió presiones de entes gubernamentales para que apoyara candidatos del oficialismo en las elecciones regionales y municipales a cambio de que le levantaran la orden de captura. Lo rechazó. "Nunca me quebré, nunca di mi brazo a torcer. Siempre me mantuve firme con mis convicciones, a pesar de que eso me costara mi libertad."
En esos 18 meses, Díaz completó más de 20 o 30 cursos, diplomados y especializaciones en línea —gerencia en salud, salud ocupacional, entre otros— no solo como forma de aprovechar el tiempo sino como estrategia psicológica para no derrumbarse.
"Hay días en los que estás muy desanimado. Pasaban los meses y no podía trabajar." Reconoció que la clandestinidad equivalía a una forma de privación de libertad: "No podíamos salir, no podíamos comunicarnos, nuestra vida quedó completamente paralizada." Aunque siempre aclaró que la situación de quienes estuvieron presos fue incomparablemente más grave.
Hoy Marlon Díaz, con sobreseimiento de la causa y la aprobación de la amnistía en su caso, ha retomado paulatinamente sus actividades como médico y como docente universitario en la Universidad de Carabobo, donde dicta clases de fisiología a estudiantes de quinto año de medicina.

Dijo que no siente miedo, pero lo matiza con lucidez: "No nos hacen nada no porque no quieran, sino por una circunstancia sobrevenida. Las rencillas que llevaron a estas personas a perseguirnos no desaparecieron." Lo que sí desapareció, aseguró, fue cualquier tentación de revancha. "No aspiro a un país donde ahora nosotros seamos los que perseguimos. Yo creo en un país donde cada quien pueda expresarse libremente."
Su mayor preocupación hoy no es política sino anímica: que los compañeros que estuvieron detenidos —y él mismo— puedan sanar antes de volver a la palestra. "Antes de ofrecerle nuestro trabajo a Carabobo y a Venezuela, creo que tenemos que sanar todo ese tiempo."









