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El 11 de abril de 2002 una multitudinaria manifestación (calculada entre 700 mil y un millón) venida de todas partes del país e integrada por todos los estratos de la sociedad venezolana llenaron la capital para protestar, desarmada y pacíficamente, contra el gobierno de Hugo Chávez que si bien había llegado al poder democráticamente, vía electoral, en apenas tres años había desencantado a aquella parte de la población, en especial la clase media, que le había comprado un discurso populista y falaz.

El canto de sirena, ante las realidades de las acciones tomadas por el gobierno, ya no susurraba a los oídos de una inmensa mayoría. Esa manifestación engolosinada por su magnitud, la impotencia gubernamental para controlarla y la actitud de las FAN, dio origen a que la misma se encaminara hacia el palacio de gobierno, Miraflores, a exigir a pedirle la renuncia al presidente. La cual aceptó. Pero el costo fue de una veintena de muertos y centenares de heridos. Muertos y heridos, de ambos bandos, que a la fecha no se sabe con exactitud quienes la provocaron. Si bien es cierto que los únicos armados y con capacidad de infringir daños eran los seguidores del gobierno.

Recordemos puente Llaguno. En resumen ese día, como pocas veces en la historia universal, una movilización gigantesca, civil, pacífica, armada con cánticos, pancartas y banderitas, depuso a un gobierno. Lo que pasó al día siguiente es harina de otro costal. Unos empresarios, unos curas y unos militares de forma incomprensible y subrogándose créditos no tenidos, convirtieron esa justa civil hermosa en un estúpido golpe de Estado. Y el teniente coronel felón, hoy difunto, volvió. Y volvió para quedarse y legar.

Este 11 de abril de 2017, 15 años después, conseguimos un país destrozado, hundido en la desesperanza, con una diáspora de sus recursos humanos, en especial sus juventud, con muy pocas libertades, sin comida ni medicinas, con inmensas colas, con todo controlado, con una violencia desatada, inseguridad. Nada que ver con aquel 11A del 2002. Van ya 18 años de un gobierno castro comunista que cada vez se afianza más en el poder a punta de represión, engaños, propaganda, corrupción, amenaza, cárcel y exilo.

Por otro lado tenemos una dirigencia opositora democrática que si bien hace todo lo posible por encausar el descontento popular, que crece cada día al punto que hoy se monta sobre el 80%, pero que no logra consolidar una estrategia unitaria de fuerza, que no termina de entender que este régimen solo acepta las reglas del juego democrático cuando le conviene, que usa el diálogo para correr arrugas y ganar tiempo y definitivamente no cree en la separación de poderes ni en la alternabilidad del poder, no lo acepta ni lo aceptará, y ahora desconoce quizás la regla capital de una democracia, las elecciones. Que si bien es cierto esto último le ha quitado la poca credibilidad en el plano internacional, todavía cuenta con recursos para mantener comprados algunos gobiernitos chulos del continente y en especial a su gobierno protector, Cuba, al cual muchos países le profesan un “gran respeto y admiración” no importa que siga siendo la dictadura comunista más longeva, criminal y hambreadora de su pueblo.

Podrá el bravo pueblo de Venezuela reeditar el 11A de 2002, pero sin un 13? No me atrevería a dar algún pronóstico. Se dice que tenemos la mejor Constitución del mundo y que en su articulado están las posibles salidas a esta pesadilla. Y se pregona que dentro de la Constitución todo fuera de ella nada. Por cierto lema que usa también el régimen.




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