La montaña sigue ahí, imponente, pero quienes viven en Altos de La Pedrera ya no la observan con la misma tranquilidad. Desde el terremoto del 24 de junio, cualquier crujido, cualquier réplica o cualquier ruido proveniente de la ladera hace que decenas de vecinos salgan instintivamente de sus viviendas.
Una sola casa desapareció por completo. Otras quedaron marcadas por profundas grietas que hoy mantienen a sus propietarios viviendo entre el miedo y la incertidumbre. Mientras las autoridades avanzan lentamente con las inspecciones y las promesas de reconstrucción, muchas familias sobreviven gracias a la solidaridad de sus vecinos, durmiendo en habitaciones prestadas o sobre colchonetas colocadas en el piso, convencidas de que su vida quedó dividida entre un antes y un después del terremoto.
Pedro Enrique Colina camina despacio sobre el terreno en La Pedrera, donde durante treinta años estuvo su casa. Tiene 75 años y cada pocos pasos señala un lugar distinto para explicar qué había allí antes del desastre. Donde ahora solo hay tierra removida estaba el cuarto principal; más allá se encontraba la cocina donde compartía con su esposa; hacia un costado todavía sobresalen algunas láminas del techo que la fuerza del movimiento lanzó varios metros más abajo.
Él mismo ha retirado buena parte de los escombros y ha nivelado el terreno siguiendo la recomendación de los ingenieros que inspeccionaron la zona. "Todo esto que ves aquí lo he hecho yo", comenta mientras sostiene una pala. Lo dice sin orgullo, más bien con la resignación de quien entiende que no le queda otra alternativa mientras espera que algún día llegue la ayuda prometida.

Todo se movió en La Pedrera
El recuerdo del momento del terremoto todavía le acelera la respiración. Aquella tarde estaba sentado junto a su esposa cuando sintieron el primer movimiento. No hubo tiempo para pensar. La vivienda comenzó a estremecerse violentamente y ambos salieron corriendo mientras la montaña desprendía tierra y piedras sobre el sector. "Tuvimos que salir volados de la casa y agarrarnos de aquella mata de coco porque si no nos hubiese llevado". Los dos se aferraron con todas sus fuerzas al tronco mientras observaban cómo la vivienda se desplomaba a pocos metros de ellos. "Nos abrazamos fuerte. Eso estaba tremendo", recuerda con la voz entrecortada.
Después guarda silencio durante varios segundos antes de añadir: "Perdimos colchones, camas... perdimos todo. Prácticamente estamos en la calle. ¿Qué más se va a hacer?". Sus ojos comienzan a humedecerse y el llanto aparece sin que pueda contenerlo.
Desde entonces él y su esposa sobreviven en una pequeña habitación que una vecina les prestó temporalmente. Ni siquiera esa solución parece definitiva, porque la propietaria también abandonó su vivienda luego de que aparecieran grietas en las paredes y ahora duerme en casa de su suegra. "Vivimos solos y no tenemos a más nadie que nos ayude".
Pedro, durante décadas levantó su casa poco a poco con los recursos que tenía disponibles. Parte de la estructura era de barro porque nunca pudo costear una construcción completamente de bloques. "Yo la frisaba y quedaba bonita", cuenta mientras observa los restos del techo esparcidos alrededor del terreno. Agricultor de oficio, asegura que subsiste gracias a unas matas de aguacate y plátano, además de la pensión que recibe. "Ya estoy muy viejo. No me dejan trabajar en obras, la edad me limita y también la tensión me ha tenido embromado".

La fe
Aun así, todos los días continúa limpiando el terreno porque los ingenieros le dijeron que debía dejarlo listo para que, cuando llegue el momento, pueda colocarse la losa de la nueva vivienda. "Yo tengo fe. Ojalá Dios quiera que nos acomoden la casita", dice nuevamente entre lágrimas.
A pocos metros de allí vive Ingrid Colina, cuya historia demuestra que no hace falta perder una vivienda para sentir que también se perdió el hogar. Su casa continúa en pie, pero las grietas recorren prácticamente todas las habitaciones. Algunas atraviesan las paredes de lado a lado y otras aparecen en las esquinas del techo, suficientes para convencerla de que ya no puede vivir allí con tranquilidad.
El día del terremoto estaba sola preparando la comida cuando sintió una explosión que, en un primer momento, creyó que provenía de una bombona de gas. Corrió hacia la calle mientras alrededor los vecinos gritaban desesperados y los cables eléctricos se balanceaban violentamente sobre sus cabezas. "La gente corría para todos lados y esas guayas parecían que también se iban a caer".
Esa noche decidió no volver a entrar a la vivienda. Durmió en casa de un vecino porque estaba convencida de que la estructura podía desplomarse con cualquier réplica. "Sentíamos que se iba a derrumbar y seguían temblando las cosas. Teníamos muchísimo miedo".
Desde entonces comparte una colchoneta con sus cuatro hijos pequeños mientras espera que comiencen las reparaciones prometidas. Dormir dejó de ser un momento de descanso para convertirse en una rutina marcada por el sobresalto. "Ayer en la madrugada sentimos una réplica muy suave y ya nadie pudo dormir. Nos levantamos con dolor en el cuello porque estamos como traumados".

En las noches salen los demonios
El miedo también se instaló en los más pequeños de la casa. "Los niños están nerviosos. Sueñan, gritan y cuando sienten que algo se mueve se despiertan llorando. Yo lo que hago es abrazarlos y acariciarlos hasta que se calman, pero esto ha sido muy fuerte para todos".
Hace quince años Ingrid dejó Valencia para mudarse a Altos de La Pedrera después de que una familiar le informara que había una vivienda disponible en la comunidad. Nunca imaginó que algún día quisiera marcharse del lugar donde construyó su vida. Hoy reconoce que lo único que desea es irse. "Por más que sea aquí hay montañas y ahora me da miedo vivir cerca de ellas".
Los ingenieros que inspeccionaron la vivienda le explicaron que su caso forma parte de una segunda etapa de atención, ya que la prioridad son las familias que perdieron completamente sus casas. Sin embargo, nadie ha podido decirle cuándo comenzarán esas reparaciones. "Nos dijeron que nos iban a ayudar, pero todavía no sabemos cuándo. Tampoco me han ofrecido una cocina y de verdad que la necesito".
La incertidumbre se ha convertido en una carga adicional para una familia que todavía intenta recuperarse emocionalmente del terremoto.
Mientra, Pedro continúa retirando piedras del terreno donde algún día espera volver a levantar su casa. Ingrid intenta transmitir tranquilidad a sus hijos cada vez que una réplica interrumpe la madrugada. Ambos representan dos formas distintas de enfrentar una misma tragedia: perderlo todo de golpe o seguir viviendo dentro de una casa que permanece en pie, pero que ya nunca volverá a sentirse completamente segura.









