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Este es un ensayo escrito por Francesco Santoro, que hizo llegar a manera de colaboración para difundir mayores conocimientos sobre el artista Paul Gauguin, su vida y las obras que trascendieron en tiempo  y espacio.

Paul Gauguin, agente de bolsa. Un gran ingreso: hasta 40.000 francos en un año (los francos de 1880 eran de  millones de hoy). Una joven esposa, Mette Sophie Gad, danesa, y cinco hijos. Para disfrutar, hasta el final, éste éxito burgués existe incluso el recuerdo de los años de su juventud. La luz diferente y estimulante del Perú, donde su familia había emigrado desde Paris en 1851 (y las inciertas noticias fascinantes acerca de los antepasados de su madre, virrey en esa nación cientos de años antes). Y después, los viajes en el mar y todos los países extranjeros conocidos, desde Brasil hasta la Escandinavia. De la aventura al ocio de un alojamiento tranquilo.

Una imagen perfecta, si se agrega el ambiente suntuoso de  Paris hacia el final del siglo, donde, a pesar de todas las convulsiones de la historia, una burguesía, entre las más ricas del mundo, parecía celebrar segura sus opulentos triunfos.

Pero Gauguin piensa también en otra cosa. Todavía hay algo en su vida. Algo de lo cual no puede, ciertamente, hablar con sus colegas de trabajo y, mucho menos, en la casa, con su graciosa y pacífica mujer. Piensa en la pintura. Paul Gauguin es un “pintor  dominguero”. Podría ser un episodio menor de su vida.

Un ejercicio útil para relajar los nervios o para demostrar una cierta superioridad de intereses culturales. Un asunto, incluso, un poco ridículo… Él, que los domingos deja de ponerse sus decorosos trajes de rico banquero, viste trajes más cómodos y tal vez un poco al artista, y sale temprano en la mañana, con la cajita de colores bajo el brazo para encontrarse con un amigo e ir juntos a la campiña para pintar concienzudamente algún paisaje“pintoresco”. Casi un cuento de Maupassant, entre irónico y amargo. Pero no es así. Gauguin está madurando su auténtica vocación. Está descubriendo el propio destino. Poco a poco comprende que no podrá seguir viviendo sino pintando. Y, cuando está seguro, se decide bruscamente. Tiene miedo que cada compromiso lo prive de la parte mejor de sí mismo. En Enero de 1883 renuncia a la banca. De ahora en adelante será solamente el pintor. Probablemente, los compañeros de trabajo hablarían largamente, entre un trabajo y otro. Sonreirían. Lo tomaron por loco. “Con una posición como la suya… Y a su edad!…” Pero lo peor está en la familia. Para Mette es una catástrofe. La vida así agradablemente organizada que vivió por años se hace pedazos, de repente. La respetabilidad, la tranquilidad, los abultados cheques a final de mes, todo acabó. Se siente engañada, estafada. Y de inmediato, como buena esposa, trata de ayudar a su marido a olvidar aquella “locura”. Entre sus lamentosos regaños, y la desdeñosa decisión del marido, la convivencia no puede continuar. Mette regresa donde su madre, con los hijos. Gauguin la acompaña, pero poco después deja Dinamarca y regresa a Paris. Está sólo, con su pintura.

SOLO CON SU PINTURA

Son años terribles. Hambre y miseria. Para salir adelante llega a trabajar pegando carteles, por tres cincuenta francos al día. Pero su trabajo de pintor continúa, implacable. Se siente atrapado por una especie de intolerancia hacia la ciudad. No sólo por el paisaje urbano, que le parece carente de luz y de verdadera animación, pero por una forma de vivir. Se puede decir que, en todas las sucesivas peregrinaciones, Gauguin no buscará solamente una naturaleza más abierta, sino  también una verdadera libertad moral. En 1896, pasa muchos meses en Pont-Aven, en Bretaña. El siguiente año, parte para Panamá y Martinica, junto al pintor Laval. Los antiguos recuerdos de viaje se mezclan con su ansiosa nueva  búsqueda por un mundo más intenso e impetuosamente humano.

Se ve obligado a regresar a Paris por una larga enfermedad. Pero no se detiene. En 1888, está en Pont-Aven, en Bretaña. Su pintura ha madurado, su estilo se torna preciso y personal. La luz vibrante, el placer de pánico que alimenta la pintura impresionista no son para él.

Gauguin apunta a otra cosa. A una objetividad de las estructuras y de las imágenes que representan, de manera inmediata, el peso y el valor de su visión. A cada esparcimiento quiere oponer una concentración. A una dinámica lírica, una dinámica narrativa. Este es el sentido principal de su pintura. Una preocupación obstinada de “contar”, de representar, en una inequívoca síntesis de la forma y del color, una situación humana bloqueada por su invención. Su reacción ante el naturalismo impresionista no es una rendición a la realidad. Y, mucho menos, se puede hablar de una aspiración hacia una simplista mecánica de símbolos.

Aquello que le importa es, justamente, el relato apasionado de una realidad humana poderosamente “aislada” en sus imágenes, porque, más libremente, puede explicar la libertad incorrupta y originaria. Después de los días de Pont-Aven, llegan los de Arles. En el aire y en la límpida y dura luz de Provenza, él busca otra vez la imagen natural acuerdo a su visión.

Y aquí se produce el tormentoso encuentro con Van Gogh. Ambos quemados por la misma pasión. Pero es como si sus temperamentos fuesen muy violentos para permanecer juntos. En la Nochebuena de 1888 tienen un pleito. El día siguiente Van Gogh se acerca a Gauguin con una navaja en la mano. Esta por abalanzársele encima pero después, abruptamente, se voltea y huye. Regresa a la casa y se corta una oreja. La envuelve en un pedazo de papel y la envía a una prostituta. Gauguin, trastornado, regresa a Paris. Su fama de pintor ahora es segura.

Ya en Pont-Aven fue rodeado por un grupo de pintores que lo admiraban y lo reconocían como maestro. Ahora, en Paris, su obra es seguida con gran interés por artistas como Bonnard, Vuillard, Redon, Denis. Mallarmé habla de él de manera muy halagadora. “Podría ser el punto de llegada”. Y no más en un sistema burgués lleno de compromisos. Podría, verdaderamente, dedicarse a su pintura, cultivar el éxito, trabajar con tranquilidad en un ambiente que lo comprende y lo estima. Pero su dramática moralidad le provoca un sufrimiento que no puede resistir. En 1891, una muestra suya en el Hotel Drouot alcanza un gran éxito de ventas. Con el dinero obtenido, Gauguin parte para Tahití.

Comienza así el último período de la vida de Gauguin. Años de trabajo intenso, casi febriles, trascurridos casi todos en las islas del Pacífico, salvo una breve pausa en Paris. Y, una vez más, Gauguin debe luchar contra todas las adversidades de una vida difícil, contra la hostilidad de personas que no lo comprenden. Es mirado con sospecha de los blancos que no alcanzan a entender su amor por los indígenas. Llegan a condenarlo. Y la falta de dinero lo obliga a las mismas privaciones que había sufrido en los inicios de su carrera de pintor. Sin embargo, es precisamente en aquellos años, y en aquellas condiciones, que Gauguin pinta sus obras de arte. A pesar de todas las adversidades, aquí el vive en  un mundo que siente poseer hasta el final, en un mundo que le ofrece sus tesoros, su sencillez y su libertad natural.

UNA VIDA LIBRE Y ABIERTA

Una vida, como él mismo describe “libre, abierta y al mismo tiempo íntima; con las mujeres que se hablan en voz baja en la inmensidad de la naturaleza en medio de la infinita riqueza de Tahití: Y de cada lado los colores fabulosos, y este aire encendido, puro e inmóvil en el silencio.” En un mundo como este, soñado y buscado por toda su vida y en toda su pintura, Gauguin muere el 8 de Mayo de 1903.

No se puede comprender la obra de Paul Gauguin si se intenta descifrarla con un sistema árido de cálculos formalistas. Como base de toda su arte, está el desacuerdo prepotente, natural, insuperable con una sociedad y un mundo árido y corrupto. La única solución, para él, es la de buscar en otro lugar las imágenes de una vitalidad más verdadera, donde los valores originarios de la humanidad puedan confirmarse y extenderse en una naturaleza sin compromisos. El viaje a Tahití es, para él, la búsqueda desesperada de una realidad que dé motivo a todas sus imaginaciones. Tenía necesidad de reconocer específicamente las formas de sus sueños. No era una tarea fácil. Sus cartas ,desde las islas, están llenas de amargura, de preocupaciones, de pesares, también. “Que absurda, triste y fea aventura mi viaje a Tahití!”, escribe en septiembre de 1897. La soledad le pesa, las preocupaciones lo distraen del trabajo. Sin embargo, persevera, hasta el final. Como si el regresar definitivamente a París quisiera decir rendirse, reconocer la irrealidad de toda su obstinada confianza.

Es peligroso creer determinar toda la pintura de Gauguin en el gusto por el primitivismo. O mejor, es necesario aclarar estos términos. Gauguin no es el artista que representa a una sociedad exhausta en su propio refinamiento, obligada a buscar en otro lugar y lejos nuevos estímulos para su sensibilidad ahora opacada, hasta abandonarse a un barbarismo excitante simplemente porque era contrastante, Gauguin ve en las imágenes de un mundo primitivo la verdad más espontánea de las condiciones humanas. Su obstinado rechazo por un naturalismo complaciente y hedonístico es la señal de su ansiedad por una vitalidad que pueda existir en una fusión íntima y original con la naturaleza.

Y la arrogancia de las luces y de los colores en las islas del sur constituía para él, el escenario más adecuado para esta completa fusión. En aquel ambiente, la sensualidad vital de sus personajes se configura y se le mostraba como la imagen más concreta e inmediata de la libertad de vivir. “¿Cuándo los hombres entenderán el significado de la palabra libertad?”, escribía un año antes de morir.

El culto por lo primitivo no era, por lo tanto, en su caso, la rendición a las fáciles influencias de un exotismo fantasioso y pintoresco. En un mundo primitivo y en su representación apasionada, Gauguin buscaba la fuerza y la claridad de la inocencia. Y para entender mejor lo que significaba, para él, el concepto de primitivo, es útil recordar lo que escribió sobre una pintura de Giotto: “Delante de este lienzo me veo en él, el hombre moderno, pensando en las emociones o en la naturaleza, lo veo sonreír lleno de paz, satisfecho… Veo una bondad y un amor divino. Quisiera pasar una vida entera en medio a cosas así puras…”

Del cubismo en adelante, la más auténtica corriente de la pintura contemporánea, debía, es verdad, inspirarse en otros ejemplos directos. Y ante todo el compromiso de Cézanne, con su furioso trabajo por una nueva estructura de la imagen: Que constituye un nuevo y complejo significado. Pero la obra de Gauguin no podía evitar darle a las nuevas generaciones la sugerencia de su profunda intensidad emocional, de su rechazo por cada realismo superficial y satisfecho. Elementos que habrían tenido después su desarrollo en el fauvismo y en el expresionismo, que, sustancialmente, proponen una vez más una acalorada celebración de la vitalidad de los sentidos y una decisiva protesta contra una manera de vida basada en la negación de la libertad.


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