Hoy, tercer domingo de junio convoca al ritual de la gratitud filial. Así ha venido haciéndose por décadas.
Se escogen corbatas que quizá nunca se usen, se reservan mesas en restaurantes concurridos y se ensayan abrazos que, en demasiadas ocasiones, cargan con el peso de lo no dicho. Pero no solamente se escogen corbatas, también prendas femeninas, pues… ¡hay madres-padre!
Todo esto es por el llamado “Día del Padre” que, lejos de ser un mero invento de los grandes almacenes, tiene un origen noble: nació en los albores del siglo XX en Estados Unidos de Norteamérica, cuando Sonora Smart Dodd quiso homenajear a su padre, un veterano de la Guerra Civil que la crió a ella y a sus hermanos en solitario. Lo que comenzó como un acto de profunda admiración devino en una efeméride global destinada a reconocer el pilar de la guía y la protección.
Sin embargo, si la prensa escrita ha de servir como espejo de su tiempo, no puede limitarse a la lisonja empaquetada. Hoy, en plena mitad de la década de 2020, la figura paterna atraviesa una crisis silenciosa, pero punzante.
Se está viviendo en lo que el sociólogo Zygmunt Bauman denominó la "modernidad líquida": un entorno donde las estructuras sociales se diluyen, los vínculos son precarios y la incertidumbre es la única constante.
En este escenario movedizo, ha emergido con alarmante frecuencia un fenómeno que creíamos haber dejado en el siglo pasado, pero que ha mutado con sutil crueldad: el temor de los hijos hacia los padres. No se está haciendo referencia aquí del miedo físico a la barbarie del maltrato (el cual pertenece al ámbito de lo penal), sino de un temor perceptible y cotidiano. Es el miedo a la desaprobación crónica, al juicio implacable de quien debería ser un refugio, un ejemplo a emular y no un tribunal.
En una sociedad hipercompetitiva y fluida, muchos padres, abrumados por sus propias ansiedades económicas y existenciales, proyectan en sus hijos una exigencia desmedida o, en el extremo opuesto, una rigidez autoritaria como torpe mecanismo de control frente a un mundo que no logran comprender.
El resultado es devastador.
El hijo que teme a su padre no lo respeta; lo esquiva. Aprende a camuflar sus fracasos, a maquillar sus emociones y a habitar la mentira piadosa para evitar la mirada de decepción o el estallido de ira. Este temor edifica muros donde se necesitan puentes, transformando el hogar en un campo minado de tensiones y distancias insalvables.
Recomendaciones para superar la adversidad de este tipo de temor.
Superar esta distorsión relacional es imperativo. La autoridad paterna debe emanar de la admiración y el amor, jamás del miedo. Para aquellos padres e hijos atrapados en este laberinto, la psicología contemporánea
y la praxis familiar sugieren trazar las siguientes rutas de salida (palabra que acá no es
sinónimo de “escape”):
-Migrar del monólogo a la escucha activa: el error histórico del padre tradicional ha sido asumir que su única función es dictar cátedra. Romper el temor exige que el padre guarde silencio, baje la guardia y escuche las vulnerabilidades de su hijo sin cruzar los brazos ni preparar el reproche.
-Validar la individualidad en la era líquida: los hijos de hoy navegan un mundo con reglas distintas a las de hace treinta años. Entender que sus pasiones, orientaciones o elecciones de vida no son un ataque al legado familiar, sino su propia identidad, disuelve el miedo a la exclusión.
-Sustituir la perfección por la vulnerabilidad: un padre que reconoce sus propios errores, que pide disculpas cuando se equivoca y que se muestra humano, desarma inmediatamente el terror reverencial. La infalibilidad distancia; la imperfección compartida une.
-Establecer límites desde la firmeza afectiva: la ausencia de miedo no equivale a la anarquía. Los hijos necesitan límites para estructurar su personalidad en un entorno tan fluido, pero estos deben imponerse desde la lógica y el afecto, explicando el porqué y no el rancio «porque lo digo yo».
-Saber hacerse entender, incluso al procederse silenciosamente: muchas veces, el silencio lo dice todo, cabiendo recordar varios adagios de la sabiduría popular; p.ej.: "El silencio dice más que mil palabras", "Quien calla otorga", "A buen entendedor, pocas palabras bastan", y "De tus silencios eres dueño, y esclavo de tus palabras". Para que
esto sea efectivo y eficaz ha de acompañarse con un lenguaje corporal perfectamente engranado con lo que se busca comunicar.
Celebrar el Día del Padre en la actualidad no puede seguir siendo un ejercicio de nostalgia o de hipocresía protocolaria. Es, ante todo, una oportunidad política y humana para humanizar la figura del progenitor.
Si el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau tenía razón al afirmar que un buen padre vale por cien maestros, es porque el verdadero maestro no es el que infunde temor para que la clase guarde silencio, sino el que enciende una antorcha para que el alumno camine seguro, sin mirar con miedo hacia atrás. Hagamos de este día el inicio de una tregua necesaria.
Hoy, conmemorar el Día del Padre no ha de seguir siendo un ejercicio de marketing estacional o de hipocresía formal para la fotografía familiar. Es, ante todo, es una ocasión para incitar a que la prole ande hacia adelante y hacia arriba con paso firme, con seguridad de sí, y sin la dolorosa necesidad de mirar con miedo hacia atrás ni hacia los lados ni hacia abajo. Hagamos de esta fecha no un monumento al pasado, sino el inicio de un renacimiento necesario con la realidad que toca asumir.
La disfuncionalidad comunicacional entre padres e hj@s, entre hermanos, falta de consideración, amor y respeto hacia los abuelos. La tecnología acabó con la comunicación interpersonal.
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