Chichí Páez
"Nadie puede ser un buen gobernante si es
propenso a la codicia."
Platón
El ejercicio del liderazgo, en cualquiera de sus magnitudes (ya sea en la conducción de una empresa, una institución social o los hilos de todo un país), exige por definición una mirada centrada y, a la vez, periférica.
Dirigir es un acto de servicio que consiste en mirar hacia el frente para trazar el rumbo y hacia los lados para asegurar que nadie se quede atrás.
Sin embargo, la historia y la realidad presente nos demuestran de manera sistemática que el camino de no pocos que ocupan posiciones de lideranza está plagado de fisuras éticas y morales, sin base ideológica real, pues lo que proclaman sólo es la concha de un cascarón vacío: la base para ahogar en la pobreza y la incertidumbre a todo el contexto en el que se hallan.
La más destructiva de todas ellas es, sin duda, la codicia que conduce hacia el robo financiero desmedido y la destrucción de todo lo tangible y lo intangible que debe cuidarse. Cuando este vicio entra en juego, el liderazgo se desnaturaliza. Intentar mezclarlos es pretender unir el aceite y el agua: son sustancias incompatibles.
Ya lo advertía con lucidez imperecedera el filósofo y economista escocés Adam Smith en su obra fundamental La teoría de los sentimientos morales: "Esta disposición a admirar, y casi a adorar, a los ricos y a los poderosos, y a despreciar o, al menos, a descuidar a las personas de condición pobre y mezquina, aunque necesaria para
establecer y mantener la distinción de rangos y el orden de la sociedad, es, al mismo tiempo, la gran y más universal causa de la corrupción de nuestros sentimientos morales."
Al desmenuzar el pensamiento de Smith, queda en evidencia que este pecado capital no es un simple desliz de carácter; es una fuerza gravitacional que saca por completo del camino correcto a much@s, alterando su brújula interna y sustituyendo el bien común por el beneficio propio.
Para comprender la magnitud de esta incompatibilidad en los conductores de los
conjuntos humanos, es necesario especificar bien los aspectos clave que configuran el comportamiento codicioso.
La codicia no debe confundirse con la legítima ambición de progreso o el deseo de autorrealización. La codicia se caracteriza por ser un anhelo insaciable, egoísta y obsesivo de poseer riquezas, bienes corporales o cuotas de poder mucho más allá de lo estrictamente necesario para la supervivencia y el bienestar.
Es un vacío que se alimenta de sí mismo: mientras más se acumula, más grande se vuelve la necesidad percibida de seguir acumulando. El primer aspecto clave de este fenómeno en el liderazgo es “el desplazamiento del
propósito”.
Un líder auténtico halla su legitimidad en los resultados colectivos de su gestión. El líder codicioso, en cambio, sufre una mutación cognitiva donde la organización, el partido o el Estado dejan de ser el fin y se transforman en el medio. Las instituciones se convierten en herramientas de extracción de valor personal.
El segundo factor crítico es la ceguera empática y el utilitarismo. En la mente del obsesionado con el acopio de bienes o poder, las personas bajo su cargo pierden su condición de ciudadanos o colaboradores para transformarse en meras cifras o peldaños en su estrategia de ascenso.
El enfoque se centra puramente en acumular, implementando una dinámica en la que, a menudo, no importan los medios utilizados para conseguirlo. La ética procedimental se desmorona; los contratos se desvían, las leyes se flexibilizan mediante la retórica y los principios se tasan en el mercado de la conveniencia.
Finalmente, el aspecto más peligroso de la codicia en las altas esferas es su naturaleza expansiva. El poder malentendido actúa como un amplificador de las debilidades humanas.
Un codicioso daña su entorno inmediato; un gobernante o conductor social codicioso condena el futuro de generaciones enteras, precariza los servicios esenciales, destruye el tejido institucional y siembra la desconfianza generalizada en el sistema.
La codicia y el verdadero liderazgo jamás podrán coexistir en armonía. Mientras el liderazgo requiere desprendimiento, visión a largo plazo y la capacidad de postergar el beneficio propio en favor de la comunidad, la codicia exige inmediatez, acaparamiento y secretismo. Las sociedades contemporáneas deben aprender a detectar las señales tempranas de este apetito voraz en quienes aspiran a dirigirlas.
Ningún país o estructura colectiva puede prosperar bajo el mando de un timonel cuyas manos no estén firmes en el timón, sino ocupadas en llenarse los bolsillos. El agua de la responsabilidad social y el aceite de la codicia personal deben mantenerse nítidamente separados, expulsando de la gestión pública y corporativa a quienes confunden el noble arte de dirigir con el vulgar oficio de expoliar. Esto debe hacerse ¡hasta el final..!
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