De las ruinas a la justicia: la lección perpetua de José María Vargas

En medio de aquella desolación, emergió la figura de un joven médico de apenas veintiséis años, cuyo destino quedaría sellado por el servicio público y la rectitud: el doctor José María Vargas

El reciente y trágico terremoto del pasado 24 de junio ha vuelto a sacudir las entrañas de Venezuela, dejando a su paso una estela de dolor que, inevitablemente, evoca los fantasmas del pasado. No es la primera vez que la tierra nos reclama desde el abismo. En marzo de 1812, un sismo de proporciones colosales demolió gran parte del país, ensañándose con especial furia sobre La Guaira. Aquella modesta aldea marítima quedó reducida a escombros. Sin embargo, a pesar de la devastación absoluta de las estructuras, una población menor y construcciones de poca altura mitigaron, en cierta medida, la magnitud de la tragedia humanitaria.

En medio de aquella desolación, emergió la figura de un joven médico de apenas veintiséis años, cuyo destino quedaría sellado por el servicio público y la rectitud: el doctor José María Vargas, casualmente originario de La Guaira. Graduado apenas cuatro años antes en la Real y Pontificia Universidad de Caracas, Vargas se entregó sin descanso al socorro de las víctimas, asistiendo a la inmensa cantidad de heridos. Marcado por la catástrofe, partió al año siguiente, en 1813, hacia Europa. Su peregrinaje por las célebres escuelas de Medicina de Edimburgo, Londres y París no fue un simple exilio, sino una cruzada por el conocimiento. Allí absorbió las vanguardias de la cirugía, la obstetricia y las ciencias naturales.

Vargas regresó a Caracas en 1825, y en 1827 fue elegido como el primer rector de la Universidad Central de Venezuela. En su gestión, abolió los planes de estudio anacrónicos, introdujo la enseñanza experimental de la anatomía y abrió las aulas a todos los venezolanos sin distinción de color. Su pulcritud moral y su sabiduría le granjearon una gran devoción popular. Por ello, la nación civil no dudó en postularlo a la presidencia de la naciente República en 1835. Vargas se resistió con vehemencia, insistiendo en que sus luces eran más útiles en la cátedra que en el palacio de gobierno. No obstante, el clamor ciudadano se impuso, consagrándolo como el primer mandatario civil de nuestra historia.

Aquella primavera civilista duró poco. El estamento militar, con los laureles aún frescos de la gesta emancipadora, se arrogó el derecho exclusivo de gobernar el país. Consideraban intolerable que un hombre de ciencias, un civil a quien tildaban despectivamente de «antipatriota» por sus años de estudio en Europa, pretendiera comandar las fuerzas armadas. El choque inevitable entre la fuerza y la razón cristalizó cuando Pedro Carujo, un militar de rango medio, irrumpió para exigir su dimisión, dejándonos un careo que resuena hoy con espantosa vigencia:

—Pedro Carujo: «Señor doctor, el mundo es de los valientes». —José María Vargas: «Se engaña usted, señor; el mundo es del hombre justo».

Vargas no firmó su renuncia. Defendió con dignidad que su legitimidad emanaba de la ley y de la Constitución, y no de la coacción de los fusiles. Irónicamente, el reciente sismo que hoy nos enluta ocurrió un 24 de junio, el Día del Ejército. Un recordatorio simbólico y doloroso de que ese mismo sector, casi dos siglos después, sigue mostrando resistencia a someterse al mandato del poder civil y a la institucionalidad democrática. Un militarismo que se ha acentuado en Venezuela en las últimas tres décadas, demostrando incapacidad en todo y que representa una falla más peligrosa que la Falla de Boconó.

Hoy, La Guaira y toda Venezuela vuelven a encontrarse ante el desafío de los escombros. Nos levantaremos, sin duda, como el ave fénix de entre el polvo y el recuerdo de nuestros compatriotas fallecidos. Pero este renacimiento exige madurez: es imperativo que, de una vez por todas, las autoridades escuchen y ejecuten las rigurosas recomendaciones que los expertos y científicos han advertido durante décadas para mitigar el riesgo sísmico que tenemos en el país. El futuro de la nación no pertenece a la arbitrariedad de la fuerza ni al olvido; el mundo, tal como lo sostuvo el Dr. Vargas ante el cañón del fusil, le pertenece de forma definitiva al hombre justo.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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De las ruinas a la justicia: la lección perpetua de José María Vargas

Leonel Alvarez
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