La fórmula de mi padre

Doy gracias eternas por sus enseñanzas y, en particular, por aquella fórmula matemática infalible para fijar los precios, un cálculo rápido, práctico y realizado de la manera más sencilla; tan sencilla como son siempre las grandes lecciones de los sabios

Mi padre tuvo por muchos años un taller de imprenta y gran parte de mis vacaciones escolares transcurrieron allí. Apenas terminaban las clases, él ya tenía programada mi respectiva pasantía. Mi primera asignación fue como perforador: introducía un juego de hojas por la rendija de una vieja máquina, pisaba un pedal y centenares de agujas las atravesaban; luego eran liberadas por una pesada bola de acero que hacía de contrapeso. La línea de perforaciones que se formaba facilitaba el desprendimiento de las hojas una vez engrapadas en el talonario.

Cuando cumplí los catorce años, me asignaron la responsabilidad de entregar los trabajos terminados. Viajaba a Maracay, Puerto Cabello y San Joaquín; en esta última localidad quedaba la Heinz, el principal cliente del negocio. Utilizaba el transporte público, viajando siempre acompañado de un paquete de regular tamaño, junto con su factura o nota de entrega. En mis últimos años de secundaria ya asumía labores gerenciales y quedaba encargado del taller cuando mi padre estaba ausente. Todas esas promociones dentro de la organización se los puedo asegurar, fueron por méritos propios; en nada influyó mi relación cercana con el jefe.

Durante aquellas suplencias se me presentaba un grave problema: cuando llegaban los clientes solicitando presupuestos, yo no sabía dar precios. Un buen día mi padre me dijo que era tiempo de aprender. Como la elaboración de talonarios era lo más frecuente, comenzamos por allí. Me explicó que lo más importante era la materia prima: los costos del papel, el tamaño de la resma y su corte dependiendo de la medida del talonario. El segundo factor era la mano de obra, calculada con base en el número de impresiones, que ya tenía un valor de mercado y se estimaba por millar. Esos dos costos se sumaban y el resultado se multiplicaba por dos, lo que determinaba el monto mínimo a cobrar. «Periódicamente —me decía— solicito cotizaciones en una o dos imprentas de Valencia para estar seguro de que mis precios son competitivos». Fueron las primeras nociones de costos que recibí en mi vida. Con esas breves lecciones quedé listo para enfrentarme a la clientela, aunque recuerdo que más de un cliente desconfiado se marchó con la promesa de: «Regreso cuando esté tu papá».

Al terminar la secundaria me fui alejando del taller para pasar más tiempo en la universidad. Allí recibí nuevas teorías sobre el tema: costos fijos, variables, punto de equilibrio y demás variables financieras. En mi primer trabajo como ingeniero, me encargaron de un departamento productivo. Realizábamos reuniones mensuales para hacer seguimiento al consumo de insumos y sus costos, y quise trasladar esa experiencia al modesto negocio de mi padre.

Me reuní con él, dividí el taller en tres centros de costos (uno por cada prensa) y preparé una hoja de cálculo con filas y columnas. Ahora, para determinar los precios, además de la materia prima y el número de impresiones, tomábamos en consideración variables como salarios, alquiler del local, tinta, solventes, reparaciones y unos cuantos rubros más. Una vez definido el tamaño, el número de copias y la cantidad de talonarios, se ingresaban los datos en la cuadrícula y el sistema arrojaba el precio.

Recuerdo claramente que mi padre me observaba callado y pensativo mientras yo desplegaba aquella extensa hoja sobre su escritorio. En su momento no supe interpretar su silencio, pero ahora pienso que quizás se lamentaba por la forma en que había invertido sus ahorros en mis estudios de ingeniería. Sin embargo, con esa paciencia y consideración que los buenos padres tienen, aceptó utilizar el nuevo modelo.

El sábado siguiente, luego de una semana de aplicación del innovador sistema, mi padre me llamó a la casa y me dijo: «Hijo, no estoy diciendo que esa hoja con tal cantidad de datos y números que me dejaste esté mal. Pero la verdad es que esta semana no ha sido nada productiva. Cuatro clientes no aceptaron el precio, y un quinto, muy amigo mío, me preguntó si me había vuelto loco, se fue sin despedirse y me temo que he perdido su amistad».

Muy preocupado y apenado, me apresuré a pedirle que suspendiera el uso del modelo y retomara de inmediato su cálculo tradicional.

Hoy en día, a menudo vienen a mi memoria aquellos tiempos. Evoco la figura de mi padre y, en mis oraciones, le pido perdón si alguna angustia o dolor de cabeza le pude haber generado con mi elaborada estructura de costos. Al mismo tiempo, le doy gracias eternas por sus enseñanzas y, en particular, por aquella fórmula matemática infalible para fijar los precios: ((Papel + Número de impresiones) x 2). Un cálculo rápido, práctico y realizado de la manera más sencilla; tan sencilla como son siempre las grandes lecciones de los sabios.

¡Feliz Día del Padre!

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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La fórmula de mi padre

Leonel Alvarez
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