Y Dios creó a la Madre

A pesar de la soledad, su amor se mantiene intacto, mitigando la tristeza con la esperanza y la fe en una futura reunificación familiar

Las Sagradas Escrituras narran que, al sexto día, Dios creó al hombre y, de su costilla, hizo a la mujer. Existe un refrán muy nuestro que dice: “El primer maíz es de los pericos”, sugiriendo que la primera cosecha no siempre es la mejor, pero que la experiencia garantiza el éxito de las siguientes.

Aunque el Creador es infalible y Adán fue una creación perfecta, uno no puede evitar pensar que, con Eva, se introdujeron mejoras que la hicieron aún más sorprendente. He escuchado decir, en broma, que Dios la puso al lado del dormido Adán y no dejó manual de instrucciones. Lo cierto es que no existe tal manual, porque cada mujer es un universo individual.

El Creador nos hizo con el mismo amor pero, gracias a la Providencia, nos hizo diferentes. Esa delicadeza y gracia femenina no es casualidad; es un regalo. Sin embargo, lo que marca la diferencia definitiva es el milagro de la maternidad. La neurociencia ha detectado que, durante el embarazo, el cerebro femenino experimenta cambios fascinantes. Aparecen los famosos “despistes”, pero no es una pérdida de facultades; es que la naturaleza instala un foco prioritario: el hijo. Al dar a luz, se activan áreas de recompensa afectiva y se silencia el juicio crítico. Por eso, aunque el recién nacido no luzca muy agraciado, para una madre su hijo siempre será el ser más bello de la Tierra.

Ese instinto les permite descifrar si un llanto es de hambre, de sueño o si el muchachito lo que quiere es que le cambien el pañal. Lo demás lo aprenden en el camino, graduándose —sin título pero con honores— de enfermeras, maestras, orientadoras, psicólogas y administradoras.

No obstante, a veces ese amor incondicional parece no ser correspondido. Hay hijos que critican injustamente, ignoran o usan un tono que rompe el corazón. Aquí la ciencia nos ofrece un bálsamo: la neurociencia explica que para construir su propia identidad, el hijo siente que debe "derribar" simbólicamente la torre de la madre para establecer su independencia. Entender que esto es un proceso vital, y no una falta de amor o un fracaso en la crianza, puede traer un alivio inmenso.

A este peso emocional se suma, para muchas madres venezolanas, la "orfandad de hijos" debido a la migración. Han resistido con resiliencia las fallas de servicios y las carencias, pero lo que más les duele es la ausencia. A pesar de la soledad, su amor se mantiene intacto, mitigando la tristeza con la esperanza y la fe en una futura reunificación familiar.

En las décadas de los 70 u 80, este día era de terminales repletos y carreteras concurridas por hijos que corrían al encuentro de su progenitora. Hoy, la realidad es distinta, pero el sueño de volver a celebrar como antes, con la mesa servida y el abrazo presente, sigue vivo. A esas madres valerosas que mantienen encendida la luz del hogar a pesar de las distancias, les dedicamos este día.

A quienes sientan hoy el peso de la incomprensión de un hijo, les sugiero buscar en las redes las reflexiones de Mario Alonso Puig y Nazareth Castellanos; sus explicaciones sobre la mente y el corazón son una medicina necesaria para sanar la culpa y entender que, a pesar de las sombras, su labor ha sido perfecta.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Y Dios creó a la Madre

Leonel Alvarez
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