El 13 de junio se celebra el día de San Antonio, el santo más venerado de la Iglesia católica. Es patrono de las mujeres estériles, viajeros, albañiles y panaderos; su arraigo en tantas ciudades y pueblos es tal, que también se le conoce como "el santo de todo el mundo".
Nació en Lisboa con el nombre de Fernando Martim de Bulhões, el cual cambió a los 25 años por el de Antonio al ingresar a la Orden Franciscana. Fue un teólogo brillantísimo en su época, con una elocuente carrera sacerdotal que lo llevó a predicar por diversos rumbos, culminando su labor en la ciudad italiana de Padua. Allí falleció el 13 de junio de 1231, a la temprana edad de 36 años. Padua lo adoptó como uno de sus hijos más dilectos; de ahí que se le conozca universalmente como San Antonio de Padua y que sus restos reposen en su célebre basílica.
Cuenta la historia que fue testigo de una aparición del Niño Jesús, a quien sostuvo en sus brazos, razón por la cual la iconografía cristiana siempre lo representa cargándolo. Otro milagro atribuido al santo ocurrió cuando una familia de escasos recursos llegó al convento y él les entregó todo el pan disponible. Al momento del almuerzo, el cocinero se le acercó preocupado para advertirle que la despensa estaba vacía. San Antonio le preguntó: "¿Estás seguro? Anda y revisa de nuevo". El cocinero regresó y consiguió las cestas rebosantes. Por ello, en las misas de su festividad, se bendicen y distribuyen panes de manera simbólica.
Mi madre era una ferviente devota de San Antonio. De ella aprendí que era considerado el custodio de las cosas perdidas. A decir verdad, creo que abusaba un poco de su confianza, pues le rezaba diariamente por cualquier objeto que se le extraviara. Si no conseguía las tijeras, si no encontraba los lentes o si perdía las llaves, todo era motivo para invocarlo.
En una oportunidad le sugerí, con un toque de picardía, que lo dejara descansar; que habiendo tantas cosas cruciales perdidas en el mundo, como la paz y la justicia, no debía distraerlo en menudencias. No me hizo caso. Ella continuó con sus oraciones y solicitudes cotidianas.
San Antonio también es el confesor de los enamorados, pues la tradición popular asegura que les consigue novio a las solteras; una creencia nacida en Europa que se extendió con fuerza por Hispanoamérica. Recuerdo una estrofa de una canción que solía cantar mi madre:
San Antonio bendito, tres cosas pido:
salvación y dinero y un buen marido.
Y él me responde, y él me responde:
no puede ser tan bueno, caramba, si ha de ser hombre.
Hace muchos años existía, en la calle Rondón de Valencia, una casona colonial donde habitaban unas damas devotas que custodiaban una imagen del santo en la sala. Las valencianas que anhelaban una pareja acudían al lugar y le ataban una cinta. Con el tiempo, el salón quedó repleto de lazos de todos los colores y tamaños, por lo que el sitio comenzó a conocerse popularmente como la "Casa de San Antonio de los lazos". Lamentablemente, el inmueble se incendió tras años de fervor sentimental; quizás una vela encendida entre tanto tejido inflamable originó el siniestro.
Se decía que el santo casi siempre cumplía y ubicaba a los pretendientes, pero las muchachas empezaron a lamentarse de que, si bien eran hombres muy buenos, resultaban ser muy pobres. De allí surgió la pícara creencia de que San José los deparaba con fortuna, aunque con mal carácter, lo que hizo que muchas le prendieran velitas a ambos santos. Por supuesto, la Iglesia jamás aprobó estas prácticas, catalogándolas de mera superstición.
En la actualidad, una hermosa iglesia edificada en su honor engalana la urbanización Prebo de Valencia. Ese apostolado de San Antonio, compartido entre Portugal e Italia y que lo convirtió en hijo de ambas naciones, hizo que las comunidades italiana y portuguesa radicadas en la ciudad hermanaran esfuerzos para erigir este templo. Hoy luce una arquitectura moderna, bellamente decorada con pinturas del reconocido artista italiano Francesco Santoro.
Si a los lectores les vienen a la memoria algunos pasajes de este artículo, tranquilos, no se trata de un déjà vu. Con anterioridad he dedicado líneas a San Antonio, y es que no dejo pasar un mes de junio sin hacerlo.
En estos días, miles de feligreses acudirán a la Iglesia de San Antonio en Prebo para recoger su pan bendito, cobijados bajo el techo que engalana la inmensa pintura de Francesco Santoro. Una hermosa tradición donde la fe y el arte se abrazan en nuestra Valencia.




