En una oportunidad, por razones de trabajo, visité París un fin de semana. Mientras subía junto a un colega las empinadas calles de Montmartre, comenzó a granizar fuertemente. Mi compañero maldecía el clima, pero al llegar a la cima lo interrumpí: “Caramba amigo, caminar bajo el granizo no es agradable, pero en París se siente como una bendición; ¡vamos a disfrutarlo!”. Nos refugiamos en una cafetería donde una guía explicaba que, a finales del siglo XIX, ese barrio campestre de viñedos y molinos se había transformado en el epicentro de la vida bohemia y el arte.
Al descender, frente al famoso Moulin Rouge, otra guía explicaba que la historia de aquel cabaret era inseparable de Henri de Toulouse-Lautrec. Aunque el nombre del pintor ya me resultaba familiar desde mis clases de Educación Artística, fue con la llegada de internet cuando logré profundizar en la biografía de este fascinante personaje.
Henri nació en 1864 en Albi, en el seno de la nobleza francesa. Debido a la consanguinidad de sus padres —primos hermanos—, nació con una salud frágil. Dos fracturas de fémur en su adolescencia detuvieron el crecimiento de sus piernas; desarrolló un torso normal, pero su estatura nunca superó el metro cincuenta.
En 1881 se trasladó a París para formarse como pintor, coincidiendo con artistas como Van Gogh y Edgar Degas. Aunque sus biógrafos aseguran que siempre tuvo energía para una vida normal, eso no evitó que internamente viviera una tragedia que se reflejó en su obra. La aristocracia —a la cual pertenecía—, lo rechazó por su condición de minusválido, ese desprecio lo llevó a refugiarse en los bajos fondos de la ciudad, en donde, entre artistas y prostitutas, era menos juzgado por su apariencia y halló inspiración en lo cotidiano de aquel ambiente sórdido.
El Moulin Rouge abrió sus puertas en 1889, el mismo año de la inauguración de la Torre Eiffel. Lautrec recibió el encargo de diseñar los carteles publicitarios, labor que continuó por años. Sus innovaciones en este género fueron tales que hoy se le considera el creador del cartel moderno. Se convirtió en un visitante asiduo, capturando con su pincel la vida nocturna: burgueses con sombrero de copa, artistas y, por supuesto, las cuadrillas de mujeres bailando el famoso cancán. Entre ellas destacó “La Goulue” (la Golosa), a quien inmortalizó en sus lienzos.
Hubo una etapa en la que se dedicó a pintar a las mal llamadas “mujeres de la vida alegre”, capturando su tristeza y miseria, en una serie de obras consideradas, en aquel entonces, contrarias a la moral. De haber sabido estas damiselas que sus figuras serían expuestas en los grandes museos, seguramente habrían intentado cubrir un poco más su desnudez.
Henri vivió veinte años en Montmartre. Allí realizó una obra prolífica: 275 acuarelas, 363 carteles, 700 pinturas y 5,000 dibujos. Lamentablemente, su salud se deterioró prematuramente debido al alcoholismo y las complicaciones de la sífilis. El 9 de septiembre de 1901, a los 37 años, las luces de los cabarets se apagaron para Toulouse-Lautrec, quien murió en los brazos de su madre. Aquel hombre de figura pequeña, en el que todo parecía desproporcionado, albergaba en su interior a uno de los más grandes genios del arte universal.




