Antoine de Saint-Exupéry: Otro Antonio universal

Mientras se desempeñaba como jefe de una estación aérea en el Sahara español, escribió sus primeras novelas que giran en torno a sus experiencias en el aire

En este mes de junio, el mismo mes en el que celebramos a San Antonio, se cumple el aniversario del nacimiento de otro Antonio de carácter universal: Antoine de Saint-Exupéry, aviador y escritor francés. No se puede asegurar que haya sido tan devoto como el santo de Padua, pero por lo menos lleva un “santo” en su apellido.

Nació en Lyon el 29 de junio de 1900. Se hizo piloto durante su servicio militar en 1921, y a partir de entonces, a cada escala de sus vuelos correspondió una etapa de su producción literaria. Resulta fascinante cómo logró compaginar dos actividades aparentemente tan disímiles como la aviación y la escritura. Mientras se desempeñaba como jefe de una estación aérea en el Sahara español, escribió sus primeras novelas que giran en torno a sus experiencias en el aire: Correo del Sur (1928) y Vuelo nocturno (1930), esta última galardonada con el prestigioso premio Femina.

Luego tuvo una estadía en Buenos Aires para organizar la red de una filial aérea. Se adaptó tan bien que sus amigos porteños comenzaron a llamarlo cariñosamente “Saintex”. Más de un argentino pudiera decir, de manera pretenciosa, que fue allí donde aprendió el arte de escribir, pero no sería cierto; su amor por la literatura surgió muchos años antes. En la capital austral conoció a quien sería su esposa, Consuelo Suncín, una joven millonaria salvadoreña con quien se casó en Niza en 1931.

Con la firma del armisticio de 1940, tras el cual los nazis ocuparon Francia, el escritor emigró con su esposa a Estados Unidos. En Nueva York publicó en 1943 su obra cumbre, El Principito, catalogada como una de las mejores creaciones literarias del siglo XX y que se convirtió en el libro francés más leído, traducido y vendido de todos los tiempos.

Conocí esta obra en mi niñez gracias a mi hermana, quien la tenía y la disfrutaba, aunque ella ya de adulta me confesó que en aquel entonces no la entendía muy bien. Ella me mostraba los dibujos; recuerdo especialmente uno que a simple vista parecía un sombrero, pero que, para quien tuviera suficiente imaginación, revelaba ser una serpiente boa que se había tragado a un elefante.

Ese aparente cuento infantil, ilustrado con dibujos del propio Antoine, está lleno de moralejas y resulta asombroso por todo lo que transmite en su brevedad. Relata la historia de un niño que llega desde un diminuto asteroide a la Tierra y descubre la extraña forma en que los adultos ven la vida. La obra es un paseo por los valores universales de la humanidad, como la esperanza, el amor, la amistad y la felicidad, dejándonos sabias frases entre las que vale la pena recordar:

"Todos los mayores han sido primero niños (pero pocos lo recuerdan)".

“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, desde las tres yo empezaría a ser feliz”.

“Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya”.

“Al primer amor se le quiere más, al resto se le quiere mejor”.

“Amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección”.

Y esta última, extraordinaria: “Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”.

Luego de vivir en Nueva York, Antoine regresó a una Europa todavía inmersa en la guerra para unirse a las fuerzas francesas libres. El 31 de julio de 1944, despegó desde la isla de Córcega para una misión de reconocimiento y desapareció en el Mediterráneo. Tenía 44 años y su cuerpo nunca fue hallado.

La aviación fue su vida… y su muerte.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Antoine de Saint-Exupéry: Otro Antonio universal

Leonel Alvarez
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