En ocasiones recuerdo con nostalgia un verso que mi madre solía recitar sobre una flor que nació al borde de una tumba. En una de sus estrofas decía: «¡Pobre flor! ¡Qué mal naciste! / ¡Qué fatal que fue tu suerte! / Que al primer paso que diste / te encontraste con la muerte». Aquella imagen siempre me invitó a reflexionar. Hoy, ante la dolorosa sacudida del reciente sismo en nuestro país, esa vieja duda cobra una vigencia sobrecogedora: ¿es la muerte la que nos sale al encuentro en un momento y lugar determinados, o somos nosotros quienes, sin saberlo, caminamos hacia ella?
El ser humano tiene una única certeza absoluta desde el instante en que llega a este plano terrenal: el boleto de viaje de nuestra vida tiene un destino inevitable. La muerte es parte intrínseca de la vida. Sin embargo, el cuándo, el cómo y el dónde permanecen resguardados en el más absoluto y misterioso de los secretos.
Esta gran incertidumbre me evoca una célebre parábola oriental. Cuenta la historia de un siervo que, tras ver a la muerte hacerle un gesto de amenaza en el mercado, le ruega a su amo que le preste un caballo para huir esa misma noche a Teherán . El amo, compadecido, se lo concede. Más tarde, al encontrarse con la muerte, el amo le reclama el haber asustado a su sirviente. La muerte, extrañada, le responde: «No quise asustarlo, solo me sorprendí de verlo aquí esta mañana, sabiendo que tengo una cita con él esta noche en Teherán».
Esa puntualidad implacable del destino resuena con fuerza al pensar en los testimonios que se escuchan de la tragedia de La Guaira. Por un lado, están aquellos que habitaban en los edificios afectados y que, por un viaje de última hora o un simple cambio de planes, no se encontraban allí. «No les tocaba», solemos decir con un suspiro de alivio. En contraste, nos conmueven quienes estaban allí solo de visita, viajeros de paso hospedados en hoteles que colapsaron; personas ajenas a ese entorno que, sin saberlo, acudieron presurosas a su propia “cita en Teherán”.
Las historias que nos llegan de los sobrevivientes del terremoto son desgarradoras. Nos enfrentan a la paradoja de quienes se salvaron físicamente porque «no les tocaba», pero debieron asumir el inmenso dolor de perder a toda su familia. Es entonces cuando descubrimos que el verdadero desafío ya no es la muerte en sí, sino el misterio de cómo seguir viviendo cuando el destino lo ha arrasado todo. En esa penumbra, el sobreviviente necesita un apoyo y acompañamiento profesional, y es allí donde la psicología y la perspectiva de Viktor Frankl se convierten en un sólido faro de esperanza. Este psiquiatra austríaco, quien sobrevivió a los campos de concentración alemanes tras perder a sus padres, a su hermano y a su esposa embarazada, plasmó en su célebre obra «El hombre en busca de sentido» una verdad validada por la ciencia y por su propio sufrimiento: nos pueden arrebatar todo, excepto la libertad última de elegir la actitud con la que afrontamos nuestro destino. La reconstrucción emocional no consiste en olvidar el dolor, sino en hallar una razón, un propósito de vida —por pequeño que sea— para seguir adelante con valor y resiliencia.
Quizás la flor de aquel poema que, algunas veces, recitaba mi madre no corrió con un destino tan trágico por encontrarse al primer paso con la muerte. Tal vez su verdadero propósito y su grandeza estuvieron en el hecho de haber florecido, aunque fuera por un instante. Nos queda el deber de vivir con plenitud, fe y amor cada día, agradeciendo el milagro de estar aquí mientras nuestro boleto de viaje, que no muestra fecha, siga vigente.




