Arnold Schönberg: la incomodidad necesaria y su eco en Venezuela

Schönberg nació en Viena el 13 de septiembre de 1874 y falleció el 13 de julio de 1951 en Los Ángeles, Estados Unidos

Cuando se habla de rupturas decisivas en la historia de la música occidental, el nombre de Arnold Schönberg aparece con el mismo peso transformador que figuras como Beethoven o Stravinsky. Pero a diferencia de muchos de sus contemporáneos, Schönberg no solo desafió las reglas: las desmanteló con una precisión que rayaba en lo profético. En ese gesto radical -
molesto para muchos, liberador para otros- abrió una grieta por donde se filtró buena parte de la música del siglo XX y aún del XXI.

Schönberg nació en Viena el 13 de septiembre de 1874 y falleció el 13 de julio de 1951 en Los Ángeles, Estados Unidos. Se formó en el corazón de una Europa que aún vibraba con el romanticismo tardío. Su primer lenguaje musical se nutrió de Brahms y Wagner, y su cercanía con Gustav Mahler marcó sus inicios como compositor. Pero pronto sintió que la tonalidad,
ese sistema que había regido la música europea durante siglos, comenzaba a agotarse. “Mi música no es moderna, es inevitable”, llegó a decir. Su respuesta no fue simplemente romper, sino construir otro orden: el método de los doce sonidos, más conocido como dodecafonismo, donde todas las notas tienen el mismo valor jerárquico y no hay un centro tonal dominante.

Muchos oyentes siguen mirando este sistema con sospecha. A menudo se lo tilda de frío o
inhumano. Pero la verdad es que, lejos de ser una provocación gratuita, el serialismo de
Schönberg nació de una necesidad expresiva profunda: la de hallar coherencia en un mundo
que había perdido la fe en los antiguos modelos. Como afirma el musicólogo Charles Rosen,
“Schönberg no destruyó la tonalidad; simplemente compuso música cuando la tonalidad ya se
había derrumbado sola”.

No fue un revolucionario aislado. Con Anton Webern y Alban Berg conformó la llamada
Segunda Escuela de Viena, una tríada que reformuló las bases de la composición y expandió las
posibilidades del lenguaje musical. Su labor pedagógica -documentada en sus escritos, clases y
cartas- fue igual de influyente que su obra. Y su impacto no se detuvo en Europa: también
alcanzó las costas de América Latina.

Durante los años 50 y 60, un grupo importante de músicos venezolanos viajó a Europa a formarse con las nuevas corrientes estéticas del siglo XX. Entre ellos estuvieron Alfredo del Mónaco, Juan Carlos Núñez, Antonio Mastrogiovanni, Ángel Sauce y José Antonio Abreu, quienes absorbieron influencias del serialismo, del expresionismo alemán y del modernismo
posbélico. Muchos de ellos estudiaron con discípulos directos o indirectos de la escuela de Viena, o bien se empaparon de ese pensamiento a través de centros musicales europeos como Darmstadt.

Del Mónaco, en particular, fue un férreo defensor del lenguaje atonal y serial en Venezuela. Su obra Estructuras, para orquesta, y sus ensayos sobre la forma y la organización del material musical, reflejan con claridad ese legado. Él mismo afirmaba que Schönberg le enseñó “a no temerle a la forma” y a confiar en que el orden puede surgir incluso en la mayor libertad sonora.

La figura de Schönberg no se limita al compositor de líneas densas o disonancias extremas. También fue pintor, ensayista, pedagogo y pensador. Su correspondencia con Kandinsky, su exilio forzado por el nazismo, su regreso al judaísmo tras años de agnosticismo, y su etapa final en Estados Unidos, donde enseñó en la University of California, forman parte de una biografía compleja, profundamente marcada por el siglo convulso que le tocó vivir.

En Venezuela, su influencia puede rastrearse en la obra de compositores que, desde distintas generaciones, han apostado por la exploración sonora, la ruptura formal o la organización alternativa del discurso musical. Desde las texturas de Luis Ernesto Gómez, pasando por la rigidez expresiva de Rhazes Hernández López, hasta el eclecticismo actual de algunos jóvenes compositores que aun navegan entre lo acústico y lo electrónico, hay un eco -a veces lejano, a veces explícito- de ese Schönberg que un día declaró: “No hay forma sin contenido, y no hay contenido sin forma”.

No fue un creador complaciente. No quiso serlo. Pero quienes alguna vez hemos interpretado su música, o la hemos estudiado sin prejuicio, sabemos que hay en ella una verdad profunda. Esa verdad no es grata ni inmediata: se revela con el tiempo, con la escucha activa, con la paciencia del que sabe que detrás del caos aparente puede haber una arquitectura precisa, un orden secreto.

Y cuando esa revelación ocurre, incluso desde este rincón virtual caribeño, uno no puede evitar sentir que Schönberg -con todo su rigor, su disonancia, su pasión- también forma parte de nuestra historia musical. No como una moda, ni como un modelo a seguir, sino como un punto de referencia. Como alguien que, desde lejos, nos recuerda que lo incómodo también
puede ser hermoso, y que la honestidad artística es, quizás, la más radical de las formas de belleza.

De un estilo poco conocido de Schönberg, los invito a escuchar Friede auf Erden, interpretado por el Estudio Coral de Buenos Aires y la Camerata Bariloche bajo la dirección de Carlos López Puccio. Grabado en la catedral de Buenos Aires, 13 de diciembre de 2007. Concierto organizado por el Collegium Musicum de Buenos Aires.

https://www.youtube.com/watch?v=vh8AfzeZpnM

juanpablocorreafeo@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Arnold Schönberg: la incomodidad necesaria y su eco en Venezuela

Juan Pablo Correa
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