Después del silencio

La esperanza no consiste en negar las heridas ni en fingir que todo volverá a ser como antes. Consiste en descubrir que las heridas no siempre tienen la última palabra.

Durante las últimas semanas he pensado mucho en el silencio.

No en ese silencio agradable que procuramos para descansar o leer un libro, sino en ese otro que llega después de una tragedia. El que queda cuando cesa el estruendo y se apagan los gritos desesperados. El que llega cuando las pocas sirenas de bomberos y ambulancias dejan de sonar. Ese que obliga incluso a los valientes rescatistas voluntarios a disminuir el ritmo de su actividad frenética. Ese, donde los noticieros, las redes sociales y los portales informativos hacen que comiencen a mirar hacia otra noticia. El que aparece cuando el espanto deja de ocupar los titulares, pero no la vida de quienes lo padecen. Ese silencio en el que empiezan a contarse —y a notarse— las ausencias.

Los venezolanos que vivimos fuera de nuestro país no sufrimos los terremotos de junio como quienes los vivieron en carne propia. Sería irrespetuoso siquiera insinuarlo. Quienes perdieron familiares, amigos, sus hogares, sus esfuerzos, sus sueños o buena parte de la vida que habían construido conocen un dolor imposible de medir desde la distancia. Todo mal, todo espanto. La naturaleza hizo su parte. El resto lo hicieron nuestras propias debilidades como sociedad venezolana. 

Pero quienes emigramos también vivimos aquellos días con una angustia muy particular.

La distancia tiene una forma extraña de doler. Uno continúa trabajando, respondiendo mensajes e intentando mantener la rutina, mientras la cabeza y el corazón permanecen a miles de kilómetros de donde está el resto del cuerpo. El teléfono se convierte en una extensión de la mano. Cada foto o video que vemos por redes sociales acelera el corazón. Cada mensaje proveniente de Venezuela se lee o se escucha con miedo. Y uno siente, una vez más, que la impotencia también pesa.

Aunque pueda parecer una asociación impropia en medio de una tragedia semejante, estos días me hicieron volver a pensar en Giuseppe Verdi. No en el gigante de la ópera italiana, compositor de La Traviata, Aida, Rigoletto u Otello. Leí su biografía siendo apenas un adolescente. No recuerdo el autor del libro, pero sí que se enfocaba más en el ser humano, más que en su obra musical.

Pocos conocen la tragedia que marcó sus primeros años. En muy poco tiempo perdió a sus dos hijos y, poco después, a su esposa Margherita. Como si aquello no fuera suficiente, su segunda ópera fue un fracaso absoluto. Verdi tenía apenas veintiséis años. Decidió que nunca más volvería a escribir música. Nadie habría podido reprochárselo. Cualquiera habría comprendido que abandonara la composición para siempre.

Entonces apareció la ópera Nabucco.

Cuenta la tradición que el libreto llegó a sus manos casi por insistencia de quienes se negaban a dejarlo rendirse. Lo abrió sin demasiado entusiasmo y encontró unas palabras que cambiarían su vida:

"Va, pensiero..."

"Vuela, pensamiento..."

Era el canto de un pueblo desterrado. Un pueblo que había perdido su tierra, pero no su memoria. No celebraba victorias. No prometía soluciones inmediatas. Era un lamento. Un canto de nostalgia, de melancolía. Y, precisamente por eso, terminó conmoviendo también a millones de italianos que veían reflejada en aquellas palabras la historia de su propia patria. Con el paso del tiempo, Va, pensiero dejó de ser únicamente un coro de ópera para convertirse en un símbolo de esperanza y de identidad nacional.

Siempre me ha impresionado que una de las páginas más esperanzadoras de la música naciera precisamente del dolor, de la desesperanza. No de la alegría. No del éxito. Del dolor. Quizás por eso ese coro terminó convirtiéndose en un símbolo que emociona a millones de migrantes que también soñamos en nuestra propia patria.

Mientras seguía las imágenes que llegaban desde Venezuela durante aquellos días, no podía evitar pensar que muchos de nosotros estábamos viviendo nuestro propio Va, pensiero. No porque hubiéramos perdido el país, sino porque una parte de nosotros seguía allí, acompañando en silencio a quienes lloraban, a quienes escarbaban, a quienes luchaban y rezaban esperando noticias, sintiéndonos cerca a pesar de la geografía. 

La música tiene una virtud extraordinaria. Nunca elimina el dolor, pero muchas veces consigue darle un lugar.

Verdi nunca recuperó a sus hijos. Nunca volvió a abrazar a su esposa. La música no borró su tragedia. No le devolvió lo que había perdido. Pero le permitió encontrar una razón para seguir creando. Y esa música terminó consolando a millones de personas que jamás conocería.

Quizás ahí resida una de las lecciones más profundas que puede dejarnos su historia.

La esperanza no consiste en negar las heridas ni en fingir que todo volverá a ser como antes. Consiste en descubrir que las heridas no siempre tienen la última palabra.

Vendrán tiempos difíciles para Venezuela. Habrá mucho que reconstruir. Edificios, escuelas, carreteras... pero, sobre todo, vidas.

No sé cuánto tiempo necesitará nuestro país para levantarse.

No sé cuánto tardarán en reconstruirse las ciudades, las casas o los corazones que cambiaron para siempre.

Lo único que sé es que los pueblos, igual que las personas, poseen una extraordinaria capacidad para volver a encontrar su voz.

Quizás hoy todavía sea tiempo de silencio.

Pero la historia de Giuseppe Verdi, como la de tantas otras, nos recuerda que, incluso después del silencio más profundo, la música y la vida pueden volver.

Juanpablocorreafeo@gmail.com 

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Después del silencio

Juan Pablo Correa
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