A veces, con una intensidad que varía dependiendo del estado de ánimo, del
clima, de las noticias que vienen de todo el mundo o de si uno comió proteínas en
el desayuno, la duda aterriza sobre el teclado. Se instala en la pantalla en blanco y
comienza a dar vueltas sobre la mesa. A lo largo de los casi 10 años que llevo
escribiendo en este espacio, desde julio de 2013 para ser más exactos, de repente
me pregunto si tiene sentido seguir insistiendo en el tema que ocupa el 99% de los
doscientos y pico de artículos que he publicado. Me pregunto si es que Venezuela
va a cambiar porque yo me empeñe –junto a muchos otros compañeros de viaje
que escriben, razonan y denuncian- en retratar, dentro de lo posible y a la
distancia, lo que sucede en el país. Si los 3 o 4 mil caracteres que le dedico cada
dos semanas a comentar sobre la calamidad que sufren los paisanos en el
terruño, o allá donde la providencia los haya llevado, va a mejorar la vida de
alguien o puede contribuir a aflojar los tornillos que sostienen a la dictadura.
La primera respuesta que se me ocurre es casi de Perogrullo: cada quien hace lo
que puede y lo que está a su alcance para darle sustento a una visión del mundo
que refleje los valores aprendidos a lo largo de la existencia. Así, el que puede
escribir escribe, el que tiene audiencia da charlas y conferencias y el que no tiene
público trata de influir sobre su círculo más cercano. En mi caso, los valores que
defiendo se ajustan a un modo de vida occidental, republicano y en democracia,
liberal, tolerante y judeocristiano, por tratar de definirlos con algunos atributos, y
escribo con ese sesgo porque creo que va en el mejor interés de la especie
humana. El otro lado de la pregunta, si es que creo que mis escritos van a tener
algún impacto sobre la pobreza crítica o sobre el cese de la usurpación, la
respuesta es no: dentro de un ámbito pequeño, muy pequeño, es posible que
alguien se entere de algo o modifique alguna posición o clarifique algún concepto,
pero hasta ahí.
Donde sí creo que los que escribimos tenemos un aporte que hacer es en retratar
la verdad de lo que sucede y ha sucedido en Venezuela, hasta donde sea
humanamente posible. Una de las primeras víctimas de las dictaduras es la
realidad, y la venezolana no es la excepción a esta regla, ni mucho menos. El
régimen chavista dedica gran parte de los recursos que tiene –los que desvía de
los servicios públicos y de las importaciones de comida y medicinas- a crear una
narrativa a favor de su revolución y a pintar los fallos y desastres del gobierno
como sabotaje, imperialismo o la excusa que le venga más a mano. Y ahí hay que
dar la pelea, en todos los terrenos y con las pocas o muchas municiones que cada
quien tenga en la cartuchera. No puede permitirse que la historia que lean
nuestros nietos y bisnietos sea benévola con la gente que destruyó la República,
su economía, sus libertades y paremos de contar.
Para registrar la verdad sobre el socialismo del siglo XXI cada palabra cuenta,
cada letra tiene su lugar, cada historia debe quedar en un sitio accesible y público.
Cada ciudadano comprometido con las libertades, la apertura y la prosperidad que
alguna vez existieron en Venezuela tiene la obligación de hurgar en el pasado y el
presente para descubrir lo que realmente pasó. Para entender cómo llegamos a
esto, y saber quién hizo qué, quiénes son los responsables activos, los pasivos y
los indiferentes. Y luego, con la verdad –o lo que más se le aproxime- en la mano,
con los hechos y los pelos del burro, comenzar a contar, a escribir, a transmitir y a
echar el resto, a fin de que todos se enteren y no permitan que le cambien la
historia. Para que la infamia quede retratada como infamia, sin adornos y sin excusas.




