Hay que pasar 20 alcabalas –o peajes o retenes o puestos de vigilancia, como se los quiera llamar- entre Caracas y Cumaná si se viaja por carretera. O sea, en 20 ocasiones hay que parar el carro, bajar la ventanilla, verle la cara a los guardias o policías o soldados armados que custodian el paso y seguir. Esto, por supuesto, siempre que a alguno de los guardias o policías o soldados no se antoje de verle la cara rara a alguno de los pasajeros del carro y lo detenga y le pida papeles y credenciales y cédula y pasaporte y, con cierta frecuencia, según dicen los afectados, unos dolaritos pa’ los frescos. Recuerdo haber ido a Cumaná varias veces por tierra, cuando la última República, y creo que había 3 o 4 puestos de vigilancia: en Caucagua, cerca de El Guapo, luego llegando a Barcelona, y quizás por los lados de Guanta. Alguna vez me pidieron la licencia y buenas tardes, señor.
El dato de los 20 checkpoints sale en un podcast publicado por un reportero del New York Times que acaba de hacer el viaje acompañado de dos colegas. Muy cerca de ese video -que sale en cualquier buscador de Internet al preguntar por Cumaná, Venezuela- se encuentra un reportaje bastante más dramático que nos informa de los 100 días que lleva sin agua -potable y corriente- la capital del estado Sucre a raíz del derrumbe del túnel Guamacán, por donde pasa la tubería que conecta al sistema Turimiquire con los municipios de Sucre, Cruz Salmerón Acosta y Bolívar. El gobierno, fiel a su ancestral costumbre de echarle la culpa a los demás, dijo que la causa del colapso había sido un sismo de 5.2 grados que afectó la zona. Varios especialistas entrevistados –ingenieros veteranos en el manejo de sistemas de suministro de agua- dicen que la verdadera razón no es un sismo moderado que no debería haber causado daños, sino la falta crónica de mantenimiento por parte de las autoridades. Es el mismo cuento de las iguanas y la electricidad aplicado a una escasez de agua que tiene a los cumaneses y a sus vecinos bebiendo agua marrón y bañándose con jabón en la playa de San Luis.
Sigue uno revisando noticias y se encuentra con 10 alcabalas –sumando los puestos móviles se han contado hasta 20- que existen entre San Cristóbal y San Antonio del Táchira, en unos 40 kilómetros de carretera. Para sacar una cuenta simple, a ojo de buen cubero, en Venezuela hay unos 32 mil kilómetros de carreteras pavimentadas. En promedio debe haber una alcabala cada 20 kilómetros, lo cual indica que en las carreteras venezolanas están instaladas unas 1600 alcabalas; y si cada alcabala cuenta con 5 efectivos estamos hablando de que hay unos 8 mil soldados, policías o guardias dedicados a vigilar carros que pasan, matraca incluida. Mientras tanto, una ciudad histórica como Cumaná, capital de estado, lleva 100 días sin agua y el gobierno no sabe qué hacer ni saca los recursos ni la gente que hacen falta para reparar el desastre.
La cuenta de las alcabalas solo demuestra lo que se sabe desde hace décadas, que las prioridades de los que mandan son el control y el miedo, ambos como política de Estado, por encima del bienestar ciudadano y demás exquisiteces de ese tipo. Al mismo tiempo, por supuesto, es una oportunidad para que policías, guardias y soldados se redondeen un salario adicional a costa de los paisanos que circulan por la carretera y, de paso, se mantengan fieles a sus jefes y a los jefes de sus jefes que son al final quienes les permiten aprovecharse de su posición puntual de poder y quienes mantienen la tolerancia oficial a las mordidas.
Vayamos a un cambio de tercio y hablemos de la “reinstitucionalización de Venezuela”, el mantra con el que se pretenden resolver los problemas del país cuando el chavismo se vaya. ¿Hay alguna institución que esté fallando a propósito del tema de las matracas o la falta de agua? ¿Hay alguna ley que imponga lo de las 1600 alcabalas o que a Cumaná le toca estar sin agua? ¿No serán los funcionarios encargados de darle cumplimiento a lo que establecen las instituciones los que no hacen su trabajo o lo hacen mal? ¿Son las normas lo que hay que cambiar, o es la cultura de la gente, la viveza, el parapeteo, el embuste y la improvisación? Recordando lo que decía Bill Clinton en su campaña electoral de 1992 –it’s the economy, stupid- no vendría mal dejar de culpar a las normas y comenzar por reconocer lo que es obvio: es la gente la que está en falta. Unas instituciones perfectas manejadas por malandros terminan en malandraje. No puede ser de otra manera.




