Los terremotos son quizás los fenómenos naturales más aterradores que existen. Su impredecibilidad, su fuerza destructora y sus dimensiones más allá de lo humano (es como mover a empujones una cadena de montañas, me decía un amigo) sobrepasan nuestra capacidad de aguante y nos convierten en seres frágiles, vulnerables y cubiertos de incertidumbre. El hecho de que el piso firme en el que nos apoyamos y nos ponemos de pie, nuestra referencia de estabilidad y solidez, se convierta de repente en una cosa que se mueve, derriba edificios y provoca miles de víctimas, es lo suficientemente perturbador como para llenarnos de miedo y llevarnos a cuestionar mucho de lo que se da por cierto, tangible y seguro.
Los sismos que se produjeron el pasado 24 de junio en los sistemas de fallas de Boconó, paralela a la cordillera de Los Andes, y San Sebastián, paralela a la costa norte del país, no son extraños a la actividad tectónica de Caracas y sus alrededores. La historia reciente nos lleva al terremoto de 1967 de magnitud 6.5, que provocó 300 muertos, y más allá se registran los de 1900 y 1812, que causaron numerosas víctimas y graves daños materiales. La rareza con los eventos recientes, y lo que probablemente amplificó su efecto destructivo, fue el hecho de que ocurrieran 2 sismos superficiales -a menos de 20 km de profundidad- de más de 7 grados Richter, en epicentros muy cercanos y con un intervalo de tiempo de 40 segundos entre el primero de magnitud 7.2 y el segundo de 7.5.
A pesar de la opacidad de las autoridades venezolanas, y de su empeño por ocultar las noticias que delaten su mala gestión (una semana después de la tragedia fue que se acordaron de decretar duelo nacional), se sabe que las víctimas mortales ya superan al menos las 2500, y los estimados pronostican una cifra muy superior. Un representante de la ONU en Venezuela informó que se han ordenado diez mil bolsas para cadáveres, a la vez que la misma ONU ha reportado que 50 mil personas se hallan en paradero desconocido y más de 1 millón están en condición de damnificadas. Es sin duda la peor catástrofe que ha sufrido el país durante toda su existencia, y para mayor desgracia coincide con el peor gobierno que ha existido en la historia de este terruño.
El chavismo como gobierno se estrenó con el deslave de Vargas, una desgracia en la que nunca se supo si los muertos fueron 1000 o 30000, y que aparece en el libro de récords de Guinness como el alud que ha causado la mayor cantidad de víctimas. Una catástrofe en la que Hugo Chávez, con su arrogancia característica, rechazó la ayuda norteamericana, ofrecida para rescatar y reconstruir, mientras la gente pedía auxilio y las víctimas se multiplicaban. La actitud de Chávez hace 27 años puede ayudar a comprender la indolencia, la incapacidad y la falta de humanidad que ha mostrado el gobierno en esta crisis de hoy: las 72 horas de parálisis oficial, los soldados y policías con el uniforme limpio, mirando a los ciudadanos como enemigos y poniendo zancadillas a voluntarios y rescatistas, sumado al matraqueo, los saqueos y las alcabalas que han impedido salvar vidas no son otra cosa que la herencia -fielmente mantenida y cultivada- de aquello que comenzaba a finales del siglo pasado. El desenlace de una revolución que acabó con nuestro país, y que por supuesto no tiene -nunca tuvo- con qué ni puede ni quiere ni sabe salvarlo y reconstruirlo.
La incertidumbre hacia el futuro, en el corto y el mediano plazo como mínimo, es enorme. Por una parte, Venezuela no es una república independiente, pues está bajo el tutelaje de los Estados Unidos. Tiene un gobierno ilegítimo, que responde a los deseos del Sr. Donald Trump y arrastra los pies cada vez que le hablan de democracia. Cuenta con un plan de 3 fases para aspirar a ser un país normal, que se diseñó en el Imperio y se vino al suelo con la emergencia provocada por los terremotos. Y al día de hoy tiene un pronóstico de caída del PIB de entre el 6 y el 9% para este año, un costo de reconstrucción del desastre sísmico que ronda los 15 mil millones de dólares, más necesidades de inversión de 15 mil millones en el sistema eléctrico y de 100 a 150 mil millones para recuperar la industria petrolera, entre otros sectores apremiantes. Cifras inalcanzables para un país que tiene si acaso 14 mil millones de verdes en reservas internacionales, un ambiente de inversión ajeno a la confianza y, sobre todo, unas autoridades -civiles y militares- que han demostrado su inutilidad y su desprecio por la gente.
¿Es esta tragedia una oportunidad para salir del chavismo? Debería serlo, por lógica y por simple justicia. Pero las decisiones críticas para el futuro del país no están en este lado de la cancha; están fuera de nuestro alcance. Dependen de las órdenes de un señor que probablemente confunde Venezuela con Minnesota, porque suenan parecido.




