Guillermo Tell, del mito suizo al olvido venezolano

Nacido en nuestra querida Valencia en 1823, Guillermo Tell Villegas fue abogado, diplomático y un político de transiciones

Cuando estaba pequeña me encantaba leer. Mi primer libro fue "Heidi", de Johanna Spyri; luego vinieron más: "Mujercitas", de Louisa May Alcott, y "Hans Brinker o Los patines de plata", de la escritora estadounidense Mary Mapes Dodge. Pero después llegó "Hechizada", la serie televisiva que me atrapó, al igual que "Los Picapiedra" y "El Zorro". 

Fue entonces cuando mi abuelo Héctor Feo, quizás temiendo que me alejara demasiado de la lectura, me leyó las aventuras de Guillermo Tell, un suizo que luchó por la libertad de su tierra. No olvido que el gobernador, tras apresarlo, lo retó a recuperar su libertad aprovechando su destreza con el arco y la flecha: debía disparar a una manzana colocada sobre la cabeza de su propio hijo. Guillermo aceptó. Tomó dos flechas. Al disparar con precisión y dar en la manzana, consiguió la libertad. El gobernador, curioso, le preguntó por qué había llevado dos flechas. Guillermo respondió que, si hubiera fallado y matado a su hijo, con la segunda habría matado al gobernador. Por esa respuesta, lo volvieron a condenar a prisión. Ese era Guillermo Tell para mí, una leyenda suiza, porque con el tiempo escuché que tal vez es producto de la imaginación histórica de su país.

Ya con más edad supe que hubo un presidente en Venezuela que llevaba ese nombre: Guillermo Tell Villegas. No me extraña que sus padres hayan sido admiradores del legendario personaje, pero nadie, hoy en día, habla de él. Cuando se repasan los nombres de quienes han portado la banda tricolor, salen a brillar las espadas y los caudillos, pero el nombre de este ciudadano es un susurro que apenas se escucha en los pasillos de la historia.

Nacido en nuestra querida Valencia en 1823, Guillermo Tell Villegas fue abogado, diplomático y un político de transiciones. Le tocó bailar con la más fea: la inestabilidad crónica del siglo XIX. Fue presidente encargado en 1868, 1870 y 1892. Sin embargo, su paso por el Palacio de Gobierno fue como el de una flecha que atraviesa el aire sin detenerse: rápido, preciso, pero sin la intención de quedarse clavada en el poder. Su verdadera vocación no estaba en mandar, sino en formar.

Mientras otros se desvivían por las charreteras y los fusiles, Villegas creía en el pupitre. Junto a su sobrino, Guillermo Tell Villegas Pulido, fundó el famoso Colegio Villegas en Caracas. Allí, este valenciano se convirtió en el arquitecto de mentes que luego transformarían el país. Su visión era la de una educación humanista, científica y, sobre todo, ética.

A diferencia del Guillermo Tell de la leyenda, que arriesgó la vida de su hijo por la libertad, nuestro Guillermo Tell valenciano dedicó la suya a proteger el futuro de los hijos de otros a través del conocimiento. Y es aquí donde la historia nos regala un encuentro providencial, uno de esos hilos invisibles que tejen la grandeza de una nación.

En 1878, un joven tímido, menudo y con una inteligencia brillante llegó a Caracas procedente de Isnotú, estado Trujillo. Es oportuno recordar que este niño, después de pasar días viajando a lomo de mula desde Isnotú —atravesando Betijoque, Sabana de Mendoza, Santa Apolonia y La Ceiba—, llegó a Maracaibo. Cruzó el Lago en barco, realizó trasbordos marítimos pasando por Curazao y Puerto Cabello, para finalmente arribar al puerto de La Guaira y subir a Caracas nuevamente en mula. Tenía apenas trece años y traía consigo una carta de recomendación para ingresar al Colegio Villegas. Ese niño, como ya lo habrán imaginado, era José Gregorio Hernández.

Fue Guillermo Tell Villegas quien lo recibió. Fue él quien, al notar la precocidad y la rectitud del muchacho, se convirtió no solo en su protector, sino en su mentor principal. En las aulas del Colegio Villegas, José Gregorio no solo aprendió aritmética o gramática; allí se forjó el carácter del hombre que años después sería el "Médico de los Pobres".

Se cuenta que Villegas quedó tan impresionado con el joven trujillano que lo convirtió en su pupilo predilecto, dándole responsabilidades como preparador y docente incluso antes de graduarse de médico. José Gregorio, años más tarde, siempre recordó con una gratitud infinita a su maestro valenciano. Si hoy veneramos la ciencia y la santidad del doctor Hernández, es porque hubo un hombre que supo ver esa chispa y alimentarla.

Es curioso cómo funciona el olvido. En Valencia, nuestra tierra, caminamos por sus calles sin saber, quizás, que de aquí salió el hombre que educó al venezolano más amado de todos los tiempos.

Guillermo Tell Villegas vino a morir a su ciudad y no necesitó disparar una flecha a una manzana para demostrar su puntería. Su puntería fue otra: apuntó al corazón de la ignorancia y disparó educación. Fue un presidente "por unos días" —y cuando mucho "por unos meses"—, sí, es verdad, pero fue un maestro por siglos.

A veces, la verdadera libertad no se gana con actos heroicos en plazas públicas, sino en el silencio de un salón de clases, enseñándole a un niño a pensar, a servir y a sanar. Ojalá que la próxima vez que escuchemos su nombre, no pensemos solo en el ballestero suizo, sino en el valenciano que, con la humildad de los grandes, le dio a Venezuela el regalo de un santo.

Anamaría Correa

anamariacorrea@gmail.com 

Únete a nuestros canales en Telegram y Whatsapp. También puedes hacer de El Carabobeño tu fuente en Google Noticias.

Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

Newsletters

Recibe lo mejor de El Carabobeño en forma de boletines informativos y de análisis en tu correo electrónico.

Guillermo Tell, del mito suizo al olvido venezolano

Anamaría Correa
[code_snippet id=10 php format]