Hace unos años traté de escribir la vida de mi abuela materna, Carmen Teresa Codecido de Feo, y conseguí algo en el camino que me hizo retroceder. Ahora, cuando me doy cuenta de que esas piedras encontradas no fueron más que malos entendidos —secretos a medias, rencores mal archivados—, retomé todo y no puedo explicar lo que siento.
Claro, mi abuela solo era una muchacha de la sociedad valenciana casada con un farmaceuta valenciano, miembro también de aquella valencianidad, graduado en la Universidad Central de Venezuela. Eso sí, sin duda ella era una persona de mucho carácter que no tiene nada singular, pero me ha hecho viajar y aferrarme al pasado y confieso que ha sido algo maravilloso.
En estos momentos mi mente está viviendo en la Valencia de antier y todo ha sido inexplicable. Porque año a año veo cómo van ocurriendo situaciones en mi amada ciudad y eso es palpar cómo mi familia fue testigo de cada situación.
Mi abuelo Héctor Calixto Feo, el farmaceuta, trabajaba en la botica de su padre, que también era farmaceuta graduado en la Central —y su título está firmado por el doctor San José Gregorio Hernández— ubicada en el centro de Valencia, la “Botica Vargas”. Aún puedo imaginarlo tras el mostrador de mármol, con su bata blanca y sus frascos de vidrio azul. Mi abuela Carmen Teresa iba algunas tardes a llevarle el almuerzo en una canasta de mimbre. Y aparecen mis bisabuelos, mis tías abuelas, las razones por las cuales tuvieron que irse a Caracas. Ahí llegamos a la necesidad de enviar a los hijos a la capital o a los Andes, para que estudiaran, debido al cierre de la Universidad de Valencia.
Claro, recurrí a mi familia que hoy vive en Caracas para verificar datos familiares, y a aquellos que están fuera, en México, España, Chile, Panamá, y todos están emocionados proporcionándome datos que son de mi interés. Mi hijo me ha ido ayudando con bibliografía valenciana y por supuesto, el Cojo Ilustrado también ha sido de ayuda.
En una de esas, revisando mi celular, me tropiezo con el Instagram de Valentina Quintero, en el que muestra una foto de una de mis primas hermanas queridas, Dora Feo, abrazada a Valentina, su comadre —Dora es la madrina de su hija—, con un mensaje de nuestra querida viajera dándole ánimos a mi prima para que se cure pronto.
¿Cómo pudo mi egoísmo ocultarme algo tan importante?
Le escribo a Dora y la respuesta fue espectacular. "Relatos desde el desconcierto en la habitación 331". Narra ahí, de una forma genial, cómo han sido sus días hospitalizada, porque la operaron de un tumor benigno —gracias a Dios— que se infectó y terminó con una septicemia, contado de una forma brillante. Explica cómo llegó a las puertas del cielo y no la recibieron los familiares más queridos: su marido, sus padres, mi abuela Tata, su hermanito Carlos Alberto, que se lo llevó el Covid-19, personas que debían estar esperándola, por lo que entendió que no era su momento y se devolvió.
Dora se devolvió, como se devuelve uno cuando una abuela de carácter le ordena que viva. Ya terminó su estadía en la habitación 331 y todos estamos felices. Fueron once días observando Caracas a través de grandes ventanales y con mucha gracia dice que cuando se sintió mal gritó, convencida de que la escucharían porque al paciente hay que oírlo. Y trajo a colación la frase de Mario Benedetti: "Un pesimista es solo un optimista bien informado".
Cuando le felicité, le comenté que estaba haciendo la novela sobre nuestra abuela. Cabe destacar que ella era la preferida de mi abuela. De hecho, todos la llamábamos "Tata" y ella decía "mi Tata" —claro, ella y sus dos hermanitos—. Y mi abuela siempre afirmaba con orgullo que Dora había salido igualita a ella. En cambio, conmigo peleaba constantemente.
Entonces me vino a la memoria una vez que mi abuela Tata salió con nosotras dos y Graciela Díaz, una muchacha que era como una hija para ella y servía de niñera de todos los nietos de Tata. Dora y yo tendríamos tres años (tenemos la misma edad). Veníamos de Sabana Grande en Caracas, hacia la zona de Altamira, donde vivía mi bisabuela, Edificio "Univers", frente a la Plaza Altamira —que años más tarde cambió su nombre a Plaza Francia—. Ahí mi abuela haló la cuerdita que le avisaba al chofer del autobús que nos íbamos a bajar. Graciela tomó a mi prima en sus brazos y mi abuela a mí. Al momento de bajar, Graciela y Dora bajaron, mi abuela me puso en el piso del autobús y bajó ella; cuando se voltea y me tira los brazos para que me suba en ellos, el chofer del autobús cerró sus puertas y arrancó conmigo adentro.
A mí no me dio miedo, estaba segura de que mi abuela me rescataría. Me quedé paradita en el mismo lugar mientras la gente le gritaba al chofer, pero vi a mi abuela convertirse en Super Girl —en esa época no existía la Mujer Biónica, pero sí Super Girl y mi abuela Tata se convirtió en ella— correr detrás del autobús hasta pasarlo y ponérsele enfrente. Ahí subió a rescatarme, mientras el chofer la tildó de vieja loca. Después de insultar al chofer por un error que cometió ella al bajar primero que yo, nos fuimos felices las cuatro a contar esta anécdota.
Y aunque ya lo he comentado, hoy lo reitero: en 1910 mi abuela Tata, de nueve años, fue uno de los angelitos que acompañaron a Nuestra Señora del Socorro, patrona de Valencia, en la Coronación Canónica.
Mi prima Dora fue dada de alta el viernes pasado y creo que mi abuela debe haber sido una de las que más se opusieron a su llegada al cielo. Dora, todavía hay mucho por hacer y, sin duda, tenemos en el cielo "un ángel llamado Tata".
Anamaría Correaanamariacorrea@gmail.com




