El eco de los escombros

La diferencia entre 1967 y 2026 no es solo el número de víctimas. En aquel entonces, se decía con orgullo que Caracas estaba bien construida. Solo cayeron cuatro edificios entre la capital y La Guaira

Hay memorias que se guardan en los huesos. No en la mente, sino en aquella parte del cuerpo que recuerda el vértigo cuando el piso se niega a ser firme. Para los valencianos nacidos un poco más allá de 1967, el terremoto de Caracas tiene el sabor de una anécdota contada en las tardes de rezos. En Valencia, la tierra solo se estremeció lo suficiente como para sacar a la gente a la calle, a mirar al cielo, aunque era de noche y preguntarse si era el fin. Solo hubo una víctima, una señora a la que un anuncio publicitario le cayó en la cabeza, como si el destino hubiera querido firmar su sentencia con letras de neón. Los edificios, en su mayoría, aguantaron. Aquella fue una herida superficial.

Pero en Caracas, la cosa fue distinta. Los 6.5 grados en la escala de Richter no se miden solo en números, se miden en nombres propios: Los Palos Grandes, Altamira, el edificio Neverí, el Mijagual y el San José. Allí, la tierra no tembló, se sacudió con furia. En La Guaira, la Mansión Charaima perdió su corona, y aunque el saldo no fue tan catastrófico, los casi doscientos cincuenta fallecidos y ochenta mil afectados, fueron el primer aviso de que la ciudad tenía fisuras que nadie quería ver.

Mi familia, como tantas otras que migraron a la capital en busca de sueños de concreto, vivió aquel 29 de julio desde la primera fila. Mi primo Alfredo Rojas no tuvo la suerte de contar la historia: el edificio Mijagual se lo llevó consigo, tomado de la mano de Moravia, su esposa embarazada. Enfrente, en un segundo piso, su madre Esther velaba por él, acompañada por su sobrinito Miguel Eduardo Arcay, su hija Gisela y su perra Noni; y más arriba, en el cuarto, mi abuela Carmen Teresa y mis tíos Luisa Elena y Miguel Paz abrazaban a su hijo Sebastián, mientras el mundo se desmoronaba en segundos. Por eso, aquel terremoto es para mí un relato heredado, una novela familiar que he repetido hasta el cansancio, creyendo que el pasado era solo eso: un relato. Pero el pasado, como el suelo, siempre termina por moverse de nuevo.

Ahora nos ha llegado el golpe más cruel en 125 años. Dos sismos separados por apenas 39 segundos, como dos puñetazos que no dieron tregua. Ya no somos aquellos valencianos que veían el temblor por televisión. Ahora, la mayoría de los míos vive en el extranjero, y desde la distancia sintieron el miedo que no se mitiga con kilómetros. Ellos, que huyeron de una crisis que ya era un terremoto político y social, vieron por las pantallas cómo su tierra se partía de nuevo.

La diferencia entre 1967 y 2026 no es solo el número de víctimas. En aquel entonces, se decía con orgullo que Caracas estaba bien construida. Solo cayeron cuatro edificios entre la capital y La Guaira. Ahora, el conteo provisional supera las doscientas cincuenta estructuras colapsadas o inservibles, y los expertos temen que lleguemos a setecientas viviendas condenadas. La tierra no solo se movió: encontró un terreno fértil en la dejadez.

Y es que no se puede culpar a la naturaleza por su furia, pero sí al hombre por su desidia. La corrupción no es un fantasma abstracto; tiene peso específico en las columnas de hormigón. La periodista colombiana Saray González Toro lo resumió con precisión quirúrgica: “décadas de negligencia, edificios antiguos y la falta de adecuación a normas antisísmicas convirtieron el sismo en una masacre de cemento”. Circulan vídeos que dan escalofríos, donde se ven columnas de edificios de la Misión Vivienda que eran de anime, forradas en cemento como un disfraz de seguridad, muy probablemente no responsables del peso del edificio porque se hubieran caído sin necesidad de temblores. 

El caos no se detuvo en los escombros. En el Poliedro de Caracas, la burocracia se convirtió en un segundo terremoto: los voluntarios necesitaban salvoconductos para llevar ayuda, mientras los militares tramitaban papeles y la gente esperaba bajo el sol. Mientras tanto, el mundo ofrecía su mano, y esta vez, la presidenta interina no cometió el error de Chávez en el deslave de Vargas, cuando rechazó la ayuda del "imperio". Pero la preparación interna fue tan precaria que vimos a bomberos cavando entre ruinas con las manos desnudas, como si las herramientas fueran un lujo del pasado y alumbrando con la linterna del celular.

Matthew Blackett, de la Universidad de Coventry, lo explicó a la CNN con una frialdad académica que duele: “la crisis económica e institucional de Venezuela no solo ha empobrecido a su gente, sino que ha oxidado su infraestructura”. No es un fenómeno aislado. Transparencia Internacional, en su informe de 2025, ya había advertido que la corrupción tiene consecuencias físicas: hospitales sin fondos y obras de protección que nunca se levantan. Y aunque plantean que el boom petrolero de mediados del siglo pasado, pudo haber hecho que se construyeran de manera acelerada ciertos edificios, y se haya escatimado la calidad de los materiales y la seguridad de los mismos, no dejan de sumarle la situación de algunos complejos de vivienda pública. Definitivamente un matrimonio tóxico entre la ambición y el descuido.

Sin embargo, en medio de esta tragedia de siglos —de esta herida que parece no cerrarse—hay una corriente que no se quiebra. Es la corriente de los motorizados de La Lagunita, que desafían el polvo y el derrumbe para ir y venir con víveres en el tanque y una oración en el pecho. Son los jóvenes de las impresoras 3D, que convierten el plástico en férulas y esperanza, y las depositan en los centros de acopio como quien entrega una obra de arte hecha de urgencia. Son los venezolanos dispersos por el mundo —entre ellos, mis propios hijos— que desde la distancia no se resignan al llanto, sino que tejen redes de donativos y mueven conciencias, porque saben que su país los necesita más que nunca. Es la señora Doris, que vive en el caserío La India, un diminuto punto en el mapa, de cuatro calles, y que llenó su camioneta de suministros hasta el techo para recorrer las emergencias de Tucacas y Morón, sin preguntar de qué bando es cada damnificado, porque el dolor no tiene color político. Esa es la Venezuela que se niega a ser ruina. Esa es la que resucita entre los escombros.

Como dijo mi querido Julio Castillo, tenemos razones para ser optimistas. No porque el dolor sea menor, sino porque la solidaridad es más fuerte que el concreto. Hay motivos para creer en los que vienen detrás, en esos jóvenes que ya no piden permiso para rescatar a su país. Venezuela será grande de nuevo, no por sus edificios, sino porque su gente sabe que el verdadero terremoto no es el que sacude la tierra, sino el que despierta la conciencia.

Anamaría Correa

anamariacorrea@gmail.com 

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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