Había escrito un artículo hermoso. O al menos eso creo. Porque la luz se fue —como tantas veces ocurre ahora en nuestro país— y con ella mi texto, mis palabras, el concierto que aún vibraba en mis dedos. Cinco horas sin electricidad fueron suficientes para que mi computadora, mi memoria de cristal líquido, decidiera empezar de cero sin pedirme permiso. Y yo, como una aprendiz distraída, no había guardado nada.
Pero quizás esta pérdida también sea parte del artículo. O del momento que vivimos. Porque aquella tarde, antes del apagón, había asistido a un concierto maravilloso: el de los estudiantes de la Cátedra de Guitarra de la Escuela de Música Sebastián Echeverría Lozano, dirigida por el maestro guitarrista Leonardo Lozano. Una belleza.
El homenajeado de esa jornada era Antonio Lauro, el gran compositor venezolano. Y el inicio no pudo ser más conmovedor: palabras telefónicas —gracias a la época que vivimos— de Natalia Lauro, su hija. Ella, a quien su padre dedicó el Vals Nº 3, nos saludó desde México y su voz tendió un puente entre el recuerdo y el presente.
La fama de Antonio Lauro, hay que decirlo, trasciende con creces nuestras fronteras. En el mundo de la guitarra clásica se le considera una de las cumbres del siglo XX. ¿La razón? Supo convertir el vals venezolano en música universal. Por eso no extraña que el gran guitarrista John Williams le dedicara un apodo inolvidable: el "Strauss de la guitarra", emparentando así la gracia y popularidad de los valses de Lauro con los de Johann Strauss. Por cierto, este John Williams no es el director de orquestas y compositor de música de películas, ganador de Oscars, se llama igual y también es músico, pero es un gran guitarrista.
Retomando el tema, las composiciones del maestro Lauro son hoy materia obligada en conservatorios y universidades, y piezas como Natalia, El Marabino o María Luisa aparecen una y otra vez en los programas de mano de los concursos internacionales más exigentes. Ese era el compositor a quien aquella tarde, desde el vestíbulo del Teatro Municipal, se le rindió tributo.
El concierto comenzó con Marian García que interpretó “Tatiana” y “Angostura”, valses de Lauro. Cabe destacar que Marian es hija de una exalumna mía, muy querida, María Gabriela Betancourt. Luego Ángeli Lugo tocó “La gatica”; Jacinto Hernández, “Natalia”; Adriana Huerte —estudiante de la Mención Música de la Facultad de Ciencias de la Educación de la UC que tanto quiero— “Nelly”, todas estas obras del maestro Lauro, pero haciendo la salvedad que esta última es una gaita. Siguió Omar Bermúdez con “Pavana” y “Carora”, ambos valses también del homenajeado. Daniel Canelón fue otro que tocó obras del maestro Antonio Lauro, “Armida”, “Madrugada” y “La Negra” y, Gabriel Muñoz —quien acaba de licenciarse en Educación mención Educación Musical— tocó el valse “El Marabino” y el joropo “Seis por derecho”, de Lauro. Daniel Pérez interpretó “Estudio” de Matteo Carcassi y Jesús Trosel, “Estudio 1”, Op 60 también de Matteo Carcassi.
Pero lo que me arrugó el corazón fue otra cosa. Fue un estudiante llamado Osweld Márquez, de los pocos que no interpretó una pieza de Lauro. Él tocó "Lágrima", de Francisco Tárrega. Y ahí me fui de lleno a mis quince años, a mis dedos inseguros sobre las cuerdas, a esa misma pieza que yo también tocaba cuando creía que me iba a dedicar a la guitarra.
Luego, ellos contaron algo que no sabía: Tárrega le había dedicado "Lágrima" a su hijita que acababa de fallecer. Y entonces la pieza, que ya era nostalgia, se volvió ternura absoluta. Ese mismo compositor español hizo "Recuerdos del Alhambra", una obra única que también interpretaba yo, en esa otra vida donde la guitarra lo era todo.
Porque la guitarra, el cuatro, los instrumentos de percusión… han sido mis compañeros a lo largo de mi vida. Mi consuelo en las tristezas, mis cómplices en los momentos de alegría, mis ayudantes niñeros con mis hijos pequeños y mis mejores consejeros cuando quiero componer. Son mi lenguaje cuando las palabras no alcanzan.
Hoy, mientras reescribo esto para El Carabobeño, pienso que tal vez el apagón también fue un mensaje. Algo así como: vuelve a empezar, pero desde la emoción, no desde el archivo. Y aquí estoy. Sin el texto original, pero con la música intacta. Con Osweld y su "Lágrima". Con Lauro y sus valses. Con Tárrega y su hija. Conmigo y mis quince años.
Y vinieron a mi mente tantas cosas. Por ejemplo, mi madre fue alumna del maestro Lauro en Caracas, cuando estaba en el Colegio Chaves. Debe haber sido por los años cuarenta. No les daba clases de guitarra, dirigía el coro del colegio. Recuerdo que una de las más impresionadas de que su profesor resultara después un famoso guitarrista fue ella.
El maestro Lauro, conjuntamente con Manuel Enrique Pérez Díaz, Eduardo Serrano y Marco Tulio Maristany, fundó el histórico grupo vocal "Los Cantores del Trópico", aparentemente para reivindicar y difundir la música tradicional y popular venezolana. Tanto talento junto no cabe en la lógica de cualquiera.
En los años cincuenta, bajo la dictadura de Pérez Jiménez, el maestro Lauro fue apresado y expulsado del país. Paradójicamente, ese destierro terminó siendo un impulso para su fama internacional, pues su obra comenzó a ser conocida más allá de nuestras fronteras, como ya mencioné.
Y regresé al vestíbulo de nuestro querido teatro. Me había advertido Leonardo que tres de sus estudiantes, Adriana, Daniel y el joven que cerraría el concierto, eran de Tinaquillo. Ahí vemos cuánto vale el esfuerzo de estos chicos. El concierto de la Cátedra cerró con una pieza del maestro Lauro para guitarra y orquesta de tres movimientos: “Bolera”, “Madrigal” y “Marisela”. El joven guitarrista Luis Dacnys Carreño ofreció un concierto maravilloso y la orquesta, como por arte de magia, la resumió al piano la maestra que tanto quiero, Marta Infante, de manera magistral.
Le agradezco a Leonardo su invitación, a Florisa —su hermana y también la mía, amiga de toda la vida— por llevarme, y a Dios por este espectacular momento.
La luz volvió. Y con ella, la certeza de que lo que sentimos no se borra con un corte eléctrico. Solo se pausa. Y espera, fiel, a que volvamos a escribir.




