Después del terremoto

Los propios venezolanos removían los escombros sin distinguir entre ricos y pobres, blancos o negros, algo que nunca nos ha importado, y socorrían por igual a seres humanos, perros, gatos o pájaros

El venezolano es un ser fuera de serie. Pareciera que nada puede con su espíritu; siempre se levanta con una sonrisa, incluso en la adversidad. Sin embargo, jamás habíamos enfrentado una tragedia de la magnitud de la que nos golpeó el 24 de junio. Miles de muertos, decenas de miles de desaparecidos, familias enteras sepultadas bajo los escombros, otras que lograron salvarse, pero lo perdieron todo, y muchas que, además, perdieron partes de su cuerpo. Y ahí estaba el venezolano: ayudando con sus propias manos, sin más herramientas que su solidaridad y su instinto de supervivencia colectiva.

La ayuda internacional no se hizo esperar. El Salvador, haciendo honor a su nombre, fue el primero en llegar. Luego vinieron brigadas de México, Argentina, Estados Unidos, España, Francia, Suiza, Países Bajos, Alemania, Italia, Reino Unido y alrededor de quince países más, sorteando innumerables trabas administrativas que muchos aún recordamos. Personajes públicos donaron sumas millonarias, e instituciones como Cáritas, la Cruz Roja, la ONU y el Vaticano o bien instalaron centros de acopio o desplegaron operaciones de ayuda económica. El único obstáculo recurrente, como muchos atestiguamos, fue la obstrucción burocrática.

Desde el cambio de sistema político, Venezuela ha atravesado transformaciones profundas, y los docentes, sin duda, hemos sido uno de los gremios más golpeados. Soy de la idea de que en este país nunca ha existido una verdadera "derecha" en el sentido que los sectores oficialistas le atribuyen, utilizando esa división entre "izquierda" y "derecha" como un arma de menosprecio. Siempre he creído que la grandeza de Venezuela radica en su igualdad esencial. Aquí, donde la esclavitud se abolió en 1854 gracias a José Gregorio Monagas, compartimos la misma mesa el empleado y el jefe, y tendemos la mano al necesitado para sacarlo adelante.

La prueba más elocuente la vimos en La Guaira. Allí, los propios venezolanos removían los escombros sin distinguir entre ricos y pobres, blancos o negros —algo que nunca nos ha importado—, y socorrían por igual a seres humanos, perros, gatos o pájaros. Lo único que importaba era salvar vidas. Los rescatistas extranjeros se fueron con el país grabado en el corazón, cautivados por el trato recibido de aquellos ciudadanos que, sin entrenamiento ni equipo, daban todo de sí y los trataban con hermandad, compartiendo comida y afecto. Mientras los oficiales portaban armas en lugar de herramientas para cavar y obstaculizaban el paso de las brigadas, era el ciudadano común quien estaba allí, apoyando a Tsunami y a otros perritos rescatistas como él, nuestro héroe, que llegaron de fuera.

Nuestra educación siempre fue un pilar de excelencia y gratuidad. Si bien existían colegios privados para quienes los preferían, los públicos eran sinónimo de calidad. Recuerdo que, en mi época de bachillerato, cuando hablábamos bien de un profesor, decíamos: "Ese es del liceo Pedro Gual" o "da clases en el Martín Jota", y eso era garantía de excelencia. La regla era clara: si un colegio público lo contrataba, era porque era un buen docente. Hoy, esa realidad se ha invertido: ningún profesor encuentra ventaja en dar clases en el sector público, porque el sueldo se ha convertido en un insulto a su preparación.

La universidad venezolana se caracterizó históricamente por ser pública, gratuita y autónoma. La autonomía, consagrada en la Constitución y en la Ley de Universidades, garantizaba su independencia ideológica, administrativa y académica frente al Estado. Sin embargo, hoy todo ha cambiado. La autonomía es apenas un recuerdo; no hay elecciones universitarias desde hace tiempo, y es el Ejecutivo quien decide cuándo y cuánto debe cobrar un profesor. Los escalafones —instructor, asistente, agregado, asociado y titular—, que antes eran el reflejo del mérito y la calidad académica, han quedado en el olvido. Cada ascenso se ganaba con investigaciones y trabajos evaluados por jurados calificados. 

No sé cómo lo lograron, pero hoy todo el personal universitario percibe salarios miserables: menos de un dólar mensual para un instructor y apenas un dólar y medio para un titular. En los años setenta, un titular ganaba alrededor de cuatro mil dólares mensuales, lo que permitía una alta calidad de vida, acceso a una buena vivienda, vehículos, años sabáticos internacionales y constante actualización científica. Un instructor, escalafón de los nuevos profesores, ganaba entonces unos mil dólares, un sueldo competitivo para un joven profesional. Hoy, todos —empleados, obreros y docentes— recibimos el Bono de la Patria y el Bono de Alimentación, pero los jubilados, como yo, percibimos menos y en fechas posteriores a las de los activos. O sea, nos menosprecian porque ya no trabajamos, olvidando los años entregados con amor y esfuerzo al país.

Escuché una vez que, en los sistemas comunistas, la educación es lo que menos conviene al gobierno, porque la ignorancia del pueblo es el combustible que perpetúa el poder. Puede que tengan razón. Aunque este gobierno se proclame no marxista, la realidad es que, desde hace años, los docentes somos los trabajadores peor remunerados del país. Años de estudio, esfuerzo e investigación no valen nada para quienes nos gobiernan.

Ese 24 de junio, día de fiesta nacional por los 105 años de la Batalla de Carabobo, se convirtió en otra tragedia. Porque las guerras, aunque se ganen, son tragedias. Pero como aquella nos dio la libertad, celebramos, sin recordar cuántos muertos haya costado y que son héroes de la patria. Quizás este terremoto sea un llamado a la conciencia, un recordatorio de que la libertad tiene un precio. ¿Será que este fue el costo que debemos pagar para recuperarla de nuevo?

anamariacorrea@gmail.com 

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Después del terremoto

Anamaría Correa
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