Bolívar, mi suegra y el chupe peruano

El chupe de mi suegra, con gallina en lugar de camarones, crema de leche y queso crema en vez de leche evaporada, cebollín y ajoporro por huacatay, el maíz en crema y en granos enlatados en lugar de las mazorcas

O cómo una sopa de gallina se volvió herencia de dos patrias

La primera vez que tomé chupe peruano fue hace más de cuarenta y cinco años, gracias a mi suegra, Carmen Landrove de Ramos. Y a pesar de que la sopa no es de mis platos preferidos, su chupe me volvió loca.

Mi suegra hacía platos espectaculares, muchos de ellos árabes, herencia de su suegra doña Isabel Rached de Ramos. Fue mi suegra —a quien no le gustaba ese apelativo, por lo que yo, después del nacimiento de mis hijos la llamaba “abuela”— quien me hizo probar el fabuloso “ShisBarak”, o sopa de sombreritos. Creo que ese día le caí bien. Acababa de conocerme y, según ella, las otras novias de sus hijos pusieron mala cara al probar la sopa de sombreritos árabe —hecha con yogurt— que, en cambio, a mí me fascinó y hoy es uno de los platos más preparados en mi casa.

Algo parecido me pasó con el chupe. Ella, con la ayuda infaltable de Julia Herrera, hacía un maravilloso chupe de gallina, con una secuencia de eventos que siempre traté de imitar, para que me quedara bueno.

Una vez alguien me invitó a tomar un chupe peruano y no fue igual. No puedo decir que estaba maluco, es que no era igual. Tenía arroz y era de mariscos. La persona se jactaba diciendo que era un chupe peruano original. Sin duda, era muy sabroso, pero no era “mi chupe”.

Cuando fuimos a la Argentina en 2023, donde tuvimos que quedarnos por más de diez meses gracias a unos problemas de salud de mi marido, Sergio Ramos, un amigo venezolano nos invitó a comer a un restaurante peruano, porque siempre se comenta que la “comida peruana es la mejor de Latinoamérica”. Debo aclarar que mi venezolanismo llega al colmo de pensar que, no solo la nuestra es mejor, sino que mejoramos la comida de otros países.

Pedí un chupe y, mientras esperaba uno como el de mi suegra, me trajeron uno de camarones y arroz. Nos aclaró el muchacho que nos servía, que el chupe arequipeño se hace de camarones y arroz como ingredientes obligatorios, y que además lleva: papas, choclo (maíz peruano), hojas de habas, zapallo (auyama) y arvejas (granos). Además, se le pone un aderezo a base de ají amarillo, cebolla, ajo y una hierba aromática clave llamada “huacatay” —que en algunas zonas de Perú conocen también como chinchilla— y que, en Venezuela, no se le conoce. Por supuesto, con un final feliz de leche evaporada, queso fresco cortado en cubitos y, en cada plato, un huevo escalfado (lo que en Venezuela llamamos “hervido”). Definitivamente, bueno, pero nada que ver.

El chupe de mi suegra, con gallina en lugar de camarones, crema de leche y queso crema en vez de leche evaporada, cebollín y ajoporro por huacatay, el maíz en crema y en granos enlatados en lugar de las mazorcas, con queso palmita y sin arroz… ¿será que es la versión venezolana?

La respuesta me llegó por otro lado, y me conmovió muchísimo. Parece que nuestro Libertador Simón Bolívar, fue el primer “venezolanizador” del chupe.

Mi padre, Juan Correa, investigador, novelista, historiador, miembro de número de la Academia de la Historia del Estado Carabobo, también era un gran cocinero. En casa nos acostumbramos a que él cocinara y lo ayudaran las empleadas de turno y, por supuesto, mi mamá, que mantenía todo en orden, pero jamás cocinaba. La hallaca, por ejemplo, era un plato que comenzamos a hacer a raíz de una investigación de mi padre, donde descubrió en unos documentos, una receta de una hallaca que había comido Bolívar y había quedado encantado.

La verdad, eran las mejores hallacas que recordaba haber comido: dulzonas. Había un par de cosas que no me gustaban —almendras y tocino en los adornos—, no las hubiera puesto, pero como yo era una niñita, me ponían a lavar hojas sin hacerle caso a mis consejos.

Luis Eduardo Chávez, el artista plástico que tanto queríamos, inventó que a las de él le pusiéramos una ciruela pasa y ese ingrediente me gustó por un tiempo.

Cuando conocí a mi suegra, tan buena cocinera, y probé sus hallacas, me encantaron. Se me parecieron bastante a las de mi papá. Sergio estuvo de acuerdo, pero me dijo, delante de su madre: “las hallacas de tu papá son ricas, pero las de mi mamá son mejores porque Juan le pone un pedazo de tocino en los adornos y mi mamá no”. Y mi suegra de inmediato intervino: “Pues fíjate que sí les pongo tocino, pero lo muelo, así tiene el ingrediente, pero no se siente”. Y así, las hallacas nuestras, que hacemos Sergio y yo todos los diciembres, son una mezcla de las de los Ramos y las de los Correa, que vienen de las que comió Bolívar.

Pero volvamos al chupe. Como dije anteriormente, leí algo que me conmovió muchísimo: Bolívar era muy venezolano en su gusto por la comida. Siempre quería arepas de desayuno. La hallaca era como la que decía mi padre, dulzona. Y el chupe lo dejó encantado en Perú. Pero fue él quien hizo algunos cambios en lo que llegó a Venezuela —cambios que hizo allá también, y parece que los peruanos lo comentan—. Fue Bolívar quien cambió los mariscos por gallina y lo recomendaba como una maravilla gastronómica.

Así que, sin saberlo, mi suegra cocinaba el chupe que Bolívar reinventó.

Y yo, cada vez que lo preparo, estoy comiendo un pedazo de historia venezolana-peruana.

Ahora, cada diciembre, cuando preparo hallacas que mezclan la receta de Bolívar con la de mi suegra, y cada vez que hago chupe de gallina en lugar de camarones, no solo estoy alimentando a mi familia. Estoy repitiendo un gesto que empezó en Arequipa, siguió en las cocinas de la independencia y llegó hasta la casa de una mujer que nunca supo que cocinaba con la misma libertad de un libertador. Eso, señores, es herencia.

Anamaría Correaanamariacorrea@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Bolívar, mi suegra y el chupe peruano

Anamaría Correa
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