No puedo negar mi amor por Valencia ni mi pasión por su historia. De pequeña escuchaba fascinada las anécdotas de mis tías abuelas las González Salas, descendientes de Miguel Peña y ya adulta conversaba mucho con mi padre, Juan Correa, individuo de número de la Academia de la Historia del estado Carabobo. Discutíamos porque sentía que su mente creativa, propia del novelista que era, pudiera tergiversar algo, pero la verdad, generalmente no estaba equivocado. Siempre se aferró a la historia, y sus pequeños cambios no tenían importancia.
Creo que se basaba en las recomendaciones de su amigo, el escritor español Marcial Lafuente Estefanía, tan conocido en Venezuela por sus novelas del oeste americano, —mi mamá lo llamaba “el Corín Tellado de los hombres”— quien le recomendó que cuando escribiera él era el dios de su mundo y así podía darle otro giro a lo sucedido.
En mi familia, la historia siempre tuvo importancia. Cuando leo al tío Panchito —Francisco González Guinán— viajo a su época y me lo imagino todo. En estos días leí de él un capítulo de “Mis Memorias” llamado “El sol sobre el horizonte”, donde menciona episodios de la entrada del Libertador a Valencia en enero de 1827.
Como es bien sabido, en Valencia, en enero de 1826, comenzó La Cosiata, movimiento separatista liderado por José Antonio Páez y Miguel Peña. Bolívar, ante la inestabilidad y las críticas a su gestión centralista, ofreció renunciar repetidamente a la presidencia de la Gran Colombia como estrategia para calmar las tensiones. El Libertador era un estratega de pensamientos totalmente fuera de época. Soñaba con un país grande y poderoso, pero en un momento sin comunicaciones fáciles, era imposible hacer realidad ese sueño.
Páez se sublevó contra Santander, marcando el inicio de la disolución de la unión. Por eso fue difícil entender la reacción de Bolívar, quien se reunió con él en Valencia y no lo destituyó. Bolívar vino a nuestra ciudad en enero de 1827. Cuenta González Guinán que Páez fue al encuentro vestido “a lo Murat”, elegantísimo, acompañado por un gran séquito. En el campo de Bárbula se encontró con el Libertador, quien dijo: “La sierpe de la discordia huye despavorida ante el iris de Colombia. Hoy es el día de Venezuela, el día del General Páez y el día más grande para mí”. Se dieron un estrecho abrazo. Como Páez iba muy adornado, la guarnición de la espada de Bolívar se quedó prendida de los cordones de su uniforme y Bolívar dijo: “¡Hola! ¡Hemos quedado enlazados! Feliz augurio”, y volvió a abrazarlo.
Ese día el Libertador se hospedó en casa de Miguel Ignacio “El Suizo” Malpica, quien ofreció un baile en honor al personaje. Y allí mismo, Páez, antes, ofreció un banquete. En la mesa estaban, entre otros, el Dr. Yanes, Diego Ibarra, Bartolomé Salom, Laurencio Silva, el coronel Escuté —un soldado español al servicio de Páez—, Antonio Leocadio Guzmán y un sacerdote peruano. Hicieron un brindis, pero Escuté protestó la presencia del sacerdote. Bolívar, enfadado, le pidió respeto al capellán de su ejército y le dijo: “Entienda usted, señor Escuté, que yo no soy de los hombres a quienes engañan con piruetas y pasos de contradanza. Yo soy como el sol en el horizonte, y a mi alrededor es que giran los demás astros”.
No fue un alarde de soberbia. Bolívar sabía lo que se cocinaba en Valencia. Fue excelente levantar a Páez de la postración en que pretendía hundirlo Santander, pero no podía perder la oportunidad de manifestar que él, Bolívar, era el jefe. Sin embargo, fue inútil: al irse el Libertador del país, Escuté volvió a tener poder.
También contó González Guinán que una señora llamada Rosa Hernández de Hernández, hija de un héroe de Carabobo en 1814, recordaba con placer que Bolívar le había regalado un abanico en aquel baile que ofreció el Suizo Malpica. Ese abanico terminó en manos del general Federico Uslar, sobrino de la dama; luego en las de Francisco González Guinán y, en 1910, este se lo obsequió al general Gómez. Al parecer, hoy descansa en el Museo Bolivariano.
Años después, cuando Guzmán Blanco mandó a erigir la estatua del Libertador en Caracas, terminó su discurso así: “Compatriotas: en nombre de la gratitud de Venezuela y de la gloria de América, queda inaugurada la estatua de Simón Bolívar… el hombre más grande después de Jesucristo. Que todos los venezolanos seamos dignos de tan grande e ilustre padre”.
Guzmán Blanco no fue el único presidente bolivariano a ultranza que hemos tenido, Gómez y Chávez también lo fueron. Pero, algunos adeptos a Guzmán Blanco, podían pensar que fueran semejantes en grandeza. El tío Panchito le preguntó a Doña Rosa Hernández, mientras caminaban por Caracas, después del acto, dada la cercanía que ella tuvo con los dos: “¿Puede hacerse un paralelo entre Bolívar y Guzmán Blanco?”. Ella no contestó. Él pensó que no lo había escuchado. De pronto se detuvo y le dijo:
—“Bolívar era mucho hombre y de imposible paralelo en el mundo”.
Y así, entre abanicos, abrazos y palabras que aún resuenan, Valencia guarda todavía la luz de aquel sol que un día se detuvo en sus calles para recordarnos que hay hombres que no se comparan: se recuerdan, se agradecen y se siguen.
Anamaría Correaanamariacorrea@gmail.com




