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A dos semanas de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, ya son muchas las imágenes de gente inocente que llora a lágrima viva las consecuencias de sus arbitrariedades. Las acciones del nuevo presidente de los Estados Unidos, perfectamente cónsonas con su discurso electoral, han producido auténtico pavor en el mundo. El escritor venezolano Marco Tulio Socorro glosó, en Twitter, el estado de ánimo generalizado en los siguientes términos: “Todo se resume en que Trump tiene acceso al botón. Estamos todos presos en un ascensor con un loco armado”. Mientras que la inmunóloga Marianela Castés, profesora de la Facultad de Medicina de la UCV, anotó en la red social del pajarito: “Los decretos de Trump han generado un ambiente muy insano para el sistema inmune”.

Los gobernantes irresponsables, insensibles y delirantes constituyen una amenaza al sistema inmunológico. Nos enferman. Pueden enloquecernos. El aporte venezolano al nefasto elenco se jactaba de tener locos a los venezolanos; más específicamente, a la oposición, que entonces componía por lo menos la mitad del país (ahora supera, según las encuestas, muy largamente ese porcentaje).Lo que sí está claro es que los narcisos-autoritarios en el poder producen mucho sufrimiento. Ramón Guillermo Aveledo dijo, en su participación como orador de orden en el concejo municipal de Palavecino, por los 199 años de Cabudare, el 27 de enero de este año, que “Venezuela padece la crisis más grave, por extensa y profunda, de toda la historia. Nunca antes tantos habían sufrido tanto, porque a esta crisis no se le escapa nada ni nadie”. Y no se equivocó ni en una letra.

Lo que nos sigue asombrando es que tanto Trump como los destructivos gobernantes chavistas cuentan con seguidores que, aún en total consciencia del sufrimientos que han infligido, los apoyan, los aplauden y, más aún, piden más dureza en los males que distribuyen. Basta una lectura somera de las declaraciones de dirigentes chavistas, tanto altos como medios y populares, para encontrar en ellas fórmulas de justificación a las persecuciones a la oposición, venablos a los presos políticos y, lo que es más inverosímil puesto que los afecta a ellos mismos y sus familias, panegíricos a las medidas de destrucción de la economía nacional y a las criminales argucias para convertir la escasa comida en formas de control política y arma de humillación.

La misma elección de Nicolás Maduro, epítome de la ineficiencia, hombre simplón e ignorante y sin ningún mérito que exhibir, es una manifestación palmaria de alcahuetería a las pésimas decisiones de un líder. Y esa elección fue perpetrada por jerarcas que con ello se garantizaban la perpetuación de sus privilegios, así como impunidad a sus corruptelas y otros delitos, pero también, y sobre todo, por la pobre gente que, sin ser administradores del mal –como sí lo han sido los aliados de Cuba contra Venezuela, los autores de las expropiaciones que han arruinado tantas vidas y los promotores de la violencia ciudadana como vector de miedo y sojuzgamiento-, son su vector y base de mantenimiento.

No hacemos ningún descubrimiento. Ya Albert Einstein observó que: “La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”. Y la escritora Hannah Arendt, en su libro sobre el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén, desarrolló su tesis sobre “la banalidad del mal” como expresión no de poderosos con rasgos malvadamente patológicos sino de personas comunes que renuncian a ser personas, es decir, responsables individualmente de sus decisiones y acciones, para disolverse en una horda o culpa colectiva.

En el caso de Venezuela, esta forma de maldad tiene un rasgo singular, puesto que los mediocres obedientes no apoyan sádicos que van contra el otro, el judío, el extranjero, el distinto, lo que ya es monstruoso, sino que aplauden y dan sustento político a gánsteres que se roban los presupuestos de Salud, Educación y Seguridad en sus caras; a malandros que destrozan su país en corruptelas y pésimas políticas. Al ovacionar, como lo hacen, pocos pero gritones, dan su aprobación a los mismos ladrones que los han dejado sin comida, sin medicinas, sin hospitales, librados al hampa que los secuestra y asesina, así como a los jueces que les dan impunidad.

Si la responsabilidad es siempre individual, los venezolanos que besan la mano que los golpea son víctimas que al hacer dejación de su capacidad de reflexión se han aliado al mal y lo reproducen.




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