Mi hermano Miguel Ángel fue diagnosticado con cáncer en 2013. Su buen humor no lo abandonó jamás. Él quería que sus hijos se fueran del país, pero ellos se negaban por su enfermedad. Hasta que algo pasó.
Juan Miguel, su hijo menor, tenía entonces diecisiete años y acababa de entrar a ingeniería por mérito académico. Un robo en su facultad, justo al lado de un barrio conflictivo, encendió algo. Luego los estantes vacíos en tiendas que siempre habían sido exitosas, la carencia de medicinas, las colas para hacer compras en los supermercados, hicieron que su angustia fuera en aumento. No dormía. Pasaba las madrugadas revisando páginas de universidades americanas en internet.
Una noche, su papá lo sorprendió frente a la computadora y aunque se excusó, Miguel Ángel se dio cuenta de que quería irse del país. Y Lisbeth, mi cuñada, también, así que, sin decirle nada, Lisbeth habló con su gran amiga Zamira Briceño, sobre los deseos de Juan Miguel de irse a estudiar a Estados Unidos. Zamira contactó a su cuñado, Jorge Orozco, "Pucho", un prodigioso violinista cubano-venezolano, a quien queremos muchísimo, que había sido profesor de mi sobrino, cuando tenía cinco años, en ese momento vivía en Estados Unidos y era docente universitario. Pucho solo dijo: “espero que Juan Miguel sea tan bueno en el violín como pensé que sería”.
Juan Miguel, por su parte, no quería que esa fuera la vía, él soñaba con ser ingeniero y su excusa era razonable: “Para ser exitoso en el mundo de la música, tienes que ser el mejor, no basta con ser bueno, en cambio en cualquier otra profesión, sí basta con ser bueno para tener éxito”.
Sin embargo, con mi hermano Juan Pablo y mi hijo Juan Sebastián como cómplices, hicieron un par de videos en el que Juan Miguel mostraba sus dotes con el violín. Ambos videos gustaron mucho y le otorgaron una beca en la Universidad del Sur de Mississippi, en Hattiesburg, para estudiar inglés. Si, al presentar el TOEFL salía con notas elevadas, la beca iría acompañándolo durante la carrera músical. Pero él seguía negado a estudiar música. Entonces Pucho lo convenció: “puedes estudiar doble carrera, al mismo tiempo ingeniería y música”.
El día que recibió el mensaje con la aprobación de su beca, su papá se puso a llorar. Lo abrazó de una manera que Juan Miguel no entendía. "Tranquilo, papá, yo voy a regresar". Pero Miguel Ángel sabía. Sabía que no lo iba a volver a ver.
El viernes 15 de agosto de 2014 nos reunimos para celebrar los 18 años de JuanMi. No lo podíamos creer, al día siguiente se iría a estudiar fuera. Primero de la familia en irse. Ahí su papá, mi hermano Miguel Ángel, le habló con la seriedad que lo caracterizaba:
“Juan Miguel, yo tengo fecha de vencimiento. Esta será la última vez que nos veamos. Si me muero, no vayas a cometer la estupidez de venir a mi entierro. ¿Para qué? Gastarás un dineral y no podrás regresar”. Por supuesto, después soltó un chiste que hizo que nuestras lágrimas desaparecieran. Juan Miguel se fue el 16 de agosto de 2014, un día después de cumplir los dieciocho años.
Pucho lo recibió con una cama inflable, una cobija y una caja de plástico. Le consiguió trabajo en una iglesia bautista: 150 dólares al mes por tocar los domingos, más almuerzo. Luego fue vigilante nocturno en una residencia estudiantil. Y empezó a tocar "tigres": bodas, eventos. Sobrevivía. Un mes malo, otro bueno. Nunca compraba nada. Solo una vez pasó hambre, el primer mes, cuando aparecieron gastos imprevistos. Pero siempre salía.
Aprobó el TOEFL con nota muy superior a la exigida. Y entonces empezó su doble carrera: música e ingeniería. Fue durísimo. La música era su carrera oficial, pero los ensayos con la orquesta hasta tarde, los recitales, la música de cámara, le tomaban más tiempo que estudiar ingeniería. Se graduó en cinco años, no en cuatro.
Mi compadre y primo hermano Julio Martín Daza Correa, que vive en Houston, se iba con su esposa Anamaría y sus tres hijas, manejando seis o siete horas, a recogerlo para que Juan Miguel, su ahijado, no pasara las navidades solo. Y eso lo hizo cada año.
Mi hermano murió el 17 de enero de 2017, después de batallar contra esa enfermedad con armas increíbles, como el amor y el humor. Juan Miguel no fue al entierro. Se quedó en Estados Unidos, como él le pidió. Pero su tío Juan Pablo, desde Argentina, compuso una pieza para violín en su homenaje, y él la estrenó en una misa católica en Hattiesburg. La transmitieron por Skype. Así pudimos compartir ese momento en familia.
Y en abril de 2019 Juan Miguel fue concertino de la orquesta universitaria y tocó como concertino nada menos que en el “Carnegie Hall” de Nueva York. Había ganado una competencia de solistas. Su mamá y su hermana Magaly, que estaban de visita, pudieron verlo.
Un profesor le propuso hacer un doctorado en Ciencias e Ingeniería de Polímeros. Al principio dijo que no, igual que con la música. Pero lo convenció. En 2021 se mudó a Massachusetts para hacer el doctorado en la Universidad de Boston. Y desde la pandemia, su mamá y Magaly, que habían ido de visita, viven con él. Después de varios años solo, tener familia cerca es un bálsamo. Y su hermana mayor, Luisa Helena, médico y músico, que hoy en día hace un postgrado en Alemania, de vez en cuando lo visita.
Una cosa curiosa: en Mississippi, en el sur profundo y protestante, tuvo que defender su fe católica. "Nunca me pudieron convertir —les dice a sus amigos bautistas— al estar con ustedes me hice más católico". Su fe creció muchísimo en esos años.
Juan Miguel Correa Ruiz se graduó de Licenciado en Interpretación Musical (Violín) y en Ciencias e Ingeniería de Polímeros. Tiene una maestría en Ciencias e Ingeniería de Polímeros. Y este mes de marzo de 2026, defendió su tesis doctoral para recibir el título de Doctor en Ciencias e Ingeniería de Polímeros.
Siempre que habla de aquellos años, Juan Miguel agradece a Pucho y a María, todo lo que hicieron por él. Y también a su padrino Julio Martín y a su familia, por el amor y el apoyo incondicional que le han brindado en todo momento.
No solo pudo sacar las dos carreras, obtuvo el doctorado y yo soy una orgullosa tía que quiere informárselo a su amada Valencia.
¡Felicitaciones Juan Miguel! Sin duda, un resiliente.




