La Semana Santa, para mi familia, siempre fue importante. Desde muy pequeños, la vivíamos con fervor. Quizás el hecho de que mi padre, Juan Correa, hubiera pasado su infancia en un seminario contribuyó a ello, porque siempre se esforzaba por explicarnos el significado profundo de cada día, y mi madre, Magaly Feo, lo secundaba con esa ternura que solo ella sabía poner.
Ambos fueron muy apegados a la música. Cuando vivíamos en Caracas, pertenecieron a corales importantes. Mi padre estuvo en una dirigida por el maestro José Antonio Calcaño, y mi madre, que había sido alumna de Sojo, llegó a cantar en la coral de su colegio —cuyo nombre no termino de recordar— dirigida nada menos que por Antonio Lauro. Durante los días de la Pasión de Cristo, en casa solo se escuchaba música sacra: los cantos gregorianos que mi padre amaba, sin dejar de sonar, de vez en cuando, ese Popule Meus de José Ángel Lamas que a mi madre tanto le gustaba.
El Viernes Santo pasado, mi amigo el Dr. Federico La Riva —hijo del recordado compositor José La Riva Contreras, autor de aquel inolvidable Pasillaneando— me envió una crónica hermosísima sobre José Ángel Lamas. Al leerla, evoqué de inmediato aquella época de mi infancia y, con ella, una anécdota de mi madre y una de sus profesoras de música, una mujer extranjera —no sé si rusa— que, en lugar del nombre en latín, decía con toda naturalidad: “Popule Marus”.
Mi madre fue quien inició en casa la tradición de la quema de Judas. Y cuando sintió que la vida se le iba, tuvo la ocurrencia de celebrar “la última cena” con panes ácimos y hierbas amargas. Esa noche, el jueves 31 de marzo de 1988, nos acompañaron el padre José María Rivolta, nuestros amigos Gonzalo y Teresa Ferreira con sus dos hijos Irena y Gerardo, —por cierto, Irena era la novia de mi hermano Juan Pablo—; mi cuñada Lisbeth Ruiz — por aquel entonces novia de mi hermano Miguel Ángel— con parte de su familia, mi tía María Carlota Correa y su hijo, mi primo Julio Martín Daza y los Correa Feo en pleno, incluyendo a mi esposo Sergio Ramos. Mis hijos, solo dos para esa fecha, estaban demasiado pequeños. Hicimos las lecturas bíblicas y, cuando Teresa Ferreira comentó que era judía, el padre Rivolta le contestó con una sonrisa: “no te preocupes, mi jefe, mi banquero, el que administra mi vida, también lo es”. Ahí entendimos que re refería a Jesucristo. La verdad, todo fue maravilloso. Desde ese día, la Cena Santa también se quedó como tradición de los Correa y mi madre partió con el Señor unos días más tarde. Todavía discutimos si el cuatro o el cinco de abril, porque eran las doce de la noche.
El pasado Jueves Santo nos reunimos con unos amigos muy queridos: René Rivera, su esposa Ligia Cabrera y su pequeña Luna, Nieves Arismendi, mi hermano Toby, Sheila (su pareja) y nosotros, en petit comité, porque como casi todas las familias venezolanas, tenemos hijos que viven fuera. Hicimos la Cena Santa. Claro, como panes ácimos usamos esos panes árabes que anuncian sin gluten; hubo quien trajo casabe. Y además de las hierbas —que ya no son amargas, porque la lechuga no lo es—, comimos cremitas y quesos. Leímos la Palabra y cantamos música católica, esas canciones que nos han acompañado durante tantos años. Lo que brilló por su ausencia fue el Popule Meus. Qué maravilloso habría sido escucharlo de nuevo.
El viernes nos llamó mi hijo Juan Sebastián desde Madrid. Estaba con su novia Caterina Squillaro, y sus amigos Juan Porta y Eli su esposa Eli, en la procesión del Cristo de los Alabarderos, que había salido del Palacio Real — que yo recordaba como Palacio de Oriente—, de regreso a la Catedral, de la que salió el pasado martes santo. Decía mi hijo que era toda una experiencia. Allá la guardia de los alabarderos son los responsables del Cristo y me recordó que aquí, en Valencia, algunas familias se encargaban de figuras de santos en la Catedral, y se hacían responsables de sacarlos en procesión.
Y el domingo, por fin, quemamos al Judas. Parece mentira: dos años seguidos sin hacerlo. En 2024 no lo hicimos porque estábamos en Argentina; nos limitamos a leer el testamento a los amigos venezolanos y argentinos y a nuestra familia que nos acompañaba allá. Al año siguiente, ya de vuelta aquí, todo el día amenazó lluvia y solo pudimos leer el testamento. Recuerdo que vinieron apenas dos de mis vecinas: Ada Cedres de Raniolo e Ivet Gómez Graterol. Nunca imaginamos que, dos meses después, Ivet se iría de este mundo. Este año Ada vendrá sola: su marido, Giovanni Raniolo, también nos dejó sorpresivamente. Pero la vida sigue, con sus ausencias y sus presencias.
Cuando me preguntan a quién quemamos, contesto que a Judas, el Iscariote. Pero a todos les gusta “quemar a alguien”. Así que muchos decidieron que este año el muñeco llevaría el nombre de CORPOELEC, por la cantidad de horas diarias que suspenden el servicio.
Y mientras preparábamos la hoguera, entre versos y risas, entendí algo que ya sabía: la Semana Santa no es solo recuerdo. Es también resistencia. Es juntarse a pesar de la distancia, cantar a pesar de las pérdidas, reírse de los apagones y seguir celebrando la vida con panes ácimos, hierbas que ya no duelen y el eco de un Popule Meus que nunca termina de irse.
Porque al final, lo que queda no es el muñeco quemado ni la canción que faltó. Queda la mesa compartida. Queda la familia que elige reunirse, los amigos que siempre están ahí. Queda la certeza de que, mientras haya alguien que recuerde, nadie se va del todo.
Y ese es, quizás, el mejor milagro de estos días.
Anamaría Correaanamariacorrea@gmail.com




