"No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie".
Walter Benjamín
En sus célebres Tesis sobre la filosofía de la historia, escritas en los albores de la Segunda Guerra Mundial, Walter Benjamin lanzó una advertencia implacable contra uno de los dogmas más reconfortantes de su tiempo: la creencia en el progreso lineal e inevitable. Para el filósofo judeoalemán, la ingenua convicción de que la historia avanza por sí sola hacia un futuro mejor no solo era falsa, sino que funcionaba como un anestésico político que cegaba a las sociedades ante la inminencia de la barbarie.
Hoy, al observar el largo y doloroso laberinto político de Venezuela, la advertencia de Benjamin adquiere una vigencia sobrecojedora. Durante más de una década, el imaginario colectivo del venezolano se ha estructurado en torno a una promesa determinista: la convicción de que la salida de Nicolás Maduro de la presidencia activaría, de forma casi automática, un resorte histórico bautizado como «la transición», el cual nos conduciría de vuelta a la normalidad democrática.
Sin embargo, al confrontar esta ilusión con la terquedad de los hechos, nos descubrimos atrapados en la misma trampa teórica que Benjamin denunció. Hemos tratado el colapso del régimen no como una tarea titánica y contingente, sino como un destino inevitable del tiempo.
El «Ángel de la Historia» en las ruinas del presente
Quizás la imagen más poderosa de Benjamin sea su interpretación del cuadro Angelus Novus de Paul Klee. En ella, describe a un ángel que contempla el pasado con los ojos desorbitados y la boca abierta. Donde nosotros vemos una cadena de acontecimientos, el ángel ve una sola catástrofe que amontona incansablemente ruina sobre ruina.
Una tormenta, a la que llamamos progreso, sopla desde el paraíso y empuja al ángel irresistiblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo.
La analogía con la experiencia venezolana es tan devastadora como los terremotos. Durante años, la dirigencia y la sociedad civil han vivido de espaldas al presente, con la mirada fija en el horizonte del «día después». Mientras la discusión pública se concentraba en diseñar los planos abstractos de la futura reconstrucción, la tormenta de la realidad seguía acumulando escombros: la pulverización de las instituciones, la corrupción como ejemplo de estado; el éxodo de más de ocho millones de personas, el colapso ético de la sociedad y la destrucción del tejido productivo.
Nos convertimos en el ángel de Benjamin: arrastrados por la urgencia cronológica del calendario electoral y las promesas de un cambio inminente, mientras contemplábamos, impotentes, cómo el país real se transformaba en un paisaje de ruinas. El error fundamental fue creer que el paso del tiempo jugaba a nuestro favor, cuando en realidad la barbarie se normalizaba cada día más.
La transición no es un destino; es un freno de emergencia
La gran lección que la Venezuela contemporánea puede extraer de Benjamin es que la historia no tiene un guion preescrito ni fuerzas místicas que garanticen el triunfo de la justicia o la democracia. Pensar que el fin de la dictadura es el inicio automático de la recuperación es perpetuar el mito del progreso lineal.
Para Benjamin, la verdadera acción revolucionaria no consiste en acelerar el motor de la historia, sino en todo lo contrario : «Acaso las revoluciones sean el gesto de la humanidad que viaja en el tren extrayendo el freno de emergencia».
Aplicado a nuestro contexto, la salida del régimen no debe ser entendida como la meta de llegada, sino apenas como el acceso al freno de mano. El colapso del modelo actual no garantiza la democracia; solo detiene la caída libre hacia el abismo. Lo que viene después no es una inercia positiva, sino el vacío y la intemperie de un territorio devastado que requerirá una refundación moral, institucional y económica desde sus cimientos más profundos.
Hacia el Jetztzeit (El tiempo de ahora)
Hacer una lectura benjaminiana de Venezuela nos obliga a abandonar la comodidad del optimismo ingenuo y la fe en las transiciones automáticas. La caída de una tiranía no es un proceso mágico que sana las heridas de una nación por arte de magia; el totalitarismo y la degradación social dejan cicatrices que la simple alternancia en el poder no puede borrar.
Si queremos evitar el destino que Benjamin predijo para la modernidad —un colapso provocado por la ceguera de sus propios habitantes—, debemos empezar a habitar lo que él llamaba el Jetztzeit o el «tiempo de ahora». Esto implica entender que la democracia no nos espera pacientemente en el futuro como un premio de consolación histórica. La democracia, o lo que quede de ella para ser reconstruida, se pelea en la resistencia ética del presente, asumiendo que la historia no está de nuestra parte y que la barbarie es una posibilidad siempre latente si nos limitamos a esperar que el tiempo decida por nosotros. Manuel Barreto Hernaiz




