"La religión viene del cielo, el fútbol del Olimpo, y la política, del centro de la tierra…".
Fernando Mires
En tiempos de grandes torneos, todos nos transformamos en directores técnicos. Opinamos con audacia aunque jamás hayamos tocado un balón ni soportado el rigor de un entrenamiento. Con la política ocurre igual: hay quienes no asisten a la junta de condominio de su edificio, pero se autopromueven como los Maquiavelo del siglo XXI. Poco importa que no sepamos analizar la viabilidad de un programa partidista o el planteamiento táctico de un equipo; aquí estamos, hablando de ambos con la ligereza de quien lo sabe todo.
Sin embargo, el ideal político tantas veces frustrado —tal como nos ha ocurrido históricamente con la Vinotinto— suele desgastar los anhelos colectivos. Hoy, la ciudadanía venezolana urge dejar atrás lo enfermizo y lo agobiante. No es momento para el individualismo egoísta, sino para atender el interés de toda la sociedad. Las decisiones en la cancha y en la arena política no son tan distantes. Ojalá nuestra dirigencia termine de entender las lecciones de estrategia de los grandes directores técnicos de la historia.
En la política, como en el balompié, es imprescindible partir de objetivos nítidos: escoger al capitán, confiar en la integración del grupo, unir, tener propuesta propia, identidad y espíritu de compromiso.
Por eso, la alternativa democrática no puede permitirse errores pasionales. Recordemos aquel fatídico cabezazo de Zinedine Zidane en la final de 2006; un eterno caballero del fútbol que, al caer en la provocación de Materazzi, sepultó la Copa para Francia. La Plataforma Unitaria no puede emular esa impulsividad. Las trampas, la zancadilla exagerada y la injuria son el terreno donde el equipo oficialista se siente cómodo; esa es la escuela de la "mano de Dios" de Maradona, el librito de un rival que, mediante fintas demagógicas, adormeció el raciocinio del país prometiendo utopías que jamás llegaron.
Tampoco es hora de aplicar el viejo catenaccio italiano: esa defensa ultracerrada con un líbero flotante cuyo único fin no es ganar, sino evitar la derrota. Esa táctica de aguantar el marcador ya la hemos intentado en demasiados procesos políticos con resultados frustrantes. Si bien a todos nos atrae el jogo bonito que los brasileños inmortalizaron en el 58, la realidad actual nos exige una madurez distinta.
Hoy se necesita consolidar un equipo solidario. Un bloque que combine la disciplina inquebrantable de Cristiano Ronaldo, la frescura sagaz de Lamine Yamal y la genialidad apasionada de Lionel Messi. El juego actual requiere pases precisos que no solo rompan la barrera defensiva del adversario, sino que sean tan rápidos y contundentes que neutralicen la mirada parcializada del árbitro —ese que hoy, en lugar de revisar el VAR con transparencia, prefiere anotar los resultados en una servilleta—. Cada jugador debe entender que la destreza de uno es el triunfo de todos, emulando la grandeza de Tomás Rincón cuando, al ser suspendido en su mejor momento, recordó con humildad que nadie es indispensable y que el objetivo se alcanza en equipo.
Hay un último factor: el azar. Como bien decía Michel Platini, la suerte —buena o mala— es un jugador más. En la cancha y en la política se lucha contra el rival, pero también contra los caprichos del destino. Aun así, el gol es la concreción del esfuerzo, y el fútbol, por definición, es un deporte colectivo. Triunfa quien busca la pared, la triangulación y el apoyo en el compañero.
Tanto en la grama como en la transición institucional que Venezuela reclama, el verdadero "crack" no es el que busca la jugada individual para la foto de su propia vanidad, sino el dirigente que se desgasta corriendo para que el equipo, finalmente, anote el gol de la libertad.




