En días pasados, en la Academia de la Historia del Estado Carabobo, se encontraban Ligdian Mata y un cuarteto de la “Banda Sinfónica 24 de Junio”, institución que ella dirige desde hace varios años. Una de las integrantes, al presentar la pieza que iban a interpretar, mencionó que pertenecía a una mujer; aclaró que, en la época en que fue compuesta, los músicos respetados eran únicamente hombres. Esto captó mi atención porque, como bien saben, el tema me fascina. De hecho, uno de mis primeros artículos en esta columna lo dediqué a la primera orquesta de mujeres de Valencia: “El Bello Sexo Artístico”. Gracias a diversas investigaciones, descubrimos que no solo fue el primer grupo musical femenino de Venezuela, sino de toda Latinoamérica.
Como es de suponer, me acerqué a Ligdian y le propuse realizar un conversatorio sobre este tema que tanto me apasiona, y noté de inmediato que a ella también la entusiasma. Vale destacar que la profesora Mata es la primera mujer en dirigir oficialmente la “Banda Sinfónica 24 de Junio”, una agrupación que está por cumplir ciento cuatro años de historia.
Por Ligdian supe que la primera mujer en formar parte de la institución fue la clarinetista Maura Prazuela, y la primera cantante solista oficial fue nuestra querida y recordada Mireya Chirinos. En sus inicios, la agrupación no era sinfónica, sino una banda marcial. Fue el maestro español Juan Vidal Pastor —quien ingresó como músico en 1959 y se convirtió en su sexto director— quien le dio un giro increíble al incorporar instrumentos de cuerda, transformándola en lo que es hoy. Pero el maestro Vidal Pastor realizó otra transformación fundamental: abrir las puertas a las mujeres músicos.
Desde que Maura Prazuela rompió esquemas, la presencia femenina ha sido vital. Luego llegó la flautista Olga Sánchez, y en distintos momentos ingresaron Natalia Acosta y Aura Marina Ríos como violoncelistas. En ese mismo instrumento destacó mi “hermana de la vida”, Carmen Rosa Rodríguez, a quien el querido maestro Jorge Castillo le dedicó la obra “Tres Piezas para Violoncello y Ensamble” durante la Gala Centenaria en 2022 y mi hermano Juan Pablo Correa, dedicó una pieza llamada “Poema Épico y Morisco” para tres cellos, que, por solicitud de Jorge Castillo, se grabó en el disco del centenario de la banda. Por cierto, las cellistas que grabaron fueron Ligdian Mata y Carmen Rosa Rodríguez, al no ubicarse una tercera cellista, se le pidió a Fernando Vargas que grabara el tercer cello.
Por todo esto, Ligdian y yo decidimos hacer un conversatorio. ¿Y qué puedo decir de mi compañera en el conversatorio que tendremos mañana, en el Gabinete de la Estampa y el Dibujo de Valencia que no se sepa ya? Bueno les comunico que Ligdian Mata es otra gloria de nuestra tierra, aunque su sencillez casi no me permita decirlo. Nacida en Puerto Cabello y proveniente de una familia de profunda tradición musical —sus hermanos Ricardo y Víctor fueron fundadores del núcleo del Sistema en su ciudad natal—, después de años de estudios musicales en Puerto Cabello, Valencia y Maracay, siempre estuvo ligada al Sistema de Orquestas y, después de pertenecer a orquestas y de dirigir alguna, Ligdian ingresó a la Banda Sinfónica 24 de Junio como violoncelista en 1997, ahí permaneció por 14 años.
En 2011 regresó a su terruño y ahí dirigió la Escuela de Música “Augusto Brandt” de Puerto Cabello por cinco años y estuvo muy activa con la cultura de su ciudad. En 2018, asumió la batuta como la primera directora titular en casi un siglo de existencia de la banda. Bajo su mando, la institución alcanzó hitos como la declaratoria de “Bien de Interés Cultural de la Nación”. Su gestión se ha caracterizado por la unión institucional y el apoyo constante al talento regional.
Mañana hablaremos de la mujer carabobeña en la música. El tema es tan vasto que ya planeamos encuentros dedicados a casos particulares, como el de María Luisa Escobar, quien merece un espacio propio. Recordaremos a mujeres como Natalia Hidalgo, quien junto a sus hermanas Virginia y Trina no solo enseñó piano a los valencianos, sino que fundó estructuras: el Ateneo de Valencia y la Escuela de Música del estado (hoy Sebastián Echeverría Lozano) le deben su origen. O a la porteña Magdalena Sánchez, nuestra eterna “Reina de la música popular venezolana”.
Si nos acercamos al presente, encontramos a Inés Feo La Cruz, a quien admiro desde que la escuché a dúo con su hermana Marucha en los setenta. Inés y Ángeles Ruiz —mi querida Angelita— estrenaron la “Cantata 450” de Aldemaro Romero, basada en el poema que José Rafael Pocaterra regaló a nuestra ciudad en su cuarto centenario, imagino que cincuenta años más tarde. Y, sin querer presumir, recuerdo con emoción cuando en 2011 un merengue de mi autoría, “El empavao”, con arreglos de mi hermano Juan Pablo, fue interpretado en el Teatro Colón de Buenos Aires por el Estudio Coral de Buenos Aires y la Camerata Bariloche, dirigidos por Carlos López Puccio. Porque la música carabobeña también es ritmo y calle.
Hoy, las carabobeñas hacen música en cada rincón del planeta. Lucía Montanari sin proponérselo, convirtió su primera composición, “La mujer sencilla”, en un himno mariano, recorrió muchos escenarios con Ilan y Frank Quintero y su canción pandémica “Algo está pasando” unió a cincuenta músicos en once países. Briella, heredera de una estirpe musical, ha llevado su imagen hasta Times Square de Nueva York. Y mi hija, Isa Ramos (valenciana en Buenos Aires), pasó del canto, la docencia y la musicoterapia a ser convocada por la productora de Sami Yusuf para cantar en Jordania, Abu Dabi y Dubái, logrando armar en tiempo récord un ensamble vocal que canta en tres idiomas. La mujer carabobeña dedicada a la música, no entiende de fronteras.
Mañana, en nuestro encuentro, Ligdian y yo estaremos rodeadas por nombres de carabobeñas unidas a la música como María Luisa Escobar, Antonia de Bockh, Flor Gornés, Alecia Castillo, Martha Infante, Ana Virginia Oviedo, Milagros Torres, Daniela Melet y tantas otras. No podremos nombrarlas a todas, pero queremos dejar algo claro: cada vez que una niña toma un instrumento o una mujer sube a una tarima, está haciendo eco de aquella primera nota que “El Bello Sexo Artístico” tocó en 1892. La historia de la música en Carabobo no la escriben solo los grandes directores; la afinan también, día a día, estas mujeres.




