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Mucha gente manifiesta que se siente más sola que nunca. Es gente que experimenta soledad y exclusión, más a menudo y como nunca antes, aun cuando la estimulación personal, grupal y social para que aumente la convivencia se han multiplicado en formas nunca antes conocidas. ¿Será por esto que sin planificación, y sin siquiera desearlo, hemos desarrollado un extenuante modelo de sociedad que amenaza con estar, más y más, contra la esencia de la naturaleza gregaria humana? ¿Hemos llegado a un modelo social que recrudece la incidencia de los trastornos psicosociales, que degradan la autoestima y la estabilidad emocional de los ciudadanos? ¿Será ésta una negativa a considerar que somos sobre todo seres vinculares? ¿Será que, como afirma el dicho, “es mejor estar solos que mal acompañados”?

Las crecientes presiones sociales, económicas y políticas, sobre los ciudadanos, grupos y asociaciones, llevan incorporadas exigencias y tensiones que nos rodean y acogotan. Escaparse de ellas no es sólo una opción, es casi una obligación. No debemos generalizar las situaciones aludidas, pero a casi todos nos han afectado: En ocasiones nos hemos sentido excluidos, marginados e incluso apartados. Esto ocurre en el ambiente educacional, en el círculo familiar, en el grupo de amigos, en los compañeros de trabajo. Hablamos de situaciones y reacciones que no siempre pueden echarse a un lado, porque dejan huellas psicológicas, traumas emocionales y físicos, y ocasionan sufrimiento existencial durante años de vida.

¿Por qué duelen tanto los rechazos? El doctor Saul Levine, psiquiatra de la Universidad de California en San Diego (USA), ha expresado que “el homo sapiens del presente es el producto actualizado de una especie social, que tiene clara sensación de compartir momentos significativos de su vida, con otras personas que le reciben, le aceptan y reconocen con afecto, en etapas vitales de su desarrollo personal, de su salud psicológica e incluso física. De hecho -opina el psiquiatra-, sentirnos integrados ayuda a superar, en compañía, fracasos amorosos y pérdidas, éxitos y contratiempos, de variada significación y complejidad, en una comunidad íntima y especialmente solidaria”.

Levine destaca la importancia de ser parte de un grupo de personas, importantes para uno mismo y nuestra autoestima, para nuestra salud, para los grupos familiares, colegas profesionales, grupos ciudadanos o religiosos. Es una respuesta esperada, y significa que somos personas sanas y normales. Sufrimos la exclusión que nos haga un grupo, porque funcionamos como seres sociales vinculados a un clan. Porque la conducta protectiva y de sobrevivencia, es parte de una necesidad ancestral biológica, arraigada en nuestro cerebro más primitivo, -en el llamado cerebro reptil-, que regula funciones vitales primarias de sobrevivencia. Miles de años más tarde, las circunstancias externas han cambiado, pero nuestro cerebro ha variado muy poco. Nuestro modo de reaccionar no es novedad. Es un sentimiento compartido con nuestros antepasados más lejanos. Son necesidades humanas de hace 20.000 o más años, cuando un individuo aislado no podía vivir sin apoyo de una asociación tribal. Tenemos hoy plenamente integradas la necesidad gregaria y de pertenencia, y las hemos llevado al extremo: De hecho, muchas veces somos capaces de morir, o matar, para satisfacer estas necesidades tan básicas. En esta realidad grupal, con base neurológica, está la clave del éxito brutal que han tenido algunos grupos radicales terroristas y guerreros a lo largo de la historia…

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Hernani Zambrano Gimenez
Egresado de Universidad Central de Venezuela. Estudios de PostGrado en la Universidad de Stanford (USA). Profesor y Ex Director de Escuela de Educación (Universidad Carabobo, Valencia, Venezuela. Ex Director Escuela de Psicología (Universidad Arturo Michelena, Valencia, Venezuela). Asesor de Empresas y Productor Radial en Universitaria 104,5 FM (Universidad Carabobo, Venezuela). Correo Electronico: hernaniz@yahoo.com
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