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¿Qué pensaban los venezolanos en 1998 cuando votaron por un militar golpista, sin experiencia de gobierno y con un discurso agresivo y semisalvaje? ¿Pensaban en un cambio? ¿Querían cualquier tipo de cambio, incluso para llegar a lo que -se debería haber sabido- iba a ser mucho peor de lo que había? Aunque la democracia estuviera en crisis, sorprende que la sociedad tuviera tanta disposición para saltar al vacío en busca de un supuesto remedio mágico que resolvería los males y traería la felicidad suprema en un pestañeo ¿Ignorancia? Evidente ¿Inmadurez? Obvio. Pero hubo un fuerte ingrediente de novelería detrás de todo, con el agravante de que nadie sabía –excepto los que ganaron las elecciones- porqué, para qué y cómo se iba a montar la transformación definitiva, ni con qué se comía el paraíso bajo la guía de unos milicos sin escrúpulos. En retrospectiva, el cambio que pedía la gente se parecía a lo que pide un niño cuando está aburrido y “necesita” un juguete nuevo o irse de vacaciones.

En estos días, hay mucha gente aburrida en el mundo que desea salir de su vida monótona y anónima, y quisieran ver heroísmos y revoluciones por todas partes, sin importar las consecuencias: los norteamericanos eligieron a un sociópata como presidente, los británicos se salieron de la Unión Europea, los catalanes quieren independizarse, los mexicanos se enamoran de un personaje que es la versión 2.0 del chavismo, y los chilenos podrían votar por una opción que amenaza con desarmar la prosperidad de casi 30 años.

Francis Fukuyama, en su libro El Fin de la Historia…, dice que “muchos europeos deseaban la guerra [la primera guerra mundial] simplemente porque estaban hartos de la apatía y falta de comunidad de la vida civil”. Querían sentirse heroicos e importantes, pero el entusiasmo terminó en las sucias y nada heroicas batallas de trincheras y en las decenas de millones de muertos que resultaron luego de 4 años de combate absurdo. La especie humana, cada tanto tiempo, parece que necesita salir de la cotidianidad y se inventa una causa que la haga sentir especial. A veces se vuelcan en salvar al planeta o ayudar a los necesitados, pero en demasiadas ocasiones se empeñan en ser Héroes de la Galaxia. Un animalito que no tiene fama de inteligente, el burro, acepta su vida de burro y hace lo mejor que puede, sin afanes de convertirse en otra cosa.

La búsqueda infantil de cambios parece ser endémica en Venezuela. Se insistió repetidas veces (la lucha armada, el apoyo electoral a Pérez Jiménez en los 60, el aplauso a los golpes de Estado del 92) hasta que por fin se consiguió el “algo distinto” que se buscaba: un caudillo que traería orden y progreso y que terminó en ruina y miseria. Falta por ver si por fin se aprendió algo.




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