Se va a jugar un torneo deportivo en el que usted es fanático de uno de los
equipos que participan. Dos grupos se ofrecen como organizadores del certamen.
Uno ofrece un estadio nuevo, techado, con equipos electrónicos de última
generación, policías y militares para garantizar la seguridad, árbitros uniformados
con silbatos relucientes y un equipo gerencial que proveerá supervisión y dará los
resultados que registren las máquinas que cuentan los goles (o las carreras o los
puntos o lo que sea). Todo automatizado e impecable. "El mejor sistema del
mundo", dicen sus promotores.
El otro organizador pone a la orden un campo de juego medio viejo, con algunos
huecos en la grama. No hay electrónica para llevar el score. Las gradas están algo
deterioradas, los bancos son incómodos y hay poco espacio para cubrirse del sol.
La seguridad estará a cargo de voluntarios del público y los árbitros no tendrán
uniforme ni silbatos nuevos. El resultado del partido se irá anotando a mano en un
pizarrón, pues no habrá máquinas que calculen y validen los números. Eso sí, el
conteo será a la vista de todos. Un sistema artesanal, por ponerle un nombre.
Cualquier aficionado con dos dedos de frente preferiría el estadio recién
estrenado, las máquinas electrónicas que cuentan los puntos, los policías
resguardando la seguridad y los árbitros de uniforme colocados estratégicamente
a lo largo y ancho del campo de juego. La gente se inclinaría por el techito y la
sombrita antes que calarse el solazo del trópico; o quedar a merced de un
aguacero sorpresa que convierta el campo en un barrial.
Sin embargo, y a pesar de las bondades del sistema más avanzado, hay algunos
detalles que no se dicen ni se incluyen en los folletos de venta aunque casi todo el
mundo lo sabe, o debería saberlo. La gente que está a cargo de las máquinas, los
árbitros, los supervisores y la altísima gerencia tienen una debilidad manifiesta por
manipular los resultados, porque resulta que el dueño de la empresa organizadora
es el mismo propietario de uno de los equipos y no le tiembla el pulso si tiene que
meterle mano a las máquinas, a los árbitros o a la policía para que ganen los
suyos (o para que pierdan los otros, que es como decir lo mismo de otra manera).Lo han hecho en el pasado y lo volverían a hacer si hace falta. Poder les sobra.
En abierto contraste, los organizadores que ofrecen el sistema artesanal –con sus
limitaciones, su estadio viejo y su voluntariado- se conocen como gente confiable,
tienen una trayectoria decente y son dados a respetar las normas y los resultados
de los juegos. No tienen rabo de paja ni se le recuerdan revires de última hora
para favorecer a alguna parcialidad. Tienen pocos recursos, pero los han usado
hasta ahora con bastante eficiencia.
Teniendo en las manos la información completa, es probable que usted entre en
duda. Si la idea es tomarse unas birras y sentarse cómodamente a ver a una
gente pegarle a una pelota, sin importar quien gane o pierda, pues se va al estadio
nuevo a pasar el tiempo y ya. Pero aquí entra su respeto por el deporte y por su
equipo: si lo que está en juego es algo más que pasar el rato; si en el torneo hay
una trascendencia; si el resultado de verdad importa, entonces la confianza
debería estar muy por encima de la comodidad. La artesanía sin trampas vale
mucho más que la tecnología trucada. La verdad tiene que ser más importante
que las apariencias.
En estos días, la Comisión Nacional de Primarias recibió del CNE una propuesta
de asistencia a las elecciones de la oposición que incluía todo el veneno que es
capaz de meter el régimen chavista en una simulación de buena fe, empezando
por la automatización de los votos y el cambio de fecha. Afortunadamente la CNP
se plantó en su posición, ratificó su fecha y confirmó la autogestión del proceso.
Está claro que la arremetida del régimen contra las primarias no termina aquí ni
hoy. Vendrán más ofertas engañosas y más obstáculos. Hay gente dentro de la
oposición que dice cosas como “la primaria gana más en organización si se corre
la fecha como pidió el CNE”, y le brinda el beneficio de la duda a un ente que no
soporta una auditoría seria. Al final, habrá que aguantar estadio viejo, sol, lluvia,
calor o frío. O para decirlo en gringo: “no pain, no gain”.
Autor del libro La variable independiente, el rol de la idiosincrasia en el desarrollo
de Venezuela
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