En estos días me llegó un video de la Plaza de Toros Monumental de Valencia y casi lloré por el estado en que se encuentra. En total y absoluto abandono. Hablándolo con algunos amigos, hubo quien comentó que el video le hacía un favor, porque si la visitamos, está mucho peor y alguien dijo que le habían hecho un cariñito, limpiándole el monte, pero el desastre está hecho. Hay que restaurarla y cuidarla. También hubo quien alegó que los líderes de la región son antitaurinos, como justificándolos. Y yo agrego que lo cortés no quita lo valiente.
A lo largo de los años he dejado clara mi postura: no soy amante de la fiesta brava. Mi profundo amor por los animales me impide disfrutar de un espectáculo donde el toro sufre, a pesar de los argumentos de mi hermano Miguel Ángel (fallecido en 2017), quien sostenía que, sin las corridas, el toro de lidia habría desaparecido. Yo, por el contrario, preferiría que se le preservara de otra forma. Pero por esto no dejaría que se derrumbara un edificio emblemático como la Monumental de Valencia.
Sin embargo, lo que siempre he amado son las fiestas que acompañan la tradición. En Valencia, nuestra historia taurina comenzó a finales del siglo XIX con una plaza de estilo mexicano mandada a construir por Don Diego Gil, según relata el escritor Pepe Hule. Aquel recinto, ubicado entre la calle Rondón y la avenida Montes de Oca, sucumbió ante la misma guerra civil que destruyó el Colegio de Varones de Primera Categoría, que luego se convirtió en la Universidad de Valencia.
Cabe destacar que Pepe Hule es el pseudónimo que utilizaba el humorista gráfico valenciano de los años treinta Pako Betancourt, padre del psiquiatra Dr. Rafael Betancourt Moreno —presidente por muchos años de la Comisión Taurina de Valencia— y abuelo de la Dra. Hildegarda Betancourt Fursow, personas que admiro y quiero muchísimo.
En ese mismo lugar, gracias al empuje de Benigno Márquez, los hermanos Paz levantaron el "Circo Teatro", apodado jocosamente "Circo Tanque" por su peculiar forma de cemento. El éxito de Márquez y las ideas de los Paz lograron unir a inversores como los Berrizbeitia, los Branger, Matías Paz Cortez, Elías Borges, Luis Augusto Paz, Ernesto Velásquez Ibarra, Antonio de Guruceaga, Diego Plaza, Miguel Calafat, Diego Arcay Smith, Pedro Jesús Perdomo, Miguel González Zárraga, Leopoldo Paz García y Luis Chávez para materializar este sueño. Lo menciono como un homenaje a quienes hicieron posible aquella primera gran hazaña. Se estrenó el 3 de febrero de 1914 con los toreros Fermín Muñoz "Corchaíto" y José Corzo "Corcito" y Valencia presenció por primera vez la muerte de seis toros de manos de estos dos matadores.
Tras pasar por las manos de Ramón H. Ramos, el recinto fue demolido por los nuevos dueños, los Branger, para dar paso, en 1921, a "Arenas de Valencia" en la avenida Bolívar con Navas Spínola. Allí, de niña, asistí a espectáculos cómicos y corridas benéficas donde no mataron al toro. Mi marido, Sergio Ramos, recuerda incluso haber visto allí al gran Cantinflas. Tras un incendio en 1971, la plaza desapareció, pero para entonces ya teníamos nuestra gran joya: la Monumental de Valencia.
Inaugurada el 9 de febrero de 1968, la Plaza de Toros Monumental de Valencia es la segunda más grande del mundo, después de la de México. Obra del arquitecto Peter Albers y el ingeniero Leopoldo Jahn —con la colaboración de Herman Albers—, su diseño permite que 25,000 personas desalojen el recinto en cuestión de minutos.
La historia de su construcción está ligada intrínsecamente a la familia Albers. El cronista Carlos Eduardo Misle (Caremis) —originario de La Colonia Tovar— le hizo una entrevista al arquitecto Peter Albers, para el diario “El Nacional”, con una visita incluida al edificio. Al notar que el Dr. Otto Albers era uno de los médicos de la plaza y que el joven Edgar Albers era el asistente veterinario del Dr. Manuel Zafrané, quien se desempeñaba como el veterinario del recinto, Caremis dijo: “es que si ponen a Edgar como veterinario de la Plaza, esto va a ser toda una Albersidad”. Esta coincidencia se selló en la feria de 1970, cuando entre las jóvenes que hicieron el despeje de plaza —el tradicional recorrido inaugural— junto a la reina Gisela Falcón y la soberana de 1968, Primera Reina de las Ferias, Elizabeth Machado, se encontraban María Irene e Isabel Albers, hermanitas de Peter.
En aquel despeje brilló la juventud valenciana: Adriana Branger, Moyra Saer, María Mercedes Rodríguez, las hermanas Mecq, las Franco, las Borjas, Elenita Alvizu, Elizabeth Landa, Valentina Baralt, Elizabeth Colmenares, Miriam Bello, Benévola Parra, Luz Marina Sereno y Laura Pietri, y sé que muchas me quedaron fuera. Por cierto, algunas posaron orgullosas junto al torero César Girón, entre ellas María Irene Albers, Luz Marina Sereno, Emma Borjas y Adriana Branger.
En 1998, bajo la gestión de Paco Cabrera, llegaron nuevas remodelaciones realizadas por Peter Albers al entorno de la Monumental y se transformó en un hito del urbanismo. Se erigió la Plaza Cruz Diez como una antesala de 800 metros cuadrados que abraza al coso, custodiada por el imponente Toro Monumental, esa escultura icónica del artista valenciano Wladimir Zabaleta. Entre paisajes y jardines renovados, la reinauguración fue un evento solemne presidido por el alcalde, con la asistencia de las máximas autoridades civiles y eclesiásticas. Pero, sin duda, el momento que quedó grabado en nuestra memoria colectiva fue ese mismo año: la majestuosa voz de Luciano Pavarotti elevándose sobre el ruedo, acompañado por el talento excepcional de las Sinfónicas de Carabobo, Venezuela y Simón Bolívar, junto a nuestro Coro Sinfónico.
La Monumental ha sido escenario de íconos culturales, desde el concierto de Carlos Santana en su año de estreno, hasta el de Gustavo Dudamel en 2012. Por sus arenas han pasado Juan Luis Guerra, Carlos Vives, Juanes, Gilberto Santa Rosa, Alejandro Fernández, Oscar D’León y Marcel Marceau. Incluso nuestra Señora del Socorro recibió allí su Rosa de Oro en 2010, mientras celebrábamos los cien años de su coronación canónica.
Hoy, aquel esplendor contrasta con el abandono que muestra el video que me tanto me entristeció. La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué hacemos con la Monumental?
La respuesta no debería ser una interrogante, sino una certeza. Este coloso no es solo un redil de arena; es el contenedor de nuestra memoria colectiva y un prodigio arquitectónico que pertenece a todos los valencianos.
Si bien los tiempos cambian y las sensibilidades evolucionan, la Monumental debe seguir siendo el gran epicentro cultural del estado. Su futuro no tiene por qué depender de una espada, sino de la música, el arte y el encuentro ciudadano. Honrar las “Albersidades” que acuñó Caremis —hoy título de la columna de Peter Albers, mi compañero en El Carabobeño— y las reformas de Paco Cabrera es mantener sus puertas abiertas para que las nuevas generaciones sigan escribiendo historias bajo su cielo, transformando la tradición en un legado de vida y cultura.
Por Anamaría Correa




