Pareciera que seguir con el tema de los terremotos es “llover sobre mojado”, pero para quienes los sufrieron sigue siendo una pertinaz llovizna de lágrimas y sufrimiento, de carencias y sensación de abandono, un echar de menos a quienes hasta esos fatídicos minutos eran seres a quienes podían acariciar, parientes y amigos con quienes podían compartir los pocos ratos de alegría de los que un venezolano cualquiera podía disfrutar en medio de tanta carencia y angustia por sobrevivir en un país en crisis.
Y, en medio del dolor, se encuentran con que quien debía ayudar más bien estorba. Quien se suponía que debía poner su músculo en el rescate de los sepultados bajo toneladas de concreto gasta los recursos de todos en salvar unos bienes mal habidos de quienes les dictan órdenes. La mayoría no tienen la culpa: los enseñaron a obedecer a sus superiores. Son simples instrumentos de la codicia y la impiedad de quienes mandan. Pero otros se dejan llevar por una especie de instinto salvaje que parece gritar “¡Sálvese quien pueda!”, se embolsillan puñados de billetes y desoyen los gritos de angustia de los atrapados bajo los escombros. Se han vuelto salvajes hienas, tras años de deterioro moral, de corrupción, de ambición por disfrutar de placeres inmerecidos, de seguir malos ejemplos de quienes los dirigen.
Las religiones se han inventado un infierno al cual imaginan que irán los culpables de tanto abandono, de tanta mentira, pero eso es poco consuelo para quienes lo han perdido todo, no por culpa de la naturaleza, sino de la dejadez, la incapacidad y el latrocinio de quienes han gobernado al país en lo que va de siglo, poniendo en evidencia el deterioro, hasta llegar a la ruina, de todos los mecanismos de defensa y asistencia a la ciudadanía a la cual desprecian cuando ya no tienen nada que quitarle.
Tampoco es consuelo el encarcelamiento y condena de quienes han causado más daño al país que cualquier terremoto: no le devolverá al pueblo lo perdido, especialmente la vida de sus seres queridos, desaparecidos en lugares de confinamiento donde lo único que les espera es ver pasar los años en medio de la miseria, los malos tratos hasta llegar a la tortura, y muchos habrán muerto sin que sus familiares se enteren.
¿Servirá de consuelo que los que han arruinado al país sepan que pasarán a la historia como asesinos de la misma calaña que Hitler, Franco o Mussolini, o, para no ir tan lejos, Somoza, Pinochet, o los de los “paredones” cubanos?
Ahora nos queda recomponernos y, lejos de olvidar lo ocurrido (que será muy difícil, por no decir imposible) mirar hacia adelante para volver a construir una Venezuela donde quepamos todos. Algunos, de edad ya avanzada, tal vez no lo veremos, pero toca a todos, especialmente a las nuevas generaciones, seguir a quienes se han ganado la confianza de todos, incluidos aquellos que una vez se fueron tras los engañosos ofrecimientos de una doctrina que ha demostrado ser una fuente de ruina y desgracia para los pueblos que han caído en su vulgar trampa.
Nuestros antepasados se levantaron para seguir la ruta libertadora tras un terrible terremoto; otros resistieron dictaduras “progresistas” que, tras monumentales obras, ocultaron su enriquecimiento ilícito y la cárcel y tortura de quienes se les oponían. Y otra vez se levantarán para reconstruir, bajo una dirección que respete sus derechos, un país que, como los voluntarios presentes donde no estuvieron los que tenían que estar, no se acobarda ni siquiera con violentos terremotos.




