Radiografía de un pueblo que abandonó la lectura

Ubicado entre dos capitales, San Carlos y Valencia, el pueblo siempre ha sido un punto de conexión entre las grandes ciudades de la región central y los llanos

A pesar de ciertas variaciones entre las diferentes cifras a las que el público puede acceder, se estima que Tinaquillo tiene unos 120 mil habitantes, aproximadamente. Es una cantidad de ciudadanos nada despreciable; hay tanta gente allí como en Reikiavik, Islandia (121 000), y casi el doble de la que hay en Cannes, Francia (70 000), tomando en cuenta que Cojedes es el tercer estado menos poblado del país, de acuerdo al censo oficial del año 2021.

Ubicado entre dos capitales, San Carlos y Valencia, el pueblo siempre ha sido un punto de conexión entre las grandes ciudades de la región central y los llanos, área geográfica en torno a la cual la sociedad local construye su identidad cultural.

En la distribución e infraestructura tinaquillera todavía se conservan vestigios de lo que en algún momento fue una industrialización pujante, sueño de un futuro próspero que no fue capaz de blindarse ante los vaivenes financieros del país. Prueba de este anhelo pretérito es el hecho de haber duplicado su población entre los años 1971 y 1981, en medio del frenesí rentista, tal y como lo registró el sociólogo Roberto Briceño León en su libro, Los efectos perversos del petróleo.

La expansión demográfica no se detuvo desde entonces y la localidad tomó la forma de una ciudad pequeña. Las 30 mil almas que hacían vida en las calurosas calles pueblerinas durante los años ochenta se cuadruplicaron en un periodo de apenas cuatro décadas; creció el comercio local, la educación y la cultura. Entrado el siglo XXI llegó la crisis, inevitable, y con ella una reconfiguración de los medios de entretenimiento e información de la sociedad. El mundo de hoy no es el mismo de antes, y los tinaquilleros tampoco.

En medio de las vicisitudes de su historia reciente, los artistas y escritores nativos aseguran haber experimentado un auge de la vida intelectual, especialmente entre finales de los ochenta y principios de los dos mil. La actividad era incesante y contaba con la participación activa de una porción considerable de la sociedad. No obstante, la llegada de los problemas económicos, la coyuntura política y la aparición de las redes sociales han desatado lo que varios cultores denominan una “crisis de lectura” en el pueblo. Si bien no existen datos oficiales, los testimonios y la ausencia de espacios dedicados a la literatura refuerzan la idea de que los tinaquilleros ahora viven de espaldas —por voluntad propia o de forma inducida— al mundo de las letras.

Ninguna librería por cada 100 mil habitantes

Quizás el primer síntoma de recesión lectora sea la escasez de oferta editorial dentro del pueblo. En los poco más de 700 kilómetros cuadrados que abarca el municipio no existe un solo establecimiento dedicado únicamente a la venta de libros. Tampoco se ha hecho un censo en el que se registren los comercios que dispongan de textos sin que esta sea su principal fuente de ingresos, y las difusas fronteras entre “librería” y “papelería” complican la comprensión de un panorama agravado por las ya esclarecidas condiciones demográficas; hay mucha gente, pero no existen indicios de consumo de literatura.

Los pocos textos disponibles pertenecen al género de la autoayuda

A pesar de la ausencia de librerías propiamente dichas, los locales en el pasado solían abastecer sus bibliotecas en lugares que ofrecían artículos escolares, y que en el mejor de los casos cumplían ambos roles a la vez (librería-papelería). Federico Torres, propietario de “La casa del estudiante”, uno de estos sitios, ofrece una visión más completa. “Hace 15 años había una salida de libros fenomenal, estamos hablando de bestsellers, novelas… Ya luego de los problemas de inflación de los años 2014 y 2015, la demanda cayó al suelo. Yo traté de hacer un intento a finales del año pasado; vino una editorial para acá y trajo bastantes opciones, pero la rotación fue demasiado baja”.

Torres agrega que el público local no se deja seducir, ni siquiera bajo la reputación de autores consagrados y esto deriva en una oferta contraída. Desde su perspectiva, es un problema condicionado en su mayoría por las condiciones actuales de la economía.

“Considero que la crisis es el factor fundamental, porque la gente pregunta. Yo publico los libros por Whatsapp y preguntan, pero cuando saben el precio la cosa se enfría… Hoy en día tenemos unos 30 títulos disponibles. Creo que ahorita este es el único sitio del pueblo que todavía vende ejemplares”, añadió. Cabe destacar que, a día de hoy, en el inventario predomina la autoayuda y superación personal como géneros predilectos, pues son los que proyectan un mayor interés en el reducido mercado local.

Al parecer, el descenso en el comercio de productos literarios es relativamente nuevo. Torres mencionó que a principios de la década pasada llegó a contar con más de 300 títulos y una sección entera de su tienda dedicada a la venta de novelas, ensayos, relatos breves y demás. Este caso se repite en al menos otro establecimiento, ubicado en las inmediaciones de la plaza Bolívar, que varios años atrás fue una referencia en la materia y ahora solo cuenta con algunos textos dirigidos a la población estudiantil.

Daños colaterales de la modernidad

Martín Hurtado es un reconocido médico que ha desarrollado casi toda su carrera en el pueblo. En paralelo a sus compromisos con la salud, también se ha desempeñado como locutor, promotor cultural y músico; incluso, varios de los eventos artísticos que produce se llevan a cabo dentro de su propio consultorio. Con respecto a las carencias lectoras de sus coterráneos, asigna una importante responsabilidad a los patrones de consumo y entretenimiento actuales.

“Hoy en día es casi imposible que la mayoría de las personas lean un texto en Whatsapp que tenga una extensión de 200 palabras. Muchos psicólogos y especialistas en marketing tienen la tendencia a decir que la gente pierde el interés rápidamente cuando pasan más de 100 palabras leyendo algo. Parece que somos enclenques mentales”, sentenció, con cierta resignación.

No obstante, de acuerdo a su testimonio, las letras no siempre han sido ignoradas en tierras cojedeñas. “Te digo que en los años ochenta había unas enormes ganas de aprender. Nosotros creamos un grupo que se llamaba ‘Sociedad de Amigos de la Biblioteca Julieta Sánchez’... La oportunidad que yo tuve cuando llegué por primera vez a hacer una investigación fue encontrarme con una señora que era capaz de decirme todo lo que yo quería buscar, hasta en la página exacta. Eso me generó un impacto y un apego inmediato hacia ese lugar, que se convirtió en un sendero, en una luz que guiaba enorme cantidad de estudiantes”, recordó.

La biblioteca Julieta Sánchez ha perdido relevancia con el paso de los años

Con respecto a la biblioteca, a día de hoy funciona con horarios reducidos, sujetos a los lineamientos de otros departamentos públicos. Desde algunas organizaciones culturales alegan que esto es una limitante importante para la masificación de la literatura. Sin embargo, estudios como el de Juan Machin-Mastromatteo y Renny Granda (2017) sugieren una crisis en esta área en particular, con un incipiente 9,1 % de la población a escala nacional que acepta asistir de forma asidua a una biblioteca pública. Estos problemas se suman a los cierres de las librerías en el país: de acuerdo a la Cámara Venezolana del Libro, el número de negocios clausurados alcanza el 80 %. Todos los frentes están abiertos, y en todos se ha cedido terreno, incluyendo uno difícil de cuantificar: la voluntad de las personas para retomar la lectura como un hábito.

Tomando en cuenta sus experiencias desde el rol de promotor cultural, Hurtado deja claro que, a pesar de las dificultades, él conserva una perspectiva optimista. Considera que el problema es estructural y está centrado en el público lector, sus tendencias y sus particularidades. Argumenta que dentro del pueblo todavía hay ciudadanos dispuestos a desarrollar auténticas manifestaciones culturales que van más allá de los estereotipos de la modernidad.

 En los despachos lo saben, pero la situación escapa de sus manos

Miguel Sánchez, expresidente del Instituto de Cultura local y actual concejal del municipio, sostiene que durante sus tres años y medio de gestión (2021 - 2025) se hizo lo posible por atender esta problemática, que dicho sea de paso, conocía de sobra.

“Hoy los jóvenes no leen en Tinaquillo; eso es algo generalizado en todo el país y pudiésemos decir que es un problema mundial. Ya los libros parecen haber quedado en un segundo plano. Esto ha ocurrido progresivamente, en varios tiempos y el municipio no se escapa de esa realidad. En vista de esa situación nos vimos en la necesidad de crear, junto a mi equipo de trabajo, la Coordinación de Literatura, Libros y Patrimonios”, precisó Sánchez.

El objetivo del programa era incentivar la lectura de forma directa e indirecta, a través de la poesía, el canto y el teatro. Para los directores, estos géneros también están estrechamente relacionados con el mundo de las letras. Tras el cambio de gestión de la exalcaldesa Laura Guerra al actual mandatario, Lizardo Rojas, la iniciativa se mantiene en pie, aunque ya no con Sánchez a la cabeza.

El expresidente del organismo describe avances gracias al proyecto, sobre todo en las unidades educativas que están en la órbita de los programas gubernamentales. Sin embargo, el esfuerzo por conseguir un resurgimiento de la literatura en el pueblo por parte de las autoridades parece estar condicionado por la naturaleza y el alcance de una crisis que escapa de su rango de acción.

Tan solo dos comercios tienen productos editoriales disponibles

“No vas a encontrar libros en la calle porque en Tinaquillo los escritores producen sus obras pero la situación del país les impide poder ir a una editorial o poder sacar un ejemplar de esos textos”, subrayó Sánchez con respecto a la ausencia de oferta en el mercado de literatura cojedeña.

La columna que se mantiene en pie

Son los escritores, precisamente, quienes se han atrincherado y han luchado con mayor ahínco por salir bien librados en esta batalla. Hace poco más de siete años, los autores locales se organizaron y crearon la Asociación de Escritores de Tinaquillo, tras “independizarse” de un ente similar con alcance estadal. Allí, un grupo de más de 30 ciudadanos con vocación literaria ha encontrado refugio ante la indiferencia generalizada hacia el mundo de las letras.

Juan Ignacio Herrera es el presidente de esta comunidad. Cuenta con varias décadas de experiencia en investigación en el área y diversos títulos publicados, tanto por editoriales tradicionales como por financiamientos particulares. Desde su perspectiva, la desaparición de los periódicos es una variable importante dentro de toda esta ecuación.

“Puedo asegurar que uno de los factores determinantes (de la disminución de la lectura en la localidad) es que hoy en día no tenemos prensa como teníamos antes. Esto incide mucho porque, antiguamente, de una u otra manera en cada casa había por lo menos uno o dos ejemplares diarios de prensa y eso facilitaba que los muchachos estuviesen vinculados; al menos comenzaban con las caricaturas y luego tomaban mayor interés en textos más profundos”, manifestó.

Los altos costos del mundo editorial también limitan la adquisición de libros, de acuerdo a Herrera, especialmente si se toma en cuenta el ingreso mensual que registran las familias venezolanas. En el mercado actual, alrededor de todo el país, un ejemplar nuevo puede llegar a costar entre 20 y 50 dólares.

Diversos autores locales publican sus obras a pesar de las difucultades

Estos mismos problemas afectan a todos por igual, incluyendo a los miembros de la agrupación. No obstante, ellos persisten en su labor, más por vocación que por intereses financieros. “Las publicaciones nos cuestan mucho, generalmente las editoriales están afuera. Para nosotros el costo editorial es bastante alto. No podríamos decir que como escritores vamos a vivir de lo que hacemos; tenemos que tener otro tipo de profesión que nos facilite el sustento”, puntualizó.

Una de sus formas de resistencia es la organización de encuentros y actividades que persiguen la masificación de la literatura en todos sus formatos. Por ejemplo, anualmente se lleva a cabo un concurso de relatos y poesía, en el que captan a nuevos autores, jóvenes y mayores, que escriben de forma anónima en la localidad. También apoyan las presentaciones de los pocos libros que se pueden publicar año tras año. En este ámbito destaca Argenis Agüero, antropólogo e historiador, quien ha desarrollado una prolífica obra que gira en torno a temas de interés histórico en el municipio.

En líneas generales, las personas dedicadas a la escritura parecen concordar en que los tinaquilleros han abandonado parcialmente la lectura y, sobre todo, los espacios físicos y virtuales dedicados al mundo de las letras, lo cual incluye bibliotecas y librerías, pero también abarca la crítica, las reseñas y los lugares en la prensa para debatir sobre lo que se lee. Ninguno de los cultores y autores entrevistados se aventuró a precisar un motivo concreto de este descenso de la actividad intelectual, porque todo apunta a que es un problema multifactorial en el que la economía desempeña un rol importante, coprotagonizado por los patrones de consumo de una sociedad que ha desarrollado cierta predilección por productos pop de fácil interpretación, predominantemente audiovisuales, divulgados en redes sociales.

En este panorama parece no haber cabida para textos extensos e ideas complejas y las consecuencias parecen ser tan intrincadas y profundas como el conflicto mismo. Queda en manos de los escritores, promotores culturales y periodistas intentar mantener viva la llama de las letras, esa que definitivamente ha llevado al mundo a doblegar la oscuridad e imponer la razón como la estrella polar que guía el progreso y desarrollo en las sociedades modernas.

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Radiografía de un pueblo que abandonó la lectura

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