MAR DE LETRAS

Una mirada al mundo de la literatura, con sus obras, autores y anécdotas, desde una perspectiva cercana y fresca

El miedo a ser un escritor de ofertas

Poco a poco, comencé a tener una sensación extraña, más cercana a la tristeza que a la euforia inicial

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Hace exactamente siete días fui, en un viaje casual a Caracas, a una librería reconocida de la capital. Es un sitio que me encanta visitar porque, mientras subo en las interminables escaleras mecánicas del centro comercial en el que se encuentra, casi siempre tengo la certeza de que podré comprar un par de buenos textos a precio de gallina flaca.

Entré e hice más o menos lo mismo que de costumbre; di un par de vueltas por el lugar, fingiendo que tenía interés real en los libros ordinarios que no están en oferta. Pregunté por el precio de un texto de Rafael Cadenas. Dieciséis dólares, menos de 100 páginas. Vale la pena, pero para alguien con otro bolsillo. Me volví a acercar al mostrador y el encargado hizo en esfuerzo en mantener su simpatía, aunque se notaba a leguas que solo quería que el reloj marque las ocho para irse. Eran las 7:10. Consulté la disponibilidad de algunas obras de escritores a los que admiro y conozco: Rubi Guerra, Fedosy Santaella, Mario Morenza. De todos había material, pero sobrepasaban el umbral de mi presupuesto. Me di la vuelta hacia la zona de descuentos.

Eran tres mesas llenas de libros nuevos o en muy buen estado, escritos por autores internacionales y publicados por editoriales de renombre. Sobre los dos primeros grupos había un cartel que anunciaba un precio de tres dólares para cualquier producto; la tercera mesa estaba llena de ejemplares con un costo de cinco dólares. Esa fue mi perdición o, mejor dicho, la de los 7 500 bolívares que tenía en la cuenta.

Por supuesto, mi primera reacción fue de alegría absoluta. Caminaba alrededor de la muestra, me agachaba y recogía los que estaban en el piso, leía las contraportadas y daba rienda suelta a la pugna interna que se libraba en mi mente por saber cuáles serían los títulos que me llevaría a casa. Vi a Juan Villorro, Javier Cercas, Salman Rushdie, Enrique Vila-Matas, Mario Vargas Llosa y Javier Marías, todos con al menos una de sus obras en oferta. Sin embargo, también vi nombres menos reconocidos y, poco a poco, comencé a tener una sensación extraña, más cercana a la tristeza que a la euforia inicial.

Tengo muy claro que no era la intención del local, pero sentí cierto desdén en la forma en que algunas librerías rematan aquello que no sale con tanta facilidad. Los libros, apiñados unos encima de otros, con el plástico intacto, daban señales de no haber conseguido quién los adoptara. Pensé en lo que dirían aquellos escritores pequeños —no los mencionados previamente, por supuesto— al verse allí, indeseados. Pensé —o recordé— el trabajo que lleva preparar un manuscrito que lo deje a uno medianamente satisfecho y sentí la tristeza de ser enviado a un segundo plano por una sociedad que compra libros de autoayuda y “desarrollo financiero” por docenas; textos de escaso valor real, que prometen soluciones mágicas a problemas complejos, como el sentido de la vida o la precariedad material.

Tomé Soldados de Salamina y seguí caminando. ¿De quién es la culpa de que esto ocurra? Definitivamente no es del local; sus regentes hacen lo posible por mantenerse en pie y, de hecho, son de los pocos que cuidan con recelo aquello que ofrecen al público. Es el mercado editorial, que está roto —pensé—, pues nadie tiene capacidad de alimentar la demanda de buenos libros. Vi Mac y su contratiempo y lo aparté sin pensarlo. Luego recordé cómo en Venezuela sobreviven tiendas que venden productos más caros y menos imprescindibles. Volví a la respuesta de siempre: son nuestras redes sociales, nuestros patrones de consumo. ¿Es que somos una sociedad demasiado vanidosa y banal? Quizás. No lo sé. De lo que sí tengo certeza es que en este país muchos escritores talentosísimos ni siquiera tienen la capacidad de generar el equivalente a un salario mínimo gracias a sus letras. Cerré mi compra con Aquello estaba deseando ocurrir, de Leonardo Padura.

Sin dudas, esta realidad está anclada a nuestra situación macroeconómica como nación, pero tampoco me aventuraría a adjudicar esta causa como único factor determinante. De hecho, me habría sentido menos afligido si estos libros en oferta hubiesen volado; si afuera del local se hubiera generado una fila para entrar y llevarse como pan caliente esas obras de las que estaban deseando deshacerse, quizás para traer algunos títulos nuevos. Aunque reconozco que en el transcurso de la media hora que estuve deambulando entre las mesas, pude ver una afluencia de clientes nada desdeñable. En fin, me fui —antes de las ocho, para no amargarle la noche al encargado—, pensando en las dimensiones de la tragedia literaria venezolana.

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El miedo a ser un escritor de ofertas

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