Uno de los grandes males de Venezuela es el culto a la juventud. Como nación padecemos de un edadismo crónico que nos lleva a relegar a las personas mayores a un papel secundario irrevocable. Lo que producen los viejos no tiene cabida en esta realidad, tan diferente a la suya, o al menos esa es la opinión que parece imponerse en gran parte de la sociedad.
El fenómeno se profundiza si vemos hacia el otro lado. Nos encantan las promesas, las historias por escribirse, los prospectos que romperán marcas imposibles algún día, en ese mundo que todavía no ha llegado. Tomamos a muchachos de entre 13 y 18 años y les imponemos la condición de ser “el futuro Miguel Cabrera”, “el próximo Édgar Ramírez”, “el siguiente Franco de Vita” o cualquier forma de venderles a ellos mismos la idea de ser dueños de su propio destino manifiesto, que los llevará a conquistar un porvenir brillante casi por la fuerza, gústele a quien le guste.
Esta visión es un ciclo sin fin. Aquellos que supuestamente estaban destinados a cambiar el panorama suelen superar el umbral de la juventud y darse cuenta de que quizás no eran tan especiales. Luego, caen con fuerza en el mundo real, donde el éxito no es el resultado de una escogencia divina, sino que está sujeto a condiciones que están fuera de su alcance, como la suerte y las desigualdades estructurales, mientras de fondo se alza otra generación de prodigios que romperán barreras inalcanzables. Sí, esta vez sí, y si no, la próxima.
Es por eso que lo jovial, acá, vale el triple para el imaginario colectivo. Una buena escultura será mejor valorada si el escultor tiene 17 años en lugar de 40. Por suerte o por desgracia, la literatura no funciona así. El ser buen escritor, sobre todo de narrativa, no es el fruto de un talento innato, sino el resultado de la erosión de las experiencias junto a las lecturas acumuladas que metabolizan la vida misma. El propio Borges se avergonzaba de aquello que escribió a los 25 años, y llegó a negar algunos de esos textos. Incluso García Márquez intentó escribir Cien años de soledad antes de los 30 —llevaba consigo un “mamotreto” interminable al que llamaba La casa, que más de una década después se convirtió en su magna obra— sin llegar a buen puerto.
Entonces, en Venezuela, no tiene sentido pensar solo en jóvenes escritores como el futuro de la literatura. Es muy común que el reconocimiento tome por sorpresa a los autores luego de llegar a la vejez, no porque su obra haya sido mala, sino porque era desconocida. No está de más recordar que no es lo mismo el éxito literario que el éxito editorial.
Ahí afuera hay un montón de viejos —sí, viejos, con cariño porque la vejez no debe ser motivo de vergüenza— que llevan años escribiendo y que esperan a ser encontrados. Y vale la pena no cerrarse a esta idea; buscarlos, incluso, y no despreciarlos por su edad. Quizás nuestro primer nobel de literatura ya use bastón y tenga la cabeza cubierta de canas.





