En más de una ocasión recuerdo haber leído el nombre de Javier Cercas en artículos y reseñas del diario El País de España. No sé si ha sido mi algoritmo o que ciertamente se ha puesto de moda —salvando las distancias con respecto al uso común de esta palabra en otras áreas fuera de la literatura—, pero la aparición involuntaria de ese contenido en mis redes sociales me llevó a aquello que mi generación llama FOMO, que no es más que las ganas de no quedarse afuera de los fenómenos que están en el centro del debate público (sobre la necesidad de disparar anglicismos a diestra y siniestra hablaremos después).
En mi más reciente visita a Caracas compré Soldados de Salamina. Estaba en descuento; de eso hablé hace un par de columnas. Me costó tan solo tres dólares, lo cual me pareció una ganga imperdible, tomando en cuenta que el ejemplar estaba sellado. Tantas fueron las ganas de descubrir a Cercas, que dejé de lado algunas lecturas pendientes para sumergirme en la historia de un fusilamiento fallido.
Debo reconocer que, con cierta ingenuidad, estaba convencido de que este sería un libro sobre la guerra civil española. Así lo sugerían algunas de las descripciones ambiguas que leí por allí. Esa convicción me llevó a no disfrutar a plenitud del primer tercio de la novela: yo avanzaba apresurado, esperando encontrar algún episodio apasionante del repliegue republicano ante el avance de las fuerzas franquistas. Pero Cercas, que se dispuso a hacer algo más allá de la típica narración bélica, decidió darle cuerpo a su idea a través de un personaje inspirado en sí mismo, quien se dedica a buscar el rastro de una narración inverosímil. De hecho, en rigor, podría decirse que es él. Después le escuché mencionar que toda historia tiene algo de autoficción.
También comprendo que gran parte de la esencia del inicio es la búsqueda y, sobre todo, un planteamiento radical en un país que permaneció dividido desde entonces. El protagonista es falangista, uno de los “malos”. Cercas no congenia con este conjunto de ideas, por supuesto, pero nunca esconde la intriga que le genera aquel intelectual de rastro perdido.
Llegados a este punto, cabría preguntarse: ¿quién es ese hombre del que tanto se habla? Se trata de Rafael Sánchez Mazas, una de las mentes detrás del surgimiento del nacionalismo español, antirrepublicano, cuya labor contribuiría al caldo de cultivo que daría paso a la guerra. Pero, ¿qué hay de interesante en todo esto? Pues, Sánchez Mazas intentó huir de la capital: cuando estaba cerca de conseguirlo fue capturado y poco después se dio la orden de fusilarlo junto a otros personajes importantes de la Falange Española. Sin embargo, en el furor de la matanza, consiguió escapar y esconderse en el bosque. Ahí, en medio de la operación de captura que emprendieron en su contra, un soldado republicano lo encontró pero decidió perdonarle la vida. A partir de ese episodio, que cierra la segunda parte del libro, el escritor desvela el verdadero enfoque de su obra.
Ciertamente, por su carácter inusual, esta anécdota es central dentro de Soldados de Salamina, no obstante, el libro en realidad trata sobre ese soldado que tuvo piedad hacia uno de los encargados de desatar una guerra fratricida en el país ibérico.
Esa es la apuesta de Cercas: él no se sitúa en una especie de pedestal moral. En su lugar, descubre la profundidad psicológica y humana detrás de la confrontación a muerte de dos bandos, a través de una investigación periodística que camina por la cornisa entre la ficción y la realidad. Una crónica, en fin. Así, luego de narrar lo sucedido, el tercer episodio se centra en intentar conseguir a ese combatiente anónimo, que para entonces ya debía tener más de 80 años, y preguntarle por qué no le disparó, con justa razón, a Sánchez Mazas.
Admito que en un principio pensé que no era para tanto, pero conforme fui avanzando en la historia comprendí la trascendencia de la novela y de por qué se ha convertido en una referencia en España. Nunca están de más este tipo de voces, que narran al margen del maniqueísmo de moda.





