En muchas maneras de presentación, movilización y sonoridad, la palabra humana es una clara expresión de nuestra relación cultural, social y personal con el mundo. Es por ello por lo que nos preocupa el deterioro creciente de nuestro lenguaje, cosa que observamos de manera sostenida en algunos adultos y adolescentes, aun egresados universitarios, cuyas pobrezas lingüísticas nos demuestran un preocupante vacío interior de palabras, que es como decir escasez de ideas, con las que esperan comunicarse.

Esta sostenida presencia de fallas en la generación de las imágenes y pensamientos con los cuales ocurra la comunicación se presenta constantemente, “a tiempo completo”, ¡y es por eso por lo que nos preocupa! Además, puestos a la defensiva, cuando se pregunta a estas personas acerca de sus opiniones sobre este asunto, hay quienes digan que esto de hablar mal ¡no es falla de todos, sino de “argunos”! ¿Serán de argunos (sic)? ¡Entonces, hay que hacer argo!

¡La práctica de la lectura y escritura, y con ello también de las palabras y la claridad de sus significados, es, en ese sentido, y sigue siendo, una herramienta eficaz de promoción del lenguaje y, por ende, elemento esencial del pensamiento y de la inteligencia (¡demostrado!)!

En su etimología, el término palabra deriva del latín parabŏla. La palabra nos permite ubicarnos e informarnos sobre lo que ocurre en tiempo presente, pero a partir de ese momento puede cambiar radicalmente, tanto en nuestro estado anímico (psicológico) como en las variantes de las acciones (conductas) que emprendamos. Estas razones tan importantes fortalecen la idea cuando decimos que “hay palabras que mueven montañas” (¡y, seguro, que más que montañas!).

La humanidad ha alcanzado los grandes niveles actuales de evolución gracias al desarrollo de un lenguaje avanzado, que permite comunicar fácilmente nuestras intenciones, y por eso mismo, llegar a acuerdos o desacuerdos, constantemente.

Pensemos que cuando una persona recurre a otra, o a otras, y cuando considera que es escuchado y comprendido, se siente además valorado y también sentido por quienes se comunican con él o ella; se siente útil, y afectivamente respetado. De ocurrir así, entonces, podemos centrarnos con dedicación a conservar o repotenciar el valor de cada palabra, para que nos escuchen. Es el gran valor activador y vinculante de las ideas, lo que hace la palabra humana.

Decir ‘palabra’ puede significar, también, que nos referimos a una promesa, compromiso u oferta, como cuando decimos ¡palabra, te lo juro! que le hace una persona a otra, mediante expresión hablada o escrita; y a veces acompañada del respaldo o la gesticulación de algunas partes del organismo, como la cara o los dedos de la mano.

Un ejemplo claro de todo esto es cuando decimos: “Te doy mi palabra, de que todo cambiará pronto”; y además hacemos girar el dedo pulgar hacia arriba o hacia abajo, buscando cambiar los significados. Como era en tiempos del imperio romano, cuando en los dedos de las manos se “veían” las decisiones de que `alguien’ entre los gladiadores muriese o se salvase, en medio del furor de sangre de las luchas en el Coliseo romano.

‘Palabra’, como expresión idiomática del uso popular, se refiere también al empeño que ponga una persona en mostrar la verdad o confiabilidad de lo que dice o afirma; como cuando en una acción critica se afirme que: “Hoy en día, nadie cumple con la palabra que dice (empeñada)”. “Depende de quién lo diga”, expresará algún crítico bufo, receloso y desconfiado!

Es esencial comprender en profundidad la fuerza de la palabra humana, en todos sus contextos, en sus múltiples dimensiones de vida; como aliada del pensamiento, y como arma civilizadora. Se trata de rescatarla de su degradación creciente, y de las intencionales distorsiones e, incluso, de los silenciamientos de las devaluaciones culturales tan abundantes en estos tiempos.

Salvemos la poderosa palabra humana de no dejarla caer, además, en las deformaciones de las “teorías conspirativas”, esa terrible amenaza y plaga de la “verdad” hablada y escrita; asunto ese que, aunque no sea algo tan nuevo en nuestro conocimiento, abunda en potencial de distorsión, en las estilizaciones de las nuevas tecnologías, en el facilismo de los cambios de nuestra ética social, ciudadana y de los significados. Todo eso que ocurre, sin freno, en la inauguración de las dos primeras décadas del presente siglo XXI, ¡con o sin pandemias! …

¡Grandioso y confuso es el mundo de la palabra humana! Se merece todo nuestro cuidado.

Hernani Zambrano Giménez
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