Los vecinos de la plaza Étoile, donde se encuentra el Arco del Triunfo que sirvió ayer de escenario para el campo de batalla en que se convirtió la capital, comprueban hoy las secuelas de la revuelta, con los comerciantes y vecinos del barrio destrozados e impotentes ante la anarquía que nadie supo parar.

“En los Campos Elíseos hay comercios de millonarios, grandes marcas, nosotros somos pequeños comerciantes, no pensábamos que nos encontraríamos durante horas sin ninguna protección en una situación así”, lamenta Frédéric Perrier, propietario de una tienda de accesorios de motos en la Avenida de la Grande-Armée.

Perrier describe a Efe la escena y la impotencia con la que trató de proteger su negocio implorando a un joven “de unos 15 años” que no incendiara las motos. “Me da igual, esta es la avenida de los ricos”, le dijo.

“Este es un barrio de alta gama pero nosotros no ganamos millones, mis ingresos no son mucho más altos que los de los ‘chalecos amarillos’. Claro que hay dificultades económicas pero yo hoy no puedo apoyar a los manifestantes. No sé cómo será Bagdad o Damasco, pero esto ayer era una guerra”, relata.

A pocos metros, otro comerciante hace balance de las pérdidas de su bar y estanco que fue completamente saqueado. Se llevaron hasta el último paquete de tabaco.

Algunos vecinos aseguran que siguieron la situación durante horas desde sus balcones aterrorizados.

“En mi calle prendieron fuego a los árboles de navidad, trataron de destrozar las rejas de un comercio y entonces un chico gritó ‘¡reagrupación!’, y todos se fueron. Uno se quedó y se ensañó contra la vitrina hasta que logró hacer un boquete y tirar una especie de granada dentro pese a que las vendedoras estaban allí”, describe Catherine Louis.

Louis comparte la versión del ministro de Interior, Christophe Castaner, que anoche denunció los destrozos de “reventadores profesionales”, y opina que estos grupos habían inspeccionado la zona el día anterior, pero que también había “oportunistas” y amantes del caos.

“Somos los franceses los que vamos a pagar estos destrozos. Estos chavales son anarquistas, no tienen valores, solo quieren destrozar, y de hecho cuando se fueron los grupos aún quedaban algunos sueltos, completamente borrachos, que robaban en los coches y después les prendían fuego”, narra Louis.

Hoy esta zona acomodada del centro de París ve sus edificios con grafitis anti-Macron y mientras la policía y los bomberos retiran los últimos vehículos calcinados, los obreros intervienen barriendo los cristales rotos que se amontonan en las calles.

Los vecinos y algún que otro curioso toman fotografías de una escena que muchos dan por hecho que volverán a ver el próximo sábado, cuando los “chalecos amarillos” llaman a una nueva manifestación.

“Es una vergüenza, no podemos dejar que se repita. Los policías no podían hacer nada y los ‘chalecos amarillos’ deben asumir responsabilidades. Había alborotadores pero también manifestantes que querían destrozar, y otros pacíficos, sí, pero que les dejaban hacer”, denuncia un vecino que prefirió no dar su nombre.

Con su hijo a hombros, este padre de familia reconoce que la situación le asusta y pide al Gobierno que actúe aunque “no sabe qué se puede hacer”.

“Mi mujer y yo pagamos nuestros impuestos como todo el mundo, sabemos lo difícil que es hacer cuentas y comprendemos el enfado. El Gobierno tampoco se saldrá con la suya forzando las subidas, pero los ‘chalecos amarillos’ no han querido dialogar y si esto sigue no sé cómo va a acabar”, señala.

De regreso de la cumbre del G20 en Buenos Aires, Macron se ha paseado por el barrio junto a Castaner para visitar los lugares más afectados.

Un fuerte dispositivo de seguridad les rodeaba y separaba de una decena de “chalecos amarillos” venidos para abuchearlo mientras algunos vecinos los señalaban como corresponsables de los daños y aplaudían a Macron.

Otros no levantaban la mirada y continuaban barriendo cristales, resignados a la idea de que el próximo sábado volverán a pagar los platos rotos de esta crisis nacional. EFE




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