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AFP

La huelga contra el presidente venezolano Nicolás Maduro se cumplió a medias: Daniel, opositor a muerte, no la acató porque vive de su trabajo; Elizabeth, chavista incondicional, desafió el llamado a vaciar las calles para respaldar la revolución.

Como en otras ciudades, en las calles de la agitada Caracas hubo menos gente este viernes, pero el transporte público y el comercio funcionaban casi con normalidad. Los bancos abrieron y en varios colegios hubo clases.

Mesero de un restaurante, Daniel Barreto madrugó en busca de alimentos subsidiados en un supermercado del sureste de Caracas. Le tocaba comprar por su número de cédula, aunque hoy sólo había jabón en polvo a precio regulado y productos importados que no puede pagar con un ingreso de 138 dólares mensuales.

“Soy opositor a muerte, pero tengo que ver por mi esposa y mi hijo. No puedo perder el único día que tengo para comprar”, dijo Barreto, confiado en que de repente apareciera un camión con leche en polvo, pañales o arroz.

Seis meses de desempleo antes de encontrar su actual trabajo son un disuasivo para este joven padre, que sin embargo aprovechó el permiso que le dio su jefe el pasado miércoles para asistir a una multitudinaria marcha opositora contra Maduro.

“Fue una gota de esperanza en que este gobierno tarde o temprano saldrá. Ese día cerraron el restaurante para que pudiéramos ir, pero cerrar dos veces en una semana nos afecta a todos”, comentó Daniel, recostado sobre una reja del abasto.

La crisis económica, agravada por la caída de los precios del petróleo, pulverizó la popularidad de Maduro y exacerbó las tensiones políticas, con una oposición empeñada en sacarlo del poder con un referendo revocatorio.

Pero suspendido el referendo la semana pasada por el poder electoral, la oposición escaló el conflicto con esta huelga general de 12 horas y el llamado a una marcha el próximo jueves al palacio presidencial de Miraflores.

Daniel espera estar allí, harto de la situación que lo obligó a comprarle a su niño pañales de tela por la falta de desechables.

La ‘contra huelga’

Quedarse en casa tampoco era una opción para Elizabeth Guzmán, docente en un colegio público quien se sumó a una movilización de miles de partidarios del gobierno, que transcurrió en un ambiente de fiesta y fue la contrapartida del llamado a paro. 

“Estoy aquí para defender el legado del presidente Hugo Chávez, las políticas que benefician al pueblo”, afirmó la mujer de 44 años durante la concentración que encabezó Maduro en Miraflores, en el centro histórico de Caracas, que el chavismo considera su feudo político.

Elizabeth asegura no temer por su puesto, pero sí que un gobierno de “derecha” elimine la educación gratuita y otras políticas que le permitieron tener casa propia y a su madre salir del analfabetismo.

“Quieren invisibilizar los logros, que se crea que es mentira. Pero venimos para decir que hay un proyecto que avanza pese a las dificultades”, sostuvo la educadora, negando haber acudido a la marcha por obligación o a cambio de dinero, como suelen denunciar algunos opositores.

Elizabeth afirma enfáticamente que “no habrá nada ni nadie que cambie” su lealtad al chavismo, si bien admite sufrir la crisis, aunque, repitiendo palabras de Maduro, la atribuye a una “guerra económica” de los grandes empresarios.

En prueba de esa fidelidad evoca las diferencias irreconciliables con su hija de 26 años, quien emigró a Estados Unidos poco después de graduarse como licenciada en educación, sin poder convencerla de las bondades del “proceso” revolucionario.

“Sueño con que las cosas mejoren, que el proceso continúe y ella regrese y entienda lo que es la revolución”, afirmó la mujer mientras se refundía entre una multitud vestida de rojo.

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