Desde mi balcón/El reloj de la catedral y una calumnia

El reloj que en Valencia da la hora desde la torre derecha de la Catedral está ahí desde 1909. Lo cambió el Dr. Samuel E. Niño cuando era gobernador del estado Carabobo. Gobernador, no presidente del estado. El anterior fue llevado al Museo Páez, para que fuera expuesto a la comunidad valenciana.

Luis Heracleo Medina, en su artículo El reloj de la Catedral y el corsario (correodelara.com/), narra de manera breve, cómo nuestra amada Catedral, que en 1580 era una choza de palmas, se fue convirtiendo primero, en una iglesia de una sola torre y luego, durante la época del gobierno del general español, Pablo Morillo, en 1818, sufrió modificaciones en la fachada, le agregaron una cúpula y tuvo reparaciones en la torre norte, además de la construcción de la torre sur, donde habría de colocarse un reloj, reloj que, unos años más tarde, trajo un corsario a Valencia.

Las playas venezolanas, desde la conquista, fueron atacadas por los corsarios. Cabe destacar que no es lo mismo corsario que pirata, como bien lo explicó el historiador valenciano Carlos Cruz. Ambos son bandoleros del mar, pero mientras los piratas tenían por jefe al capitán de la nave, los corsarios, obedecían a la corona inglesa. Sus enemigos favoritos eran los españoles, por lo que atacar estas tierras, era una gran tarea.

Hubo un corsario inglés, Charles Christian Hopner, a comienzos del siglo XIX, que se enamoró de Venezuela. Tenía un amigo aquí, residenciado en Valencia, el coronel alemán, nacionalizado venezolano Juan Uslar y, decidió también establecerse aquí, dejando atrás su vida de corsario. Se casó con Luisa Páez, hermana del general Páez, y se compró unos terrenos en la zona de Macapo, cerca de Tinaquillo, soñando con ser hacendado. Había un terreno que necesitaba comprar, porque estaba dividiendo sus tierras y pertenecía a la Iglesia Matriz de Valencia. Así que habló con el Pbro. Francisco Javier Narvarte, Vicario Foráneo o Arcipreste, y le propuso un trato, le daría quinientos pesos en efectivo y un reloj de mil pesos, para su nueva torre, que mandaría a traer de Europa, totalmente nuevo. Con el permiso del Superior Eclesiástico, Hopner pudo comprar esas tierras a la Iglesia el 31 de mayo de 1825 por lo pactado, quinientos pesos y un reloj nuevo de mil pesos, para ser colocado en la torre sur de esa Iglesia Mayor valenciana.

Este reloj tardó tres años en llegar a Valencia y, no se sabe si por imprudencia de las personas que lo trajeron, o de quienes lo manipularon en la ciudad, el reloj llegó malo. Tuvieron que pedir el repuesto a Estados Unidos de América y se demoró tres años más en llegar.

La Valencia de ayer se destacaba por su lengua viperina, que, con los años, se fue perdiendo, pero en 1830, esa lengua estaba nuevecita y fueron muchas las personas que comentaron que Hopner era un bandido que había estafado a la Iglesia Matriz.

El chisme fue creciendo, y el repuesto no llegaba. Seis años pasaron y la gente hablaba mal de Hopner. Se comentaba que se había aprovechado de la Iglesia; que el reloj seguramente lo había robado Hopner de una iglesia en alguna isla del Caribe, porque seguía siendo corsario.

El pobre Hopner fue llevado a tribunales. Contrató al abogado José Antonio Maya para que lo defendiera y tristemente, no tenemos constancias de los resultados del juicio. Y el 8 de septiembre de 1831, el reloj fue instalado en la torre sur de la Catedral y comenzó a darle la hora a los valencianos.

Pero el mal estaba hecho. Aquellos rumores nocivos, hechos de manera instintiva, irreflexiva o hasta vacua, de alguna forma, estimularon a los habitantes de Macapo a odiar a Hopner. Se negaron a aceptarlo de vecino y, en diciembre de 1835, un día en que Charles Hopner fue a visitar sus tierras, los campesinos lo atacaron, lo raptaron, lo torturaron con crueldad y finalmente lo asesinaron.

Ese reloj pasó setenta y ocho años dando puntualmente la hora a los valencianos, hasta que fue cambiado por el presidente del estado Samuel E. Niño, en 1909, como ya mencionamos al comienzo de este escrito.

En una oportunidad, le dije al padre José María Rivolta, que yo prefería recibir la comunión en la boca porque, aunque tuviera las manos muy limpias, me parecía que nunca lo estarían suficientemente como para recibir al Señor, me contestó: “No te creas, mucho más sucia es la lengua”.

Y es verdad. Mi padre, ante esta anécdota, comentó en su diccionario enciclopédico de Carabobo, por publicar: ¡No solo las armas de fuego y las armas blancas matan…! Pareciera que las lenguas humanas, algunas veces, son mucho más mortales.

Tal vez, recordando el pasaje de la Biblia (Santiago 3:5)

Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán gran bosque enciende un pequeño fuego!  

anamariacorrea@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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