Eduardo Sanoja, la amistad que trasciende el telón

Conocí a Eduardo José Sanoja Segnini hace más de cuarenta años en nuestro ambiente preferido: la música. Adriana Salzano lo llevó a mi casa junto a sus amigos de “Somos Iguales” y, desde aquel momento, no nos hemos separado.

El pasado treinta de octubre, a la salida de la presentación del libro “Crónica Histórica de la Sociedad Amigos de Valencia” -del cronista de la Sociedad, Francisco Cariello-, en el marco de la 22ª Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, uno de los nuevos miembros de la Sociedad, Jesús Aular, me habló de varias actividades que se realizarán en el Teatro Municipal de Valencia. Entre ellas, mencionó la presentación de “El Cascanueces”. Fue entonces cuando le comenté que, si se trataba del montaje de Cristina Gutiérrez, sin duda allí estaría Eduardo Sanoja. Jesús, muy emocionado, me confirmó que así sería y comenzó a hablarme de lo mucho que admira a este ser a quien yo tanto quiero.

Conocí a Eduardo José Sanoja Segnini hace más de cuarenta años en nuestro ambiente preferido: la música. Adriana Salzano lo llevó a mi casa junto a sus amigos de “Somos Iguales” y, desde aquel momento, no nos hemos separado.

Cabe destacar que yo ya lo había visto antes, pero como espectadora. En aquel entonces, Eduardo era uno de los actores de Bonnie Morín, una licenciada en artes teatrales graduada en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Por esa época, Bonnie vivía en la urbanización Carabobo y dirigía una escuela de teatro llamada El Taller del Método. Podría seguir hablando de ella, pero el protagonista de hoy es Eduardo, quien precisamente siempre fue uno de sus alumnos más destacados.

Mi querido Eduardo nació en Caracas un 16 de noviembre, por lo que el pasado domingo cumplió años. A los siete meses, se mudó con sus padres -don Eduardo y nuestra querida Ofelia- a la Hacienda Altamira, donde creció rodeado de animales, árboles frutales y mucho amor. En 1965, cuando aún no había cumplido los ocho años, se trasladaron a Valencia, a la urbanización El Trigal, llevándose como mascota a Luisa, una lora que lo acompañaría el resto de su vida, hasta su muerte 54 años después.

Como buen trigaleño, estudió en el Colegio Juan XXIII y, sin tener ningún tipo de formación teatral, fundó la primera compañía juvenil de teatro. Quizás por eso, entre otras razones, hoy el auditorio de esa institución educativa lleva el nombre de “Maestro Eduardo Sanoja”.

Por supuesto que, como le interesaba mucho el tema, comenzó clases en la “Ramón Zapata” y tuvo profesores como Eduardo Moreno, director de la escuela y Elio Arangú, en técnica actoral, esposo de Carmen Ricard, la actriz que hizo de Doña Bárbara en el Teatro Municipal.

En 1988, Eduardo trabajaba como gerente en Confinanzas cuando recibió en su oficina la visita de nuestro hermano de la vida, Luis Guaguancó González. Guaguancó lo interpeló con una pregunta que marcaría un antes y un después: “¿Qué haces ahí sentado en esa silla de un banco, cuando lo tuyo es el arte?”. Acto seguido, le entregó un volante que anunciaba las audiciones para una superproducción musical en Valencia con Levy Rossell.

Esa producción era “Pinocho”, un montaje sin precedentes. La escenografía, creada íntegramente por el maestro Gramko, se instaló en el Teatro Municipal, y el éxito fue impresionante: comenzó con dieciséis funciones en Valencia y cinco en Maracay, para luego llegar al Teatro Teresa Carreño en Caracas. Contaba con la música de Alexis Rossell, la coreografía de Cristina Gutiérrez, y un elenco estelar donde Miguel Ángel Pintmart era Pinocho, Mele Flórez, el Hada Madrina y Eduardo, Pepe Grillo, el grillo parlante que salía al escenario en patineta. El éxito fue tal que hubo una segunda temporada en el Teresa Carreño, con cinco funciones agotadas, y la crítica los recibió de manera excelente.

El hecho es que Eduardo no volvió al banco. Además de formar el grupo “Somos Iguales Teatro'” dirigió agrupaciones como “Las Chiquilinas”, “Histrionis” y tantas otras, incluyéndonos a nosotros, “los Amigos de Siempre”, que hicimos teatro precisamente gracias a él. Su versatilidad quedó demostrada en proyectos tan diversos como la dirección del musical “Ha nacido ya”, de Oswaldo Aguirre y Ulises Dalmau -con Lucía Montanari y Ulises Dalmau como protagonistas- y su papel protagónico en el cortometraje de terror jocoso “Necrópolis”, de Carlos Pineda.

Y es que Eduardo posee el talento para interpretar cualquier tipo de personaje, ya sea trágico, dramático, cómico, de bailarín o de cantante. Lleva trabajando con Cristina Gutiérrez muchísimos años, una participación que le valió el Premio Regional Prodanza en 2010.

Hay una anécdota de Eduardo que es digna de contarse:

Una noche, durante una celebración en Puerto Cabello, Eduardo era el maestro de ceremonia. Llevaba el programa a cargo y, en un momento en que debía leer ante el público -a orillas del mar, sobre una tarima muy iluminada y con más de seiscientas personas-, una mariposa se posó sobre su pantalón. Él, muy educadamente, la ahuyentó con la mano. Pero la mariposa insistió y esta vez se posó sobre su cabeza. Eduardo volvió a espantarla, pero a la tercera vez, cuando el insecto se posó en su pecho, lo miró directamente y se dio cuenta de que no era una mariposa, sino una cucaracha: el insecto más repudiado y temido por mi querido amigo.

En ese instante, Eduardo olvidó por completo dónde estaba. Soltó calmadamente los papeles que tenía en la mano y adoptó la pose de un karateka, lanzando golpes y patadas al aire en una batalla imaginaria contra la cucaracha. Cuando el animal cayó al suelo, Eduardo lo aplastó con su zapato sin dejar de moverse como un samurái. El público estalló en una ovación de gritos, vítores y aplausos. Eduardo respiró hondo, recogió sus papeles y continuó leyendo como si nada hubiera pasado. Al terminar la función, el productor le pidió que repitiera la escena al día siguiente, preguntándole, además: “¿De dónde habías sacado esa cucaracha amaestrada?”

Eduardo el año pasado fue merecedor de la Orden Arturo Michelena 2024.

Al repasar estos casi cuarenta y cinco años de amistad, desde aquel primer encuentro con “Somos Iguales” hasta nuestras eternas conversaciones sobre fantasmas y nuestra película favorita, “La Novicia Rebelde”, se dibuja no solo la trayectoria de un artista completo, sino la esencia de un amigo fiel. Eduardo Sanoja es ese raro ser humano que, ya sea interpretando a un príncipe, dirigiendo a un novato o librando una épica batalla campal contra una cucaracha en un escenario, lo hace siempre con el corazón puesto en el arte y la genuina pasión que lo caracterizan. Su legado no son solo los premios o las funciones agotadas, sino las incontables sonrisas, la inspiración que siembra en los demás y la certeza de que, mientras él esté sobre un escenario -o cerca de nosotros- la magia del teatro y la amistad estarán más vivas que nunca

Si queremos conocer mejor a Eduardo, hay que ver el episodio 18 de ¿Y tú qué bailas? De Cristina Gutiérrez, en el que nos cuentan toda su vida y más.

Anamaría Correa          

anamariacorrea@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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