Esta semana he descubierto a Blanca Rosa López. No podríamos decir que es una escritora olvidada; en su lugar cabría mejor la palabra “ignorada”, que no es lo mismo. Muy poca gente la recuerda y la ya extensa brecha de tiempo que ha surgido desde la concepción de su obra hasta la actualidad no hace más que acrecentar el problema.
Hay un pequeño detalle que ayuda a ilustrar la personalidad descrita: Blanca era hija de Eleazar López Contreras. Venezuela, por aquel entonces, vivía momentos de convulsión política y social. Fueron años de dos dictaduras —la gomecista y la perezjimenista— y transiciones fallidas hacia nuevas formas democráticas. Y allí, en ese panorama enrevesado, se encontraba la hija de quien fuera jefe de Estado, con sus respectivas discrepancias ideológicas.
De toda su obra, yo me he detenido brevemente en En aquellas islas del Caribe, novela escrita en la década del cuarenta. No es nada sencillo conseguirla en digital. En físico resulta directamente imposible. Como mencioné poco antes, se trata de una persona cuyo trabajo no recibió el foco que merecía en su momento y que ahora, con nuevas corrientes y tendencias tan distintas, parece difícil imaginar un nuevo auge de popularidad.
En sus páginas, uno va a encontrar una historia con ciertas particularidades: no hay conflicto central, ni protagonista principal. No es una producción apegada al canon, en la que uno se sumerge en la vida de alguien y lo sigue a través de las transformaciones de su recorrido. No hay un retorno a Ítaca. En su lugar, el texto es un extenso viaje por una Margarita pretérita, casi impensable en nuestros días.
Inicialmente se muestra un dilema de pescadores y comercio local. Los hombres de mar salen a diario a jugarse el pellejo en el Caribe, para encontrarse, a la vuelta, con un monopolio cerrado que pretende comprar sus productos a precios paupérrimos, para luego revenderlo por sumas más altas. Además, se les impide tomar iniciativas propias, como vender ellos mismos el fruto de su esfuerzo. Entonces inicia la creación de un potencial sindicato que nunca va a prosperar.
Uno pensaría que a partir de allí se seguirá a estos personajes hasta dar con un desenlace, pero no. López emprende la travesía de documentar los lugares más pobres de la isla y arrojar luz sobre su carácter humano. Una de las cosas más interesantes que narra la autora es la desesperanza y cómo los ciudadanos edifican su vida sobre ella; adecúan sus sueños a las escasas dimensionés de prosperidad que se les permite y siguen adelante a pesar de todo. La pobreza no es un impedimento para bailar, cantar y enamorarse, pero no por ello se deja de denunciar aquello que se vive —o que se “malvive”, como dirían los propios neoespartanos caracterizados.
No hay finales cerrados, no hay estereotipos literarios, no son felices para siempre. Blanca escribe la vida misma, y en el mundo real no existen estas situaciones idealistas. La gente continúa con su lucha eterna, más parecidos a Sísifo, en su trajinar constante que a Ulises, en su victoria final ante los pretendientes de Penélope.
En aquellas islas del Caribe es una lectura recomendada, pero con ciertas consideraciones previas: no está escrita con una prosa moderna, hay descripciones extensas que se detienen en el territorio, en el mar, en el quehacer diario. Es un ritmo al que ciertamente se está poco acostumbrado. Tampoco es un texto “entretenido” para los criterios actuales, lo cual no tiene nada de malo, porque la literatura no fue concebida para divertir, sino para expresar, y en eso López ha conseguido sus objetivos con creces.






