Los pianos callados de la familia Codecido

Qué maravilla que las familias sean también ese murmullo de teclas antiguas, de pianos que aún resuenan en la memoria

El último artículo de mi hermano Juan Pablo, “La afinación emocional”, causó un revuelo. Mucha gente lo felicitó utilizándome como vehículo de información, aunque estoy segura de que pudieron hacerlo directamente, porque nuestros correos siempre acompañan a nuestras publicaciones.

En uno de los grupos de la familia, el de los Codecido, fue increíble. Tal vez les extrañe que, siendo “Correa Feo”, hable del grupo familiar y el apellido sea “Codecido”. Ese es el segundo apellido de mi madre y, como buena venezolana, las mujeres controlan muchas cosas. Codecido era mi abuela, hija de José Antonio Codecido Baquero y María Teresa Baquero Guada —para nosotros Pichí—. Muy carabobeños ambos.

En ese grupo, además de los descendientes de los Feo Codecido, están los de los Trujillo Codecido y de los Codecido Machado. Y es que María Teresa Baquero de Codecido tuvo cuatro hijas y un varón: María Blanca, Carmen Teresa (mi abuela), Josefina —que no se casó nunca—, Luisa Elena —que solo tuvo un hijo, Sebastián Paz Codecido, sin decendencia— y, el único varón, José Antonio, psiquiatra. Este se casó con la barquisimetana Olga Machado, enfermera con postgrado en psicología, y tuvieron dos niñas: María Teresa y Milagros. Por lo tanto, el apellido Codecido, por nuestra rama, hasta ahí llegó. De hecho, los parientes que compartimos el grupo tenemos el apellido Codecido de tercero o cuarto, salvo Teté —María Teresa Codecido Machado—, hija del único varón, quien lo lleva de primero; y los que lo traen de segundo, como sus hijos Alexis y Karina Jaspe Codecido, y el hijo de Milagros, Hildebrand Breuer Codecido.

Y comenzamos a recordar a nuestras abuelas. La “abuela Blanca” de ellos es mi tía María Blanca —tía Ninina para nosotros—, la persona más dulce del universo. Y mi abuela Tata es la tía Carmen Teresa de ellos —que tenía el peor carácter que he visto en persona alguna—. Ambas tocaban el piano, y muy bien.

Recordamos cómo cada vez que tocaba la tía Ninina, todos quedábamos extasiados. ¡Cómo transmitía! Ahora, si se equivocaba, muy avergonzada pedía disculpas, y nosotros ni lo habíamos notado. Mi abuela, en cambio, era impecable tocando el instrumento, pero era como escuchar un robot: totalmente fría.

Y comenzaron las anécdotas. Por ejemplo, parece que, siendo niña, un cazatalentos europeo oyó a Ninina al piano y quedó impresionado por su talento. Dijo: “¡Niña prodigio!”. La quería llevar a Europa, pero su papá no la dejó.

José Antonio Codecido Baquero era hijo de Domitila Baquero y Rivas, de quien creo que mi abuela, su nieta, heredó su carácter. Recuerdo una anécdota que siempre contaban en mi casa: en una oportunidad, el doctor Francisco Codecido Baquero —el tío Pancho—, médico y político, llegó al consultorio de un amigo a que le cosiera una herida que se había hecho en la oreja con una puerta. Después de evaluada la herida, el médico, que conocía muy bien a su madre Domitila, le dijo: “¿Te diste con una puerta? ¡Una puerta llamada Domitila!”. Su madre, por desobedecerle, le pegó con un bastón y, como él apartó la cara, le dio en la oreja.

Ella era quien decidía todo en casa de sus hijos y en la de mi bisabuela más, porque, al fin y al cabo, era su nuera y su sobrina. Mi abuela, su nieta, llegó a confesarme que la detestaba. Tal vez por esa razón se le parecía tanto, en contraste con el suave carácter de su mamá.

Cuentan que el maestro Rafael Romero, padre de Aldemaro, le aconsejaba a mi bisabuela Pichí que Ninina se debía dedicar profesionalmente al piano porque el talento lo tenía y se convertiría en una gran pianista. Y es que cuando María Blanca tocaba el piano, a los vecinos y a las personas que pasaban por la calle les gustaba mucho. A veces se paraban en la ventana a escucharla, hasta le salieron varios enamorados. Para colmo, parece que otro “cazatalentos” vio a María Blanca y le ofreció maravillas, pero el papá enfureció y hasta le prohibió volver a tocar el piano.

Carmen Teresa, mi abuela, se casó a los dieciocho años en 1919. Su hermana María Blanca, que era tres años mayor, ni siquiera tenía novio. Mi abuela, a los pocos meses de haber contraído matrimonio, quedó encinta de mi tío Gustavo, y Pichí, según Tata, “en lugar de comportarse como una mujer que iba a ser abuela, también salió en estado”. Lo más triste era que Pichí todavía era joven. Y ¡qué mala suerte! Su marido, José Antonio Codecido, falleció dejándola con una suegra inaguantable y cinco hijos: cuatro hembras y un bebé de un año.

Tal vez para ayudar a su mamá, María Blanca se fue a vivir a Caracas con su abuela Domitila, a casa de su padrino, el tío Luis Codecido, que era médico y había montado un cine en su casa. Mi tía Ninina fue una gran ayuda, porque tocaba el piano en las películas que, para esa época, eran mudas.

Un galán caraqueño se enamoró de ella: José Trujillo. Se casaron y de ahí salieron los Trujillo Codecido: Gisela, Germán, José Antonio, Alida e Hipólito, padres de esa otra parte de la familia que conforman ese grupo de WhatsApp tan sabroso.

Natalia Marcano Trujillo —otra con el Codecido de cuarto apellido— llegó más tarde a la tertulia y nos contó que, después de muchísimos años sin tocar el instrumento que tanto amaba, ellos compraron uno. Su abuela Blanca se sentó al piano y parecía que no hubiera dejado de hacerlo nunca, con una dulzura y un sentimiento increíbles. Y contó que una vez llevó a su abuela a casa de unos amigos —nada menos que a la de Eduardo Plaza— y mi tía Ninina interpretó algunas piezas en el piano, dejando a todos fascinados. Ella mostró vergüenza al saber la calidad de músico que tenían quienes la escuchaban.

Y luego hizo la comparación entre mi abuela y la suya, muy acertada:

“Tu abuela, la tía Carmen Teresa, era recta, muy del ‘deber ser’, buscando la perfección. Mi abuela Blanca no era recta: era sensible, una artista. Le tocó vivir en una época que no le permitió desarrollar su talento, cosas que pasan”.

Qué maravilla que las familias sean también ese murmullo de teclas antiguas, de pianos que aún resuenan en la memoria. Porque al final, los apellidos se diluyen, las casas se quedan quietas y las épocas se van, pero la música que una vez alguien dejó flotando en el aire —aunque nadie la escuchara entonces del todo— sigue sonando en las anécdotas que nos contamos, en los grupos de WhatsApp donde reímos y recordamos. Gracias a Juan Pablo por la inspiración que provocó su artículo.

Tal vez la vida no se mide solo por lo que logramos hacer, sino por la emoción que ponemos en ello. Y quizás, solo quizás, el verdadero talento no es el que nos lleva lejos, sino el que hace que quienes nos rodean se detengan un momento en la ventana a escuchar. Porque eso, eso sí que nadie lo prohíbe.

anamariacorrea@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Los pianos callados de la familia Codecido

Anamaría Correa
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