Para mí, los mundiales de fútbol comenzaron con México 70. Cursaba tercer año de bachillerato y en mi colegio, el María Montessori, no se hablaba de otra cosa. Venezuela estaba muy lejos de participar en un mundial de ese tipo y casi todo el mundo iba por Brasil. Hablaban de un jugador llamado Pelé, que había hecho que su país ganara dos mundiales anteriores, el de Suecia 58, cuando solo tenía 17 años y vencieron al anfitrión, y el de Chile 62, en el que vencieron a Checoslovaquia. Luego, en Inglaterra 66 ganaron los ingleses a Alemania y llegó México 70.
No sé cómo fue, pero de pronto, me sabía los nombres de todos los jugadores brasileros: Pelé, Jairzinho, Tostao, Rivelino, Carlos Alberto, Gerson, Brito, Piazza, Everaldo, Clodoaldo y el portero Félix. Y mientras veíamos en televisores en blanco y negro esos maravillosos partidos, donde yo parecía, cuando jugaba Brasil, una comentarista deportiva, mi papá se asombraba encantado y mi mamá aseguraba que no me entendía, porque el deporte venezolano por excelencia era el béisbol. El hecho fue que Brasil volvió a ganar. Tercera vez que se coronaba campeón. Creo que toda Venezuela celebró ese triunfo brasilero. Solo los italianos lamentaban lo ocurrido.
Supe, después de muchos años, que los Montanari, que para esa época eran cinco en la familia, con mucha tristeza fueron a poner gasolina a una bomba que, por aquellos días —como todas las gasolineras de esa década— en su tienda vendían carritos Matchbox y muñecas Barbies. El papá de la familia, Paolo Montanari, recordado articulista de El Carabobeño, se bajó del auto para llenar el tanque de gasolina —un carro deportivo de dos puertas— mientras su esposa Giovanna veía por la ventana de su lado "la nada", como dándole tiempo a la tristeza de apoderarse de toda la familia. En la parte de atrás, iban los tres niños: Lucía (mi comadre, reconocida cantautora), en una punta, Paola (otra reconocida cantante y directora de coros, más conocida por su "Marinero"), en la otra y en el medio, Gian (piloto de ITA Airways). Pero estamos hablando del año 70, eran tres niños. Gian, el menor para la época, tenía apenas cinco años. Aprovechó que el papá se había bajado del auto, tiró el asiento hacia adelante y salió del carro para ver los pequeños Matchbox que ofrecía la tienda. Como, al bajarse, regresó el asiento a su lugar, en lo que su padre pagó, se montó en el auto sin percatarse de que Gian se había bajado. Las niñas, que también iban tristes, mirando cada una hacia la calle por su ventana, ni cuenta se dieron. Y la tristeza se tornó en preocupación cuando Giovanna se voltea y ve que Gian no estaba en el carro. Dios es grande y al regresar a la gasolinera, encontraron a Gian tranquilo, esperándolos. Así la tristeza siguió de largo y la anécdota protagonizó la derrota de Italia.
Así deben ser las cosas. Cuando la tristeza nos agobie, dejarla que siga de lado y no nos afecte. Más aún cuando la protagonista es una competencia deportiva.
En la historia del fútbol, Brasil, Alemania e Italia son los países que más mundiales han ganado. Brasil en primer lugar, porque ha ganado cinco veces y Alemania e Italia, cuatro. Ahora bien, Alemania también ha sido el país que más derrotas ha tenido en la final, pues ha perdido cuatro finales; esto lleva a pensar "qué buenos son los alemanes", porque han ido a ocho finales, ganaron cuatro y perdieron cuatro. Brasil ha ganado cinco mundiales y ha perdido dos, por lo tanto, ha estado en siete finales. Italia ha estado en seis finales, porque ha perdido dos. Los Países Bajos han ido tres veces a finales y no ha logrado ganar ninguno. Francia ha ganado dos veces y ha perdido igual, en dos oportunidades, o sea, ha ido a cuatro finales. Y España, país que amo por cómo nos acogió cuando vivimos allá —y ahora más, siendo madre de un español, porque ya mi hijo tiene la nacionalidad— solo ha ido una vez a la final y ganó, en 2010, mundial llevado a cabo en Sudáfrica. Y esos se toman el fútbol en serio, como los argentinos. Pero en Argentina han logrado llegar a seis finales, ganando tres de ellas: Argentina 78, México 86 y Catar 2022.
Este año, sin embargo, mi corazón ya no va con Brasil. Si tengo un hijo en España y una hija en Argentina, preferiría que fuera uno de esos dos. Pero más allá de los colores y las banderas, este mundial me ha enseñado algo hermoso: por primera vez, una serie de países que jamás habían competido están ahí, pisando el mismo césped que los grandes. Y aunque me duele profundamente que Venezuela no lo haya logrado —porque lo merecía, porque hemos dado todo—, no puedo evitar sentir que el fútbol, como la vida, no se trata solo de ganar.
Quizás por eso los mundiales nos atrapan tanto: porque en cada partido vemos un reflejo de nuestra propia existencia. Hay equipos que nacen con la historia a cuestas, como Brasil o Alemania, que parecen destinados a la gloria; y otros que llegan por primera vez, con la ilusión intacta, sabiendo que el solo hecho de estar ya es un triunfo. Como en la vida, hay favoritos y hay sorpresas, hay caídas que duelen y remontadas que emocionan hasta las lágrimas. Pero lo que realmente importa no es el trofeo final, sino el camino recorrido: las jugadas de ingenio, las alianzas inesperadas, la resistencia ante la derrota y la humildad en la victoria.
Somos como esos niños que se bajan del auto para perseguir un sueño pequeño —un Matchbox, un balón— mientras el mundo sigue su curso. A veces nos perdemos, a veces nos encuentran, y siempre hay una historia que contar. Este mundial, con sus nuevos rostros y sus viejas glorias, me recuerda que el ser humano no se define por cuántas finales gana, sino por cómo juega cada partido, por la pasión que pone, por la capacidad de celebrar al otro y de levantarse después de cada gol en contra. Y al final, como en aquella gasolinera de 1970, la tristeza puede seguir de largo si tenemos a quienes aman esperándonos en la orilla. Eso, más que cualquier copa, es lo que verdaderamente nos corona.
Anamaría Correa




