¡Hagan silencio!

Mientras escribo estas líneas, mi país atraviesa una de las tragedias más dolorosas de su historia reciente. Miles de personas han perdido a familiares, amigos, vecinos, sus casas, sus recuerdos, sus esperanzas

Confieso que esta ha sido la columna más difícil que me ha tocado escribir.

O, para ser más sincero, la más difícil de no escribir.

Durante estos dolorosos días me he estado sentando frente a mi computadora con la intención de hacer lo de siempre: buscar una idea, recordar una anécdota, hablar de una obra, de un compositor o de alguna de esas pequeñas historias que tanto nos enseñan sobre la música. Pero una y otra vez terminaba borrándolo todo.

No es falta de inspiración. Es que siento que ninguna palabra encuentra su lugar.

Quienes siguen esta columna saben que he dedicado buena parte de mi vida a la música. Cuarenta años, para ser preciso. La he tocado, la he enseñado, la he dirigido, la he estudiado, la he investigado y, sobre todo, la he disfrutado. Sigo creyendo que tiene la capacidad de acompañarnos en los momentos más felices y también en los más difíciles. La música siempre está.

Pero también he comprendido que hay momentos en los que la música debe cederle respetuosamente el lugar a la vida. Que, cuando la vida duele tanto, hasta la música sabe esperar.

Mientras escribo estas líneas, mi país atraviesa una de las tragedias más dolorosas de su historia reciente. Miles de personas han perdido a familiares, amigos, vecinos, sus casas, sus recuerdos, sus esperanzas y, sobre todo, la frágil tranquilidad con la que despertaban cada mañana. Muchos siguen buscando a quienes aman. Otros, con la mirada perdida, y pasando de la desesperación a la desesperanza, tendrán que empezar de nuevo sin saber por dónde.

Entre miles, vi un video que me dejó pensando. Un grupo de rescatistas y voluntarios trabajaba entre los escombros. De repente, una chica gritó con fuerza, en medio de caos: "¡Hagan silencio!".

Fue difícil, pero en un rato, todo empezó a detenerse. Los gritos desesperaron se detuvieron por un instante. Las pocas máquinas se apagaron. Nadie se movía. Ese silencio no era un vacío. Era una herramienta. Era la única forma de intentar escuchar un golpe, una voz, un leve movimiento... cualquier señal de que todavía hubiera alguien con vida.

Esa escena se quedó conmigo. Y entendí que hay silencios que hablan mucho más que las palabras.

Por eso hoy me cuesta escribir sobre música como si nada hubiera pasado. No porque haya dejado de creer en ella. Todo lo contrario. Precisamente, porque creo en su profundo vínculo con la vida, siento que también debe acompañarnos cuando la vida nos pide detenernos.

Los músicos sabemos que una partitura no está hecha solamente de notas. Los silencios también forman parte de la obra. No están allí por casualidad. Tienen un sentido. Preparan lo que viene después. Mi maestro Antón García Abril nos decía que un compositor sabe qué escribir, pero un buen compositor sabe cuándo no escribir. Creo que nunca había entendido tan bien esa frase como ahora.

Hoy siento que me corresponde guardar uno de esos silencios. Mi columna, por un breve tiempo, hará homenaje sincero y doloroso con silencio. Volveré, porque la música siempre está, esperándonos, acompañándonos y recordándonos que, incluso después de los momentos más oscuros, llegará el día en que volveremos a cantar, a tocar y a escribir sobre ella.

Pero hoy...

Hoy, con todo respeto, abro paso a los rescatistas, a los voluntarios, a los verdaderos venezolanos, aunque no hayan nacido ahí. Oro por los que ya no están, por los que lo perdieron todo, por los héroes sin capa, por la Venezuela que amo. Por ellos hoy, y por un tiempo, haré silencio.

juanpablocorreafeo@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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¡Hagan silencio!

Juan Pablo Correa
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