El 14 de julio, las miradas del mundo se vuelven hacia Francia en la celebración de su día nacional. Curiosamente, la forma de referirse a esta fecha varía según el medio: algunos la llaman solemnemente el Día Nacional de Francia, mientras que otros prefieren recordar el acontecimiento histórico original denominándolo el día de la Toma de la Bastilla, tal como me lo enseñaron en mis clases de Historia de la escuela primaria. Más allá de los nombres, la importancia de la caída de aquella imponente fortaleza radica en su inmenso valor simbólico. Para ese momento, la prisión carecía de relevancia militar y se encontraba prácticamente abandonada; sin embargo, se alzaba en medio de París como una mole de piedra que encarnaba el absolutismo monárquico. Su toma significó que el pueblo, por primera vez, desafiaba y vencía la autoridad incontestable del rey, actuando como el gran catalizador de la Revolución Francesa, un movimiento que desmanteló el Antiguo Régimen para dar nacimiento a la Edad Contemporánea, sentando las bases políticas, jurídicas y sociales de nuestro mundo occidental.
La caída de la Bastilla, ese 14 de julio de 1789, no fue un hecho fortuito, sino la detonación de una serie de tensiones socioeconómicas y políticas acumuladas a lo largo del siglo XVIII. Entre estos detonantes, la Ilustración y el surgimiento de la Enciclopedia jugaron un papel crucial. Liderada por pensadores de la talla de Voltaire, Montesquieu y Rousseau, la Ilustración sembró ideas revolucionarias para la época: la igualdad ante la ley, la libertad de pensamiento y la crítica profunda a los dogmas. Como vehículo fundamental de este arsenal ideológico nació la monumental Enciclopedia, editada por Diderot y D'Alembert. Su producción masiva permitió propagar este conocimiento con un alcance sin precedentes que, tres siglos antes, habría sido impensable sin la revolución tecnológica de la imprenta de Gutenberg. Al reunir el conocimiento de las ciencias, las artes y los oficios, los artículos sobre política, filosofía y religión se convirtieron en un medio sutil pero poderoso para socavar los fundamentos de la monarquía absoluta y de la Iglesia.
Por supuesto, desafiar el orden establecido tuvo un alto costo. La obra fue condenada y prohibida tanto por el trono como por el altar, lo que obligó a sus editores a continuar el proyecto en la clandestinidad y a recurrir a ingeniosas tácticas de ocultación. Esta atmósfera de censura y riesgo me hizo evocar de inmediato la fascinante lectura de Hombres buenos, una novela del escritor hispano Arturo Pérez-Reverte que disfruté enormemente. En sus páginas, el autor narra de forma magistral las aventuras y peligros que enfrentaron dos académicos españoles para introducir de contrabando los volúmenes de la Enciclopedia desde París hasta Madrid. Recorrer junto a los personajes esos caminos clandestinos, repletos de amenazas pero movidos por una profunda convicción, nos recuerda el inmenso valor que tenía el conocimiento en un mundo dominado por el absolutismo.
Al reflexionar sobre estos acontecimientos a la distancia, la gran lección que nos deja la gesta francesa es la imperiosa necesidad de cultivar y robustecer la cultura política y social de los pueblos. El conocimiento, el pensamiento crítico y los valores ciudadanos no son adornos intelectuales, sino el verdadero blindaje de una sociedad. Solo a través de una ciudadanía educada, consciente de sus derechos y firmemente comprometida con los principios de libertad y democracia, es posible construir los anticuerpos necesarios para defender las instituciones frente a los autoritarismos.




